Nada

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Una nadería podría ser una tienda de nadas. Una nadería podría ser toda España donde tenemos nadas de todas las clases y de todos los precios. La política, la nueva política, es la mejor de las naderías, de las tiendas de nadas...

 

Yo era de los que creían que la nueva composición del Parlamento iba a devolver el interés de los ciudadanos por la política. Pero el ruido insoportable del primer Pleno, que, a pesar de él, parecía confirmar las esperanzas, en realidad lo más destacable que hizo fue no dejar hacer la siesta como es costumbre a buena parte de ese ahora variopinto hemiciclo. Más allá no había nada, eso que se respondía Carmen Laforet en medio de la oscuridad de la Posguerra. Una nadería podría ser una tienda de nadas. Una nadería podría ser toda España donde tenemos nadas de todas las clases y de todos los precios. La política, la nueva política, es la mejor de las naderías. De las tiendas de nadas. Uno en ella encuentra productos de altísima calidad. Puede hacerse usted con una estupenda nada de pacto de investidura entre PSOE y Ciudadanos casi gratis, incluso si  se quiere en cómodos plazos. Ahora están fabricando para lanzar al mercado, en realidad parece que desde hace siglos, toda una revolución en la historia de las nadas. Nada  en la nada será igual. Una nada que promete superar a todas las anteriores. Yo he podido hacerme una idea de cómo será al ver el paseo de Snch (se le ha borrado la «z» como se iba borrando, miembro a miembro, la familia de Marty McFly) e Iglesias: una nada de fino acabado, resistente, manejable, a prueba de golpes, suave al tacto y hasta con aroma. Un aroma que debió de llegar desde la carrera de San Jerónimo a El Retiro, donde la gente entre los árboles debía de alzar los brazos al cielo como aquellos campesinos del cuento hechizados por el sonido maravilloso del niño príncipe que hacía chocar su corona contra los barrotes de la celda en la que se hallaba prisionero. Un olor a nada de la buena, de la fetén, una auténtica virguería de nada que sin embargo va a dar al traste con las ilusiones de la política interesante que se preveía. Pero no hay que preocuparse porque siempre nos quedará la nada, como París (¿acaso no eran ayer Snch e Iglesias, desde luego parecía la suya una hermosa amistad, Rick y el capitán Renault alejándose en el aeropuerto de Casablanca?), una nada fina, de la mejor de las naderías de España. Una nada moderna con denominación de origen. Casi nada.