Música para camaleones

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Yo cada vez que veo a Pedro Sánchez empiezo a mirar al cielo y a hacer juegos de palabras en latín, y cuando dejo de verlo me encuentro casi sin darme cuenta con el pilum partido, la túnica hecha jirones y un ojo a la virulé...

 

Me encanta esa frase de ‘El príncipe de Bel Air’ en la que el entrenador Smiley dicta a cada oportunidad la táctica del equipo: “Pasádsela a Will”. La uso con frecuencia porque me hace reír. No importa cuántas veces la repita porque siempre me río. Otra cosa es que los demás lo hagan conmigo, pero yo lo intento. Hay que repetir, insistir, para tener éxito. Las canciones del verano se hacen así. Yo escribo tratando de encontrar una melodía y en política ocurre lo mismo.

 

Los nuevos partidos, salidos como el Atleti aquella vez de las alcantarillas de la crisis, machacan con su música. También los viejos, sólo que el personal tiene el oído más hecho. Se apuestan bajo los balcones e interpretan sus tonadillas de madrugada. Pablo Iglesias compuso una que ha estado tocando varias temporadas con creciente aceptación, como antes lo hizo UPyD y ahora Ciudadanos.

 

El partido magenta hoy es un grupo viejo y olvidado. Ni siquiera conserva un hit que les diga que vivir así es morir de amor; el morado es una formación nueva en decadencia a la que ya no le sirven para llenar estadios sus números uno; y el naranja es lo último que, como los anteriores sólo que resabiado, se construye intentando ocupar los huecos: un poco de tractor amarillo y otro poco de Gwendoline.

 

Es lo mismo pero mejorado tratando de sobrevivir en un mundo hostil en el que habrá esperanza para ellos mientras los dos grandes partidos nacionales sufran esta crisis creativa, que es una gran crisis nacional.

 

Yo siempre pensé que el PSOE tenía muy definido su estilo como una gran maison y que el PP, al contrario, había de luchar siempre para imponerse al rival. Algo así como el hijo preferido y el estudioso. Pero las cosas han cambiado. Yo a veces siento que tengo cierta obsesión, pero desde Zapatero nada es igual. ZP consiguió que el votante ya no se fiara más del hijo preferido, uno de sus grandes logros.

 

Él lo cambió todo, pues además venían a su espalda atropellándose unos a otros los políticos de su escuela como los galos de Astérix detrás de Abraracurcix cuando salían de la aldea para darles una tunda a los romanos. Rubalcaba, al que debieron poner para contenerles, nada pudo hacer y acabó amordazado y atado a un árbol mientras se daban el gran banquete.

 

Yo cada vez que veo a Pedro Sánchez empiezo a mirar al cielo y a hacer juegos de palabras en latín, y cuando dejo de verlo me encuentro casi sin darme cuenta con el pilum partido, la túnica hecha jirones y un ojo a la virulé. En el PSOE han perdido el estilo y además reparten mamporros por doquier, que era una cosa que se pensaba exclusiva del PP.

 

El PP no sabe, no ha sabido nunca quitarse esa imagen de dureza, de insensibilidad y de retraso que le traslada (cada vez con menor éxito) su enemigo ancestral, aunque puede que por extinción se encuentre un día solo en una isla desierta a la que llegaría Aznar erguido en un bote con un pie apoyado en la proa y una mano en el pecho, como en Perejil.

 

Ellos esto lo saben pero no cómo pararlo. Rajoy va teniendo pinta de Robinson vestido con esas pieles  y acompañado de indígenas sin civilizar como Viernes en la figura de, por ejemplo, Hernando, al que debió de encontrar un día con su flequillo a punto de ser devorado por aquellos galos.

 

 De seguir así no iba a venir nadie a rescatarles, pero yo veo al Gobierno sostenido con inverosimilitud por la vicepresidenta, que lo hace todo. Desde el contrapeso en el bote al presidente de honor,  regir ministerios, dar la cara, partírsela y partirla en el parlamento, hasta posar provocativa e ir a la tele a bailar como si le hubieran encomendado quitarle los sambenitos al partido, darle un lugar digno en el CIS, con la tronchante táctica del entrenador Rajoy: Pasádsela a Soraya.