Mujer blanca busca brazos de hombre negro

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Charles Ramsey lo tiene claro: si una mujer blanca se arroja a los brazos de un hombre negro pidiendo ayuda, entonces es que está en verdaderos problemas. Y eso es lo que ocurrió cuando Amanda Berry cuando logró escapar del zulo aéreo en la que la tuvo retenida Ariel Castro durante 10 años.

 

 

El culebrón ha subido las audiencias cibernéticas de los diarios y tiene enloquecido al público, que siempre goza con estas rarezas de la crónica de sucesos en las que la realidad copia al guión más perverso de las películas de serie C gringas. No me extraña tiene de todo para tranquilizar a la mayoría de los estadounidenses: las víctimas son blancas, los victimarios son latinos y el salvador es un afrodescendiente humilde. Si aderezamos todo esto con un autobús infantil, parrilladas de chorizo en el jardín de la casa de los horrores, abortos, maltratos familiares, etcétera, etcétera, tenemos los condimentos perfectos para una nueva película, esta vez de serie incógnita.

 

 

Lo malo es que los sucesos suelen esconder procesos mucho más poliédricos, una realidad compleja y dolorosa en la que la cadena de frustraciones a las que nos lleva este modelo social nos hace esclavos de una cotidianidad que sólo es noticia cuando los cadáveres comienzan a oler a podrido.

 

 

La historia de Ariel Castro, de su familia, de las secuestradas… Es la historia del patriarcado y sus anclajes mortales, de la represión y sus consecuencias explosivas, de las exclusiones encadenadas de sociedades asfixiantes (como la gringa) y su periódico estallido en matanzas masivas o en torturas prolongadas en la intocable intimidad individualista.

 

 

Durante tres días evité leer noticias al respecto. Pero la conclusión de Charles Ramsey [«Hermano, supe que algo malo pasaba cuando una pequeña niña blanca corría a los brazos de un hombre negro»] es todo un tratado sobre el racismo, la exclusión y la autoconciencia de clase y eso ha despertado todas mis alertas ensimismadas normalmente con la estructuras de este sistema-mundo occidental. La mayoría de estadounidenses blancos, heterosexuales, cristianos y de clase media se cambiarían de acera al toparse con Ramsey, pero ahora tendrá la oportunidad de ganar algunos dólares en late shows en los que explotarán hasta la saciedad sus 15 minutos de existencia. Luego, él pasará a un segundo plano; igual que la historia de los migrantes latinos; o de las mujeres maltratadas; o de los familiares de las personas desaparecidas sobreimpresas en los cartones de leche.

 

 

Lo único que le quedará a esa masa blanca que es la que manda en Estados Unidos es una sensación de tranquilidad la saber que los malos hablan español y que los pobres, de vez en cuando, pueden ser buenos. Ojalá esté errado.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.