Mugido de caracolas

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 Remembranzas

Mugido de caracolas

 – El otro día te reías, Sergei, cuando te contaba la historia del mulá Nasrudín que iba al galope sobre su asno y gritaba “¡Busco mi asno!”
– Maestro, es que ¡le pasaban unas cosas al asno del mulá!, dicho sea con todo respeto.
– Pues escucha lo que le sucedió a un Maestro Zen. Un día, lo vieron buscando su propio cuerpo, y sus estúpidos discípulos se rieron mucho.
– Es que tiene gracia – se lanzó Sergei -, aunque, siendo un Maestro, algo les quería estar transmitiendo.
– ¡Es que en el mundo hay gente dedicada a buscar seriamente a Dios! ¿Te das cuenta, liebre de las estepas?
– Maestro, ¿no es a Dios a quien todos buscamos, aún sin saberlo? – aventuró tímidamente el astuto Sergei.
– Hace muchos años, un monje, vestido con ropa de monje y hablando con el lenguaje de los monjes, se acercó a un Maestro y le dijo: “Me he pasado la vida buscando a Dios. Dejé a mi familia, mi trabajo, mis ilusiones, mis amigos y me fui al desierto, a la montaña, al silencio de los monasterios y hasta me he confundido entre los pobres”. Y el Maestro le preguntó con toda dulzura, “¿Lo has encontrado?” “¡No, Maestro!, ¿y tú? ¡Por eso vengo a ti desilusionado!”
– ¿Qué le dijo el Maestro?, – preguntó impaciente Sergei.
– El Maestro guardó silencio mientras el sol del ocaso inundaba la estancia. Los pájaros cantaban anunciando la noche y las barcas de los pescadores regresaban al puerto precedidas por sus caracolas. Sus mujeres bajaban con sus niños, anudándose el pañuelo bajo la barbilla, mientras sentían que les recorría el cuerpo una oleada de luz dorada que sabría a mar y a brea, a sudor y a piel, al consagrar la jornada. Y aquel renunciante estaba encerrado en sí mismo emperrado en que no había encontrado a Dios.
– ¿Y qué le dijo el Maestro?
– ¿Qué le había de decir? Lo miró con ternura marchar decepcionado a buscar en otra parte. No hay nada que buscar, joven liebre, basta con serenarse, abrir los ojos y mirar.

José Carlos Gª Fajardo, Profesor Emérito U.C.M.

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