‘Muerte en Venecia’ está donde quiera estar (y flota)

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El sudor de Aschenbach, y su malestar, son consustanciales a cualquiera de las encarnaciones que haya tomahdo la historia escrita por Thomas Mann.

DeathInVeniceBook
Vaya por delante que esta entrada es una respuesta al desilusionado paseo de Laurel de Baco por Venecia hace una semana, en este mismo espacio, a la vez que una continuación de otra entrada en este blog sobre el asunto en junio del año pasado.

 

Que Muerte en Venecia no es en Venecia, sino universal, puede parecer una obviedad, pero es una obviedad especialmente dolorosa para quien acude en peregrinación a ella en busca del mito, del escenario, de algo o de alguien que parece haberse marchado muchísimo antes de que llegásemos nosotros. Duele, ¿eh?

 

Lo primero que hace Venecia, y el Lido en especial, es lo que se puede encontrar en el enlace que encabeza esta entrada: abofetearte con algo sucio, descuidado, abandonado, decadente y que roza lo grotesco. Te llevas las manos a la cabeza. ¿Cómo puede ser que esta ciudad no se haya hundido ya, sumida en su abyección?

 

Es como si, allá donde uno espera encontrar el cielo, lo que se topase fuera una colección de pecados ajenos que ponen a prueba la flotabilidad de la ciudad entre ciudades. Plazas descuidadas, callejuelas malolientes, puestos de comida rápida, mercados arrasados y puestos de souvenirs en pleno corazón de la Serenissima. Y turistas en bermudas. Y niños jugando con el móvil en San Marcos.

 

Ya paro, porque lo siguiente es aferrarse a que es todo una máscara más, como esas maravillas que salen a prodigarse en carnaval. Y paseas, y buscas, y visitas, pero no: es lo que es. O sea que Venecia lleva desapareciendo desde que cualquiera de nosotros tiene uso de razón, Venecia es un perpetuo espejismo de lo que creíamos.

 

No creo que, a la hora de armar Muerte en Venecia, Thomas Mann hiciese mucho más que recoger una sensación colectiva perfectamente heredada por Visconti primero, y por Benjamin Britten después: vas a morir a lo que consideras la cuna del mundo civilizado y sofisticado del sur de Europa y te encuentras poco menos que con una colonia de vacaciones digna del Mediterráneo más chusco. Que, a su vez, termina de arrebatarle a Aschenbach las pocas fuerzas que le quedaban, en un latigazo de desazón realzado por Tadzio. Y esto le supera.

 

Así, tanto Venecia como la muerte que contiene provocan un espejismo apabullante. Eso de que siempre esté a punto de hundirse, de que la visita pueda ser la última que hagas en tu vida, suscita un ansia por fotografiarlo, documentarlo y recordarlo y amarlo todo que a toro pasado genera una imagen más potente aún que la que llevabas puesta al aterrizar en una góndola. Venecia marca a quien la pisa antes, durante y después de haberlo hecho, ahí donde el agua se casa con la piedra.

 

Lo más desasosegante, pues, de Muerte en Venecia es que la superación de su fealdad más íntima puede reaparecer. Que esa puede ser la tentación y descubrir que, en lugar de haberla desenmascarado, ha ganado la partida su lado más agobiante. Que todo es fruto del sirocco, allí y en cualquier otro sitio. Pero yo, al menos de momento y para siempre, prefiero creer en aquello a lo que todos nos aferramos: que Venecia siempre flota.

 

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.