Mutaciones

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Es un asunto complicado para mí —como casi todo en la vida, comenzado por haber sido diagnosticado con un incidentaloma suprarrenal hace unas semanas— hablar de Roger Bartra; ello por las mejores, las buenas y las peores razones. Apenas me hice de su nuevo libro, leí en dos sentadas las cuatrocientas seis páginas de su recién publicada autobiografía intelectual, ejemplarmente titulada Mutaciones (Debate, 2022).

Como lo primero que quiero es celebrar este libro, necesario creo yo lo mismo para Bartra que para sus lectores, comenzaré por las mejores razones.

Hacia 1990 y 1991, me hallaba viviendo y luego estudiando los primeros semestres de la universidad en la ciudad donde vine al mundo, la gélida Montreal. Quizá porque el invierno había sido demasiado largo, quizá porque me aburría, quizá porque en esos años intenté una primera lectura de La jaula de la melancolía con el equívoco propósito de justificar mi propia extranjería en aquellos nórdicos parajes que conocía desde niño, pero no como joven adulto, yo, hijo de México y de Canadá por partes iguales para mi mala y buena fortuna, un día conseguí los datos necesarios para contactar a Roger, entonces director del suplemento en formato de revista, La Jornada Semanal.

No tenía la menor idea acerca de qué quería escribir, pero quería escribir y quizá, en mi delirio todavía juvenil, regresar a México mediante la letra impresa—impresa de verdad, no proyectada desde una pantalla. La verdad no lo sé. Lo que sí sé a ciencia cierta es que contacté primero a Roger, luego a un miembro de la redacción a quien quise mucho, Galo Gómez Ogalde (con inhumana tristeza me enteré de su trágica muerte el 20 de febrero de 1999 en un accidente automovilístico mientras hacía “guardia” en una oficina contigua a la de la canciller, mi entonces jefa Rosario Green). Pronto, es decir en semanas, es decir vía unos largos faxes que parecían interminables rollos de papiro, comenzaron a fluir los textos. Como en esos años del pleistoceno yo podía ver películas que todavía no se estrenaban en México, mis primeros envíos fueron comentarios de películas por la más libre de las vías libres, pues lo único que motivaba mi escritura era mi interés por el cine desde niño, nada de sofisticaciones, comentarios dizque de conocedor o de erudito lector de Les Cahiers du Cinema, mucho menos de crítico de cine.

Aquello provenía de la pura emoción y el entusiasmo por sentarse a escribir. Guardo el ejemplar del suplemento en el que publiqué mi primer texto, en un número que incluía una larga entrevista con Claudio Magris, un ensayo de Carlos Pereda y las columnas de Fernando Savater, Luis de Tavira y Federico Campbell, además de textos breves como el mío de Estela Leñero, Eugenio Trías y Teresa del Conde, entre otros.

Esa fue mi feliz e inmejorable bienvenida, el domingo 5 de mayo de 1991, y como dice el genial Guillermo Cabrera Infante: “Soy cuidadoso con mis fechas. Por eso las conservo.”

Naturalmente, a la distancia, carente de los dispositivos digitales que ya forman parte integral de nuestros exocerebros, no tenía la menor idea de los difíciles malabares que Bartra y su equipo practicaban cada semana para complacer y no complacer a los grupos intelectuales que se disputaban cada centímetro de la parcela literaria-política mexicana, como si no tuvieran sus propios espacios, como si no tuvieran nada que llevarse a la boca, como hienas insaciablemente hambrientas. Como nunca me importó ni me han importado las bellas prácticas caníbales en la república de las letras mexicanas, la lectura de Mutaciones me ha puesto al día, fíjense ustedes, de las riñas atrabiliarias de entonces, ahora, pasados treinta y un años.

Las colaboraciones, frecuentes, continuaron hasta que Roger dejó el suplemento en marzo de 1995. Entre 1991 y su partida, Roger, Chema y Galo jamás pensaron en tratos selectivos, acomodos, componendas: escribí y publiqué lo que me dio la gana, lo mismo acerca de películas intranscendentes, que de la opresión a los pueblos originarios de Canadá, los polémicos libros de ensayo político de Mario Vargas Llosa, acerca de ese excéntrico que fue Malcolm de Chazal, y ya casi al final una reseña del que me parece uno de los mejores libros del último Paz: La llama doble. Nunca hubo un no, ningún espéranos, danos espacio, tiempo. Jamás. La misma práctica continuó durante otros cuatro años con Juan Villoro y Ricardo Cayuela cuando se encargaron del suplemento.

Una buena razón que poco se distingue de otras mejores, reside en mi relación de lector de Roger Bartra. Ya dije que leí tempranamente La jaula de la melancolía. Confieso que el gran atractivo del libro estaba precisamente en la íntima conversación entre dos personas con identidades múltiples, muchas veces problemáticas —entonces México no me resultaba tan incómodo y retrógrado como hoy, creía combinarlo bien con mi otro Bruno, el nacido en Montreal, Canadá. Mis primeras lecturas de La jaula no tuvieron nada qué ver con asociar el estudio de Roger con su posible aflicción melancólica (asociación francamente limitada y básica, por decir lo menos). Aquellas lecturas tempranas, e incluso las que vuelvo hacer ocasionalmente y que incluyen El laberinto de la soledad, Mexicanidad y esquizofrenia, de Agustín Basave y los varios títulos incendiados de sarcasmo, ironía y horror de Guillermo Sheridan, las hago todavía nada más por regalarme la mejor prosa ensayística de estos autores, además de volver a tocar piso con nuestra irresoluble realidad. Lo mismo me sucede con El mito del salvaje, perfecta conjunción de erudición y ensayo literario; no se diga del que me parece uno de sus pequeños grandes libros: El duelo de los ángeles. Locura sublime, tedio y melancolía en el pensamiento moderno, donde Kant, Benjamin y Weber son diseccionados con sutileza pero también sacudidos y elevados a los más sublimes  desequilibrios vitales gracias a la fina prosa de Bartra.

Y la expansión por la vía melancólica no acaba ahí. En un breve ensayo de apenas seis páginas incluidas en La melancolía moderna, Roger logra ir más lejos que las gordas biografías de Abraham Lincoln y captura, como el ensayista literario que es, la esencia, la interioridad del presidente estadounidense que se expresaba a través de sus actos exteriores, es decir políticos. Solamente un poeta, el injustamente olvidado, desequilibrado y trágico Delmore Schwartz, fue capaz de capturar, como Bartra, esa oscuridad profunda en una luz tan fugaz como imperecedera:

Manic-depressive Lincoln, national hero!

How just and true that this great nation, being conceived

In liberty by fugitives should find

—Strange ways and plays of monstrous History—

This Hamlet-type to be the President—

This failure, this unwilling bridegroom,

This tricky lawyer full of black despair—

[…]

“This is the way each only life becomes,

Tossed on History’s ceaseless insane sums!”

Un asunto de no menor importancia que demuestra la conocida generosidad, pluralidad y temple democrático de Roger Bartra, sea como editor, como intelectual, como catedrático, como persona: jamás tuve ni he tenido especial simpatía por las izquierdas mexicanas y sus derroteros —patéticos, sectarios e inciviles en todos los casos. Pertenezco a una generación que llegó a los estudios universitarios, en mi caso El Colegio de México (“te vas a encerrar en un monasterio”, me advirtió, y con razón, mi querido Galo Gómez Ogalde poco antes de pisar sus aulas). El par de veces que intenté leer ese popular y muy socorrido batiburrillo, La democracia en México, de Pablo González Casanova, acabé con ganas de dedicarme a la carpintería. En esos años yo estudiaba, por convicción y obligación, otro tipo de carpintería, más fina y a la vez más engorrosa: las transiciones a la democracia en América Latina y Europa del Este.

Lo lamento, aquí empiezan si no las peores razones, al menos las más melancólicas. Pertenezco, o pertenecí, vale decir por el rumbo que traen las cosas, a la generación de quienes, estudiantes y después buscadores de un oficio, de una profesión, nos comprometimos con la democracia, la libertad y la economía de mercado. En el mismo orden: la primera porque, es fama, representa la menos perjudicial forma de gobierno; la segunda, porque es razón de vivir y hasta de morir y, la tercera, porque es el mecanismo hasta ahora conocido para generar crecimiento, con y sin intervención del Estado, mejor aún con ambas.

Al igual que Roger Bartra, me preocupa, pero sobre todo me deprime ser testigo del retroceso y la degradación en que lo mismo déspotas de una ignorancia cósmica, dinosaurios reciclados, que jóvenes funcionarios cabezas huecas (los he visto y escuchado, para mi pésima fortuna) listos y hasta encantados por echar a la basura treinta años de construcción democrática, de reformas indispensables para estar a tono y mejor preparados para encarar el nuevo orden o desorden mundial, llámenlo como quieran. Todo por una jugosa quincena y por estar cerca del caudillo, de la última versión del Transformer sin espina dorsal que distribuye cargos y encargos mostrando una pavorosa sonrisa que no promete nada bueno para el futuro, del joven secretario de Movilidad que se arrojaría a las vías del metro si su tenebrosa jefa le ofrece un hueso más jugoso en el próximo Salto para Adelante. Les vale un pepino. A todos, desde quien se sienta en lo alto de la pirámide hasta el joven egresado de la universidad que se afana en ejercer tres metros de poder burocrático y picaresca de oficina. Y todos esos cavernícolas, aquí aplica al cien la equidad de género, eso sí, se cuelgan como changos y changas de su ridícula “autoridad moral”.

Creo que me estoy alejando un poco del tema, pero estos son asuntos que, también, a su manera, toca y desarrolla Roger Bartra en sus Mutaciones.

No digo nada nuevo si afirmo que la literatura en México, las otrora salvajes tribus y los indómitos y dispersos individuos  que en la actualidad se dedican a ella, conforman un sistema de desagüe que conduce a la degradación tanto de lo que se escribe como de quienes escriben. En este punto preciso es posible identificar las mutaciones que, con certeza, le han permitido a Bartra sobrevivir en esa jungla. No lo dice de manera explícita, pero el hecho de que ninguno de sus libros de ensayo publicados en Barcelona haya sido premiado me recuerda a Ricardo Piglia, quien nunca se sujetó a ninguna componenda ni compradrazgo para lograr el premio de novela otorgado por la misma editorial que publicó sus mejores novelas, tal como, presumo, es el caso en los ensayos de Roger.

El otro día cometí el error de recoger un pasquín de una editorial independiente, por ende de prestigio. Mi cinismo, mis faltas de seguir escribiendo, evitaron que me sorprendiera cuando leí al autorx (¿así se dice en lenguaje inclusivo realmente excluyente?) contar su recorrido por varias editoriales para publicar su adefesio hasta que por fin encontró El Dorado. Dice que se mamaba, literal, el trabajo (se refiere a la escritura como actividad desempeñada a destajo) que hacían con sus autorxs. Nuestrx autorx pasó antes, nos advierte, por un corporativo editorial, a ver si le contrataban su trabajo. Ante la respuesta negativa, remitió su trabajo (ay madre, cuánto trabajo para publicar, escribir ya es lo que menos importa) a la editorial independiente, donde aceptaron publicar finalmente el dichoso trabajo (en forma de libro, podría haber sido embotellado en una Coca-Cola o enlatado como anchoas) y proclama a los cuatro vientos, reiterada y literalmente: Ya chingué. Ya chingué y ya chingé y suponemos que, gracias al valor que le otorga a su trabajo (la escritura vale otro pepino) le seguirá chingando y ganando por encima de sus rivales —de lo contrario, me pregunto, de qué sirve chingarle tanto.

¿Qué significa, qué otra realidad existe detrás de decir: ya chingué? La misma fórmula, las mismas limitaciones, las mismas jactancias que terminan en una borrachera triste, en un rincón semi-oscuro de una cantina de ambientes patibularios, la misma desazón que traen, luego de alucinantes quimeras, los finales de sexenio en México.

Si paso por snob, anticuado, exquisito, por darle más valor a la lectura, cada vez menos a la escritura, y al mismo tiempo defender la ficción, el ensayo, la poesía, con tal de que nos muestren otra realidad, les ofrezco a los cavernícolas del siglo XXI ya casi y medio, la promesa de que producirán mucho trabajo, sea publicando, vendiendo pepinos, todo menos leyendo algo que los mantenga alejados de la enajenación (sí, también cierta cultura puede embrutecer: escribir no hace a nadie mejor ni peor persona, al igual que ser de izquierdas).

Lo dice al final de sus Mutaciones, Roger Bartra, desde la atalaya de sus ochenta años de edad:

No creo que mi obra sea gris ni monocolor —aunque yo no soy el mejor juez—, pero no se compara con la belleza de la vida privada con los sueños, los placeres, las angustias y los dramas del acontecer cotidiano. Ese mundo interior sólo ocurre una vez, y en cierta manera es como las obras escritas o los actos públicos, que sólo sobreviven por una única ocasión, aunque puedan reproducirse, cosa que no es posible con la vida interna. Es un caudal interior extremadamente rico, pero en cierto sentido intrascendente y fugitivo. Seguramente una bella riqueza semejante se oculta en quienes carecen de una obra intelectual que ostentar. Comprender esto proporciona una lección de humildad.

Dije antes dije que mi lectura de los libros de Roger Bartra ha seguido o buscado, no lo sé, una senda que se parece más a la literatura, al ensayo literario, que a la investigación y sus frutos, ocupación en la que su obra no es menos importante y reconocida. En cualquier caso, sus Mutaciones son, o sospecho que solo han podido ser producto no de una, sino de muchísimas lecciones de humildad, el tipo de trabajo que ya no está en boga (si es que alguna vez lo estuvo), la clase de quehacer y responsabilidad intelectuales que ahora mismo, espero no sea el caso, están mutando —vía la exaltación del escritor clown, popular en las redes sociales y experto en auto-promoverse y escribir y hablar como perico— hacia la extinción antes que hacia una saludable —y también por qué no, empezando por mi según los médicos— y terminal mutación.

Espero seguir por estos pagos y leer, o escuchar, el libro que, anunció en una entrevista reciente, está escribiendo sobre música y melancolía antes de proceder a hacer mi early check-out. Sería una mutación más: love supreme.

 

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”  

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