Publicidadspot_img
-Publicidad-spot_img
Mientras tantoMúsica para todos nosotros

Música para todos nosotros


Leopold Stokowski

Hay tres libros muy válidos que versan sobre el mundo de la música, ¡la música!, que tan bien nos aleja del azogue del pensamiento y nos sume en la sensación, aunque la creación musical sea el magno y depurado resultado de la praxis más alta de pensar. He tenido esos tres tomos al retortero. Los he devorado, digo, al unísono, concluyéndolos casi a la vez. Uno de ellos es el clásico título Música para todos nosotros, de Leopoldo Stokowski, cuya primera edición en español, en Austral Argentina, data de 1945. Stokowski, entre otras muchas actividades, fue el primero en estrenar en América las sinfonías orquestales del ruso Shostakóvich. Music for all us (Música para todos nosotros) resultó ser un ameno curso sobre el espectro musical dirigido a profanos. Bueno, no tan profanos en algunos capítulos, donde a mí me ha costado algún esfuerzo asumir en lo cabal nociones tales como las referentes a las escalas, armonía, tonalidad, contrapunto, contrarritmos, texturas, homofonía, polifonía, antifonía… El autor se detiene mucho en asuntos tan balbucientes y esperanzadores, en el tiempo lejano de la redacción del libro, relativos a la música radiada, grabada, música de películas, música y televisión, técnicas de expansión y adecuación del sonido, etc. Nos aconseja con instrucciones precisas en el sentido de que para obtener una efectiva perspectiva tonal cuando oigamos música en casa a través del pequeño receptor, lo coloquemos “en una esquina en lugar de a la mitad de la pared y dirigiendo el reproductor hacia la esquina opuesta. Esto dará, a las ondas del sonido, mayor espacio para viajar antes de que se reflejen. Si las ondas de sonido pueden pasar por una puerta hasta otro cuarto, tendrán aún un camino mayor para viajar y la música puede sonar mejor en el cuarto distante”. Así hay que hacerlo.

Stokowski, además de ilustrarnos correctamente sobre la naturaleza de la música, sus fundamentos matemáticos, los instrumentos musicales en la historia, la disposición de la orquesta, también se muestra profético a la hora de diseñar los auditorios, en una época en la que aún dominaban los salones simplemente decorativos. Así proyecta un auditorio cívico que “deberá ser bello por dentro y por fuera: su forma exterior será una expresión de su función interior. […] El escenario completo habrá de ser visible desde cualquier asiento. Una voz que hable desde el escenario deberá oírse con facilidad en cualquier sitio del local. […] El ruido del exterior se absorberá; los ingenieros acústicos saben cómo lograrlo. […] El colorido exterior será reconfortante y amable: la iluminación plena y tenue sin reflejos molestos. Los corredores o las galerías deberán ser tan claros, día y noche, que puedan usarse para exposiciones de pintura y escultura de los artistas de la comunidad, la nación o el mundo entero”. Este último fragmento de la cita parece que esté describiendo a los flamantes y mejores auditorios de hoy, como, por citar uno solo y que yo conozca, el atractivo edificio de la Philharmonie, en Luxemburgo, que lleva inaugurado desde hace no mucho tiempo.

Stokowski en su libro se muestra mesiánico enumerando los grandes beneficios de la música para la sociedad y el individuo. A veces exagera; hemos llegado al futuro que él plantea y la cosa no está para tirar “cobetes”. Mas en lo que Stokowski tiene absoluta fe es en el cierto poder terapéutico, sanador de la música, afirmando que “puede apresurar nuestros latidos y dar energía a cada una de nuestras funciones físicas. Los soldados pueden marchar largas distancias cuando se les anima y alegra con música. Muchos físicos y hombres de ciencia creen en el poder de alivio de la música”. Precisamente, y antes de releer este libro (de la primera lectura, de adolescente, lógicamente ni me acordaba), yo compuse este haikú que refrenda esta aseveración stokowskiana: “Cuerpo rendido / que se ofrece a la música / para curarse”.

 

Daniel Barenboim
Edwar W. Said

Los otros dos libros que dulcemente he degustado son el  breve y denso texto de Ígor Stravinski Poética musical (Acantilado, 2006) y la recolección de seis conversaciones entre Daniel Barenboim, prestigioso músico judeo-argentino (aunque de ancestros rusos y criado en Israel) y Edward W. Said, profesor de literatura en la universidad de Columbia, palestino, interesado asimismo en amplios temas de filosofía e historia, como también de música, habiendo sido él mismo un modesto y amable intérprete al piano. En el diario El País se le podía leer mucho. Falleció en 2003. El volumen que recoge las sustanciosas charlas entre estos dos amigos íntimos lleva por título Paralelismos y paradojas. Reflexiones sobre música y sociedad, que fue publicado en el Círculo de Lectores.

Estos dos prestigiosos intelectuales propiciaron un taller internacional, con sede en Weimar, donde actúan músicos palestinos e israelíes. Barenboim es un apasionado de Wagner y logró dirigir su música en el estado de Israel, a pesar de la fuerte polémica que dicha tentativa supuso. Como sumo ejemplo de moderación propone que en las audiciones de la música de Wagner en el estado judío no se inserten dichos eventos en espectáculos de abono, y sí se ofrezcan a través de entradas sueltas para que el oyente interesado pueda asistir tranquilamente, y el que no quiera no tenga que desaprovechar la parte alícuota del abono. Más sencillo imposible en una sociedad democrática como lo fue Israel, condición de la cual ahora carece dicho estado. Ambos personajes se explayan en la problemática social, muestran su decepción ante los grandilocuentes y mal operativos acuerdos de Oslo, diseccionan el problema de Alemania, “que comparte una negra historia común con los judíos”, en palabras de Barenboim; el de la propaganda nazi, acogedora de un sentir general en un momento determinado, y la execrable consecuencia del holocausto. Pero esto lo hacen a través de la explicación del magno proceso musical, comentando con gran elogio la obra y la abnegación de Beethoven, ese espíritu europeísta, “núcleo físico de expresión y sonido”.

Igor Stravinski

La música “es al mismo tiempo todo y nada”, declara Barenboim en su libro. Música hecha solamente de estos dos elementos: tiempo y sonido, propagándose unidos en el cumplimiento de una gran condena: agotarse, desvanecerse. Esta es una definición central en la Poética musical de Stravinski; libro que recoge seis conferencias que el músico había pronunciado en la universidad de Harvard, ocupando en ese período la cátedra de Poética de dicha universidad. En ellas Stravinski se muestra sintético, radical y lúcido. Con mucha sabiduría comenta las reacciones que suscitó la puesta de su Consagración de la primavera, tildándole la crítica de revolucionario. Stravinski responde contundente: “Para ser francos, me vería en un apuro si quisiera citarles un solo hecho que, en la historia del arte, pueda ser calificado de revolucionario. El arte es constructivo por esencia. La revolución implica una ruptura de equilibrio. Quien dice revolución dice caos provisional. Y el arte es lo contrario del caos”.

Stravinski cree en el orden que el músico impone a los sonidos de la Naturaleza (“los elementos sonoros no constituyen la música sino al organizarse, y que esta organización presupone una acción consciente del hombre”). El orden propio que el músico impone a la música creada hace que el producto, la pieza musical sea tan autónoma, libremente investida de tiempo y sonido prestos a desvanecerse, que ninguna ligazón extramusical pueda participar en su sustancia. Por eso este músico ruso (aunque redacta sus conferencias en francés, en revisión del texto de Paul Valery, ¡ahí es nada!), Stravinski, decimos, desdeña realizaciones del poema lírico, sobre todo por parte de Berlioz; su crítica también se alarga a Wagner, ya que según él estos músicos consentían la concepción equivocada de que la obra musical siempre ha de imitar a la Naturaleza. Cuando lo cierto es que la música sólo se explica por sí misma, sin referencias tangenciales  que pueden pervertir su comprensión. Y en esto es tajante: “La música no tiene y no puede tener como objeto la imitación”. Para él, la música, que empieza, en su proceso creador, en un atisbo dionisíaco, acaba doblegándose a Apolo.

Dice muchas cosas sustanciosas este Stravinski listo como el hambre, de nariz aguileña y bigote sardónico. Pero conviene que algo dejemos en el tintero y seas tú, lector ajeno o propio, el que comiences, ¡pero ya!, la lectura de esta delicia de Poética musical. Al cabo, como Isidoro de Sevilla escribía: “Ninguna disciplina puede ser perfecta sin la música; sin ella nada existe. Se afirma que el mundo mismo fue compuesto de acuerdo con una cierta armonía de sonidos, y que incluso el cielo gira bajo la influencia modular de la armonía. La música mueve los afectos y provoca en el alma diferentes sensaciones”.

Más del autor

-publicidad-spot_img