Muerte de un vagabundo

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Una cierta pasión errática, en una escena pública que quiere salvarse en la transparencia, es la que se notaba en los mil matices de las encarnaciones de Seymour, en los papeles –no siempre “independientes”- que le cayeron en suerte. ¿Recuerdan al vecino onanista de Happiness? Lo asombroso del caso, ahora, es imaginar que él –en el fondo de sí mismo, de sus temores y certezas- nunca salió de esa vieja soledad que cerca de la especie. Descanse en paz.

La crónica de los últimos días del actor Philip Seymour Hoffman recuerda, para espanto de la luminosa America, la muerte anunciada de un errabundo. ¿Un homeless escondido bajo un rostro estelar? “Qué curioso –comenta una pasajera al ver en un control de aeropuerto a un borracho al que casi se le caen los pantalones-, cómo se parece a ese actor tan conocido”. Mientras su entorno artístico –incluido Pitt o la dulce Angelina Jolie- busca histéricamente el éxito y aferrarse a una estrella propia, parece que él era uno de esos raros amantes de la corriente subterránea. Tocado por una vitalidad prometida a lo turbio y errante, Hoffman era probablemente todo lo emocional, ambiguo y atormentado que permite la cultura estadounidense. Incluso, tal vez un poco más. El colmo de estas paradojas es que fuese además un tímido incurable.

 

Por lo que sabemos de él a través de sus complejos personajes, podemos sospechar que encontró en las drogas y el alcohol el aditivo para mantener una buena relación con la «fealdad» de la que no podía apartarse. En medio de una creciente celebridad mantuvo su compromiso con lo elemental. Y esto no sólo en el teatro off Broadway o el cine independiente de calidad, sino también en el peligro de los bajíos urbanos. Piensen en esas zonas de sombra que Philip sentía quizás vitalmente necesarias para no dejar de ser humano en ese universo radiante y un poco idiota de la mayor democracia del mundo.

 

De hecho, una cierta pasión errática, en una escena pública que quiere salvarse en la transparencia, es la que se notaba en los mil matices de sus encarnaciones, en los papeles –no siempre “independientes”- que le cayeron en suerte. ¿Recuerdan al vecino onanista de Happiness? Lo asombroso del caso, ahora, es imaginar que él –en el fondo de sí mismo, de sus temores y certezas- nunca salió de esa vieja soledad que asedia a la especie humana.

 

Descanse en paz. Mientras el Óscar de la Academia reposaba en cualquier esquina de su apartamento alquilado en West Village –separado de su mujer, viendo de vez en cuando a sus tres hijos- la llaneza común de su inteligencia necesitaba no despegarse de un barrio, de un itinerario de bares, vecinos y costumbres. Esto incluía unos pocos amigos, algunas cenas, partidos por televisión, fumar sentado en las escaleras de su portal y ayudar eventualmente a algún turista perdido en Nueva York.

 

Recordemos un momento su cara. Se trata, en Hoffman, de esa clase de inteligencia que no tiene mucho que esperar de la fama. Era el tipo de hombre que resta de una vieja estirpe de aventureros. Sólo que ahora, claro, la aventura ha de encharcarse, frustrada en una virilidad que apenas puede encontrar empleo. No hay que quitarle, ni a él ni a nadie, responsabilidad alguna en sus elecciones, quizás tampoco la dosis alta de egoísmo –o de cobardía, a pesar de frecuentar las instituciones de ayuda- que se pueden dar en cualquier adicto. Él sabría, sus amigos y su familia sabrán. Por lo pronto, ha pagado un precio caro por lo que parece haber sido algo más que un estilo de vida.

 

Para los que le amamos en La familia Savages, en Happiness, en La duda y otras memorables apariciones –incluso en cintas más comerciales como Los idus de marzo-, parece obvio decir que tuvo suerte como actor, no como hombre. Aparte de que el oficio de vivir se ha vuelto un poco difícil, es posible que quede en la escena teatral y cinematográfica un virus perdido, una ilusión de vitalidad que no sea fácil conciliar con nuestra religión social del consenso. Quiero decir, con el tipo de muerte a plazos que nos reserva el reino mundial de la economía y la imagen.

 

Es probable además que la silueta de Philip Seymour, esa robusta constitución física de alguien a quien le cuesta decir no, y apartar los mil matices de lo vivido para ordenar la vida, le dificultasen la solución estética del galán de turno. Para ser ese narcisista que termina casado con su propia imagen le faltaba –aunque la cara no fuese el reflejo de un alma- una belleza fácil, un rostro de Apolo destinado a las luces perpetuas.

 

Si algunos de sus eventuales compañeros de rodaje, esos ejemplares radiantes que casi presumen de inmortales, son incapaces de envejecer, es tal vez porque ya no les queda sangre en las venas. A falta de sangre, buscan los focos. La verdad es que el caso de Seymour parece distinto, más bien opuesto. ¿El exceso de focos le empujó a buscar la sombra en sus venas?

 

Sin ninguna intención morbosa, no hay por qué no barajar en Hoffman una verdad sencilla. Un ser humano emocional, con dificultades para mantener esa distancia sin la cual no hay estrategia posible, tiene bastantes cartas para deprimirse en una sociedad como ésta. Y tal vez en cualquier sociedad concebible.

 

No hace falta tampoco leer a Freud –Borges fue incluso más rotundo- para saber que la historia, y la fama es nuestro modo patético de historia, es un castillo de naipes. Le pasa lo que a la ideología: carece de sustantividad propia porque la tiene fuera, en lo que ha de ocultar. Por tal razón, no puede haber un sujeto de la historia. La historia es siempre de cartón piedra y no aguanta ningún sujeto profundo, menos aún un objeto. El hombre no se puede realizar ahí, sólo está de paso. Bajo la historia, seguimos sujetos al claroscuro de la existencia, a una escena primitiva que siempre retorna. Pobre de aquel que, rico o pobre, no esté armado con algo más que conceptos para ese volcán de fondo.

 

El eco de Philip Seymour nos recuerda además que se dan un sinfín de muertes, naturales o accidentales, que son indistinguibles del suicidio. No hay que descartar que la descripción que tenemos de sus últimos meses, dibujados a medias entre la piedad y la indiferencia policial –aspecto desastroso en lugares públicos, mirada perdida, siestas inoportunas- no indicasen otra cosa que una autodestrucción a plazos, sin prisas. Quizás la presencia poderosa de Seymour se alimentase de una vida frágil y necesitada de afecto, como la de un niño un poco perdido.

 

“¿Eso es todo?”, dice su personaje de hijo atormentado ante el cadáver de un padre temible en The Savages. Sí, esto es todo, el león muere sin rugidos ni batallas sangrientas. Sin pena ni gloria, como un ratón, casi convertido en una cosa. A diferencia de otros casos, sin embargo, a Seymour sí le echaron en falta. Tenía amigos. A las 11 de la mañana ya había alguien en la puerta de tu casa, extrañado de que hubiera faltado a la cita para recoger a sus hijos.

 

Si eres inteligente y sensible –suponiendo que sean dos cosas distintas-, la fama, cuando se apagan los focos, debe hacer muy difícil vivir. Volver una y otra vez a una vida simplemente mortal, que ya –fuera de la escena- no puede ni debe ser épica: no, no debe ser fácil. Vivir fue siempre complicado, pero el apagado vespertino de la ilusión luminosa sirve un riesgo añadido de degradación.

 

De una manera tortuosa, con mil arrepentimientos y terrores, la heroína debió de ser una manera de que las luces, los focos turbios de una vida que necesita emoción, estuviesen siempre encendidos. O no, y lo que Seymour buscaba era simplemente prolongar el laberinto de su barrio, un recodo del camino donde descansar de tanta luz.

 

A veces la fiebre del éxito necesita infiernos artificiales. Buscar por algún lado reencontrar unos límites, algo que resulte real y áspero, peligroso. O tal vez él sólo necesitaba la anestesia. Debe ser difícil vivir en la cumbre en esta sociedad sin suelo. Posiblemente era su caso, demasiado inteligente para tragarse toda la basura mediática que le rodeaba.

 

Nunca lo sabremos. Pero tampoco importa mucho, ¿verdad? Lo importante es que siga el espectáculo. Y que las redes sociales, llenas de nativos digitales que le habrían despellejado en vida, se llenen durante unos días de conmovidos mensajes de dolor. Este mundo, resultante final de nuestra furia ilustrada, es ya tan divertido que nos podemos ahorrar el circo.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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