‘Mujer planchando’

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En Burgos hace millones de años usaban el fuego para calentarse en vez de para quemar contenedores, y ahora se les ha incendiado la fábrica de sus vidas como si les hubiera caído encima un castigo bíblico.

 

La actualidad vuelve a una calle de Burgos para su desgracia y también para descanso de Pablo, que tiene que reorganizarse ahora que ha terminado el colegio. Pablo le recuerda a uno en estos días a una animadora que tiene que colgar los pompones del instituto para empezar a estudiar economía en Harvard.

 

En Burgos se imagina a vuelapluma manifestándose no más de cien señores burgaleses con loden y gorra plana de las que se ponía Delibes para ir a cazar. Delibes podría ser el tipo básico de manifestante burgalés si no fuera de Valladolid, como nacido allí es Zapatero, de quien no se sabe si su hija ya le habla (las hijas de ZP tienen trazas de querer hablar más con Pablo, incluso todavía más con Íñigo), y sólo se le podría contar si el bulevar famoso lo quisieran levantar en un vedado, o en Atapuerca.

 

Allí hace millones de años usaban el fuego para calentarse en vez de para quemar contenedores, y ahora se les ha incendiado la fábrica de sus vidas como si les hubiera caído encima un castigo bíblico. Hay gente que metaforizó la calle Vitoria con Numancia (como si mientras sonase London Calling) pero tirando más por la vertiente cordón sanitario que por la de los redaños, cuando en el fondo (bajo tierra) no había más que un aparcamiento.

 

En el fondo de Podemos también hay un aparcamiento tan oscuro como el decorado de La Tuerka, que es el color inicial del lienzo, lo mismo que en aquel reutilizado por Picasso para pintar ‘Mujer planchando’. Bajo este retrato (‘Hombre con coleta interpretando’) no hay otro sino cientos de obras de cientos de artistas una sobre otra.

 

A ver quién le hace un poema a ese subterráneo con sus columnas románticas y sus cajas automáticas y sus encargados apáticos (o también automáticos) que cobran sin dejar de mirar la tele.

 

Falta un Alberti que le cante a las barricadas, aunque ya hacen versiones en las asambleas (donde no llegue el enchufismo lo hará el asamblearismo) deseando ponerse a galopar (ya se les ha visto ensayando el trote en Vistalegre) en un espectáculo atroz, esa mezcla de símbolos y de gestos tan típicos de ideologías totalitarias; porque para algunos el símbolo (donde se esconden el parné y los privilegios, la casta propia que tienen oculta y amordazada en algún lugar) es lo único que importa.

 

La revolución se puede encontrar en cualquier parte con sólo rascar. Podemos está reuniendo todos los miedos y tratándolos (¡ríase cualquiera de la ingeniería social de ZP!) como si fuera una fábrica de cigarrillos de donde salen las ideas liadas, en cajetilla y con filtro.

 

Puede que los vecinos de Gamonal lo único que querían era que les dejasen en paz con sus apaños de doble fila y sus cosas de vecindario que les venía a estropear un bulevar constructivo y caprichoso al que llegaron unos a sumarle la carcasa: el discurso de izquierda, una suerte de costumbrismo típico que también es caprichoso y constructivo con el que quizá alguno y alguna intente edificar algo sobre las cenizas de la fábrica.

 

De niño a uno le cercaron una colina en el campo para hacer una urbanización y se tuvo que buscar otro lugar de juegos, que al fin es como buscar (igual que Monedero, ese niño entre niños atrapado en un cuerpo de hombre Maduro) otro lugar de aparcamiento.