Música de cine

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Si han visto The Tree of Life de Terrence Malick se habrán fijado en la música de Alexandre Desplat, parte tan fundamental de la  película como el guión del propio Malick o la bellísima fotografía de Emmanuel Lubezki, El Chivo. Pero yo me fijé también en una emocionante Lacrimosa que no conocía y en cuanto llegué a casa busqué a ver de dónde salía: del Requiem for My Friend de Zbigniew Preisner.

 

El amigo a quien Preisner dedicó ese Requiem en 1998 fue Krzysztof Kieślowski, el director también polaco con quien tanto colaboró haciendo la música para unas cuantas de sus películas, sin duda las más importantes: El Decálogo, La doble vida de Verónica y las tres de la trilogía Tres colores. Lo que Preisner estaba componiendo a mitad de los 90 para una pieza híbrida, entre performance y opera, que de nuevo iba a dirigir Kieślowski terminó siendo su réquiem cuando murió en marzo de 1996.

 

La de Kieślowski y Preisner es una de esas uniones profundas y a largo plazo que hay a veces en el cine entre un director y un músico y que, más allá de la mera colaboración, entran tanto en el terreno de la creación conjunta y la simbiosis que cómo imaginar la obra del uno sin la del otro.

 

Cómo imaginar tantas películas de Peter Greenaway sin la música obsesiva de Michael Nyman, una unión más fuerte que un matrimonio durante años y que como muchos matrimonios acabó un día del todo y para siempre hace ya dos décadas sin que ninguno quiera ya ver al otro o saber nada.

 

O las películas de Almodóvar o Julio Médem sin la música de Alberto Iglesias. O muchas de las mejores cosas del actual cine vasco (o El sol del membrillo de Erice) sin las composiciones de ese otro gran músico desconocido que es Pascal Gaigne.

 

Varios de mis directores favoritos tienen también sus músicos de cabecera, parte por ello del paisaje sonoro de mi vida:

 

John Lurie, que no sólo ha compuesto la música de todas las primeras películas de Jim Jarmusch sino que ha sido también actor en muchas. Lo vi una vez en un concierto delirante y fantástico con sus Lounge Lizards en el Knitting Factory de Tribeca y luego nos cruzamos con él y parte de la banda caminando por West Broadway y no sé qué les dijimos. Ahora ya no toca ni actúa, solo pinta y padece una extraña forma de paranoia.

 

La maravillosa Eleni Karaindrou, que ha hecho la música de todas las películas de Theo Angelopoulos que yo he visto, incluida La mirada de Ulises, una de mis películas preferidas de la vida y una de las bandas sonoras que más he puesto en casa, ad nauseam, veces y veces una tras otra durante años oyendo esa música de violas maravillosa y cautivadora. Ahora se acaba de morir Angelopoulos, atropellado ayer por una moto, ¡puta vida!, y yo vuelvo a poner el disco y me parece que suena a elegía.

 

Carter Burwell, que ha hecho la intrigante y perturbadora música de todas las películas de los Coen, sobre todo de Fargo, otra de mis películas de la vida en parte por su estupenda música.

 

Música de cine, en la que casi nadie se fija.  

 

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José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).