Musée des Beaux Arts, de W.H. Auden (1907-1973)

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La poesía profana las tumbas interiores.

 

La noche arborece inusualmente fresca en Jartum, sobre la confluencia de los dos Nilos. Coches, furgonetas y motocarros se embisten en esta ciudad sin rotondas. Solitaria y desconfiada, coronadas sus tapias con alambre de púas, en un antiguo hospital se eleva la sede de las Fuerzas de Paz de Naciones Unidas. Cuando el aire cuida de los hombres las calles se abarrotan de paseantes, comerciantes y mendigos. En una esquina del centro converso con mi amigo Sadig Elamin, entre la brisa que despeina las aguas. Sadig estudió en Suecia, trabajó con organizaciones internacionales que le pagaban bien sus conocimientos sobre nuevas tecnologías, pudo elegir altos puestos en cualquier continente, pero decidió volver aquí, a Sudán, para fundar una familia y afanarse en el porvenir de su país. Ahora, por primera vez, con dos hijos de cinco y tres años, está pensando en marcharse, ‘al menos hasta que sepamos qué va a suceder’.

 

En los próximos meses Sudán va a convertirse en dos estados, por las buenas o por las malas. Como resultado del Acuerdo de Paz firmado entre el Norte y el Sur hace un lustro, el 9 de enero de 2011 el Sur celebrará un referéndum en el que con absoluta certeza la mayoría votará por la independencia. Aunque finalmente el referéndum tenga lugar, el día después presenta tantos cabos sueltos que será fácil hacer con ellos sogas de ahorcar. Según el Acuerdo de Paz ambas partes deberían haber llegado a consensos sobre cuestiones esenciales como el censo, la demarcación de fronteras o la distribución de los recursos petrolíferos: poco se ha hecho. El calendario por arrancar hiede a conflicto. No sólo han fallado los sudaneses; la comunidad internacional únicamente ha desembolsado una pequeña parte de los fondos que prometió para apoyar el proceso de reconstrucción tras casi un cuarto de siglo de guerra, cientos de miles de muertos y cuatro millones de desplazados: Haití tiene motivos para dudar de la palabra de los ricos.

 

Antes del referéndum sobre la independencia del Sur debían celebrarse elecciones generales en todo el país. Previstas inicialmente para 2008 y pospuestas varias veces, la fecha definitiva parece abril de este año. Sin embargo el camino hacia la democracia está minado. El gobierno sostiene con fuerza en una mano las riendas del poder y en la otra el látigo, los candidatos opositores no tienen opciones y el registro de votantes ha sido un fraude: dos millones de desplazados de Darfur y muchos millones más en otras partes de Sudán desafectas al régimen no podrán votar. El presidente de Sudán, Omar El-Bashir, acusado de crímenes contra la humanidad y genocidio por la Corte Penal Internacional, no permitirá que nadie, y menos que nadie su pueblo, le deponga.

 

Incluso si las elecciones generales y el referéndum de independencia se celebran en paz y a tiempo, el Sur de Sudán nacerá sin labios. Desde la firma del Acuerdo de Paz el gobierno de Juba ha gastado buena parte de sus recursos comprando armas. La corrupción ha desacreditado a los antiguos rebeldes y ha provocado divisiones. Los enfrentamientos entre los distintos grupos étnicos del Sur han alcanzado en 2009 hechuras de guerra: 350.000 desplazados y 2.500 muertos. La independencia del Sur, si no se remedia, desembocará en un estado enclavado, pobre y cainita, preñado hasta las sienes de un oro negro por el que pujan las compañías petroleras: un nuevo peón en el centenario ajedrez africano de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, China…

 

En Darfur, por más que la violencia haya remitido, el sufrimiento de millones de seres humanos desconoce burladeros. La tierra sigue degradándose, el agua escasea, la paz no consigue desasirse de sus negociadores y los refugiados descreen del regreso. En el este de Sudán, las regiones que miran al Mar Rojo, las aldeas no hallan el modo de desescombrar la miseria, y por el norte el desierto, como los bárbaros de Cavafis, avanza.

 

Mientras Sudán se enfanga en la pobreza y la violencia, Jartum, numerosa y vibrante, florece. Sadig me lo cuenta: ‘Fíjate, los chinos y los países del Golfo siguen invirtiendo aquí: por todas partes las grúas levantan edificios, hoteles. En la ribera del Nilo Azul están construyendo un barrio de rascacielos y una empresa local acaba de terminar un campo de golf para los ejecutivos extranjeros. El dinero del petróleo ha hecho a muchísimas personas ricas, y la gente no sabe o no quiere saber lo que sucede en el resto de Sudán. En Jartum la vida es buena, por qué preocuparse de lo que ocurre más allá’. Cuando hablas con los universitarios de la capital apenas tienen noticias de lo que pasa en Darfur o en el Sur.

 

Para mí Sudán es el mundo, la sinopsis del mundo, somos un planeta Sudán: de una parte, en la periferia inmensa, pueblos que se enfrentan por la religión o la tribu, por el agua que falta o la tierra cicatera, preñados de riquezas que no disfrutarán porque la riqueza es animal sumiso y siempre vuelve a lamer los dedos de su señor, pueblos sin empleo, violentos y necesarios; de otra parte, en el centro, colmados, satisfechos, ignorantes y algo temerosos, engullendo lo ajeno y atesorando lo propio, nosotros, los galardonados por la historia, mirando siempre, por los siglos de los siglos, hacia otro sitio. En todo continente, en toda ciudad hay centros y periferias, cada vez más próximos, midiéndose.

 

En 1938, mientras la Guerra Civil diezmaba España y sus compatriotas almorzaban indiferentes, el poeta inglés W. H. Auden, fresca la sangre del conflicto en la memoria, entró en el Museo de Bellas Artes de Bruselas, se detuvo frente al cuadro Paisaje con la caída de Ícaro, de Pieter Brueghel el Viejo, y escribió sobre esto, sobre el dolor y las innumerables nucas que procrea:

 

 

 MUSEE DES BEAUX ARTS

 

 Acerca del sufrimiento nunca se equivocaron,

 los Viejos Maestros: qué bien entendieron

 su posición humana; cómo tiene lugar

 mientras algún otro come o abre una ventana o sencillamente pasea aburrido

 cómo, cuando los ancianos aguardan con reverencia, con pasión,

 el milagroso nacimiento, siempre tiene que haber

 niños que no desearon especialmente que ocurriera, patinando

 en un estanque en la linde del bosque:

 nunca olvidaron

 que incluso el espantoso martirio debe seguir su curso  

 de cualquier manera en un rincón, en algún lugar desaliñado

 donde los perros continúan con su vida perruna y el caballo del torturador

 restriega su inocente trasero contra un árbol.

 

 En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo todo da la espalda

 sosegadamente al desastre; es posible que el labrador

 hubiera oído la caída al agua, el grito desvalido,

 pero para él no era un fracaso importante; el sol brillaba

 como era su deber sobre las piernas blancas que desaparecían en las verdes

 aguas; y el caro y exquisito barco que debía de haber visto

 algo asombroso, un chico cayendo del cielo,

 tenía que llegar a alguna parte y tranquilamente siguió su rumbo.

 

Diciembre de 1938

 

 

Todo estaba en orden. Sufrían los que siempre habían sufrido, prosperaban los que siempre habían prosperado. Diez meses después de que W. H. Auden escribiera este poema, en el corazón de Europa estallaba la Segunda Guerra Mundial.

  

Gonzalo Sánchez-Terán ha trabajado desde 2002 implementado proyectos de emergencia en campos de refugiados y desplazados internos en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, la región de Dar Sila, en la frontera entre Chad y Darfur, y la frontera entre Etiopía y Somalia.En 2001 publicó el poemario, Desvivirse (ed. Visor); en 2008, junto al periodista Alfonso Armada, el epistolario, El Silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (ed. Trotta); y en 2020, Si esto sirviera para hablar del río. Diario poético del año de la pandemia (ed. Franz).