Nadal llamando a la Tierra (batida)

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Hay un momento tremendamente puñetero en la carrera de un tenista. O, mejor dicho, varios momentos si consideramos que una carrera puede empezar en el circuito profesional sobre los dieciocho años y concluir sobre los treinta. Las extremidades sufren una especie de acalambramiento y la mente un cortocircuito. Codos, muñecas y rodillas piden un año sabático. Las rayas de la pista se vuelven una pesadilla matemática. Las caderas crujen como una puerta. Puede cambiarse entonces de entrenador o, más frecuentemente, de pareja. Puede uno estudiar termodinámica o refugiarse en el yoga. El caso es que se ha salido del circuito y hay que volver al cruel sistema de puntuación de la ATP. Las mismas estaciones del viacrucis anuncian un año en blanco o como mucho la consolación de estar entre los diez primeros.

Rafael Nadal tiene todavía muchas razones para confiar en si mismo dado su ímpetu y su juventud, pero visto lo visto en Indian Wells está llamando a la tierra. Necesita cuanto antes que llegue la temporada en tierra batida para revolcarse como un hipopótamo en la arcilla de Montecarlo y de Roma, de París, de Hamburgo y de Barcelona. Ahora mismo es un tren que descarrila. Perder con Ljubicic, el tenista más aburrido del circuito, un jugador que cuenta simplemente con un saque de 220 kilómetros a la hora, es todo un síntoma de impotencia. Necesita de nuevo sensaciones ganadoras, ya no le vale ese vamos, vamos, necesita volver a ser un tenista. Desde hace un año ha perdido con una regularidad preocupante con todos los tenistas del top y el inicio de temporada presenta el mismo cuadro. El desierto californiano que sentaba tan bien a su tenis cherokee le ha dejado plantado de la peor manera en semifinales y parece no estar en condiciones para afrontar a un Djokovic, a un Del Potro, a un Murray a un Federer.

La arcilla va a medir  qué es Nadal después de esa larga travesía en el desierto. Siempre fue un tenista mediterráneo de sol y sudor, de brega y piernas, pero ahora está confundido: ha mejorado notablemente la técnica del saque, sigue siendo un buen restador pero las piernas le pesan mucho más y su ya escaso juego de muñecas se ha agarrotado. Esa toma de tierra puede ser el mejor remedio o la más amarga medicina. De momento todo son dudas.

Galicia, 1961. Periodista y escritor, fue jefe de la sección de Cultura en el diario El Independiente y redactor jefe en las revistas Cinemanía y Rolling Stone. En la actualidad es columnista en El País Galicia y colaborador de Babelia. Ha ejercido como director cultural de Fnac España entre 2001 y 2008. Ha publicado novelas como El día de los enamoradosy Hazlo por mí (Alianza Editorial) y poesía en castellano, El resto del mundo (Lumen), y gallego, Shakespeare mata o Porco cunha rosa (Espiral Maior).