Narrativas del desgaste

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Frente a la efervescencia de una realidad violenta, la narrativa mexicana contemporánea se ha volcado sobre todo en dos vertientes que son complementarias: obras de ficción paródica y libros sin ficción de nota roja.

 

En las mesas de novedades de las librerías y tiendas departamentales se acomodan ejemplares cuya calidad dudosa salta de inmediato: novelas de usar y tirar bajo trama seudo-policiaca, reportajes sensacionalistas, libelos políticos, best-sellers internacionales, literatura de aeropuerto y páginas de auto-ayuda que buscan narcotizar a un público lector escaso y volátil.

 

Las editoriales mexicanas, en gran parte sucursales de grandes grupos españoles, aducen que la baja calidad de la oferta tiene que ver con la demanda de lectores que piden basura. Dos de aquellos grupos editoriales aceptan que entre sus títulos más vendidos estuvieron sólo cinco, cuyo tiro rondó los 300 mil ejemplares en total. La crisis del libro en España ya rebota en México.

 

Los libros sin ficción de mayor éxito suelen estar casi siempre mal escritos, mal investigados, mal documentados, mal editados y cubren los temas de la violencia y el narcotráfico desde un sensacionalismo de nulo esmero literario: la perspectiva predominante acude a las convenciones de la nota roja más pedestre. En su horizonte está ausente una lectura compleja de la realidad, ya que se limitan a enfocar los sucesos criminales como un simple pleito de policías y ladrones que sucediera fuera de un contexto económico, político y socio-cultural.

 

La narrativa de pretensiones literarias, salvo algunos casos, resulta análoga en sus limitaciones: se trata de novelas y relatos en tono paródico, saturados de los peores estereotipos del subgénero negro, insertos en tramas irrisorias de tan obvias y carentes de inteligencia, bajo el pretexto de la comicidad o suspenso que desean manejar sin tino alguno. Se trata de una propuesta literaria de bajo nivel si se la compara con la narrativa que, bajo temas y tendencias semejantes, se escribe y publica en España, Argentina, Colombia y Chile, para ya no hablar de otros países como EEUU, Inglaterra, Francia, Alemania o Italia.

 

En México, por ejemplo, la novela policiaca ha sido por lo regular un género paródico, sobre todo, en los últimos años. Quizás la corrupción institucional haya provocado que las tensiones entre norma y transgresión inherentes al subgénero se fantasmagorizaran y tradujeran en usos humorísticos de poca fortuna.

 

De tres obras canónicas en la narrativa detectivesca en México, una es una adaptación de la novela inglesa de detectives (Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli), otra es paródica (El complot mongol, de Rafael Bernal) y la tercera es tragicómica (Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia). El mayor escritor contemporánea de novela negra en México, prestigiado en España, Francia e Italia, es Paco Ignacio Taibo II, cuyas obras son paródicas con un sesgo crítico de izquierda.

 

Las nuevas generaciones de escritores mexicanos han prolongado aquella influencia sin ofrecer casi nada nuevo, excepto la recontextualización de los moldes heredados. El grado de desgaste creativo salta de inmediato en la lectura, a pesar de que algunos autores tratan de resonar, a veces en forma involuntaria, otras corrientes de la cultura popular mexicana ya digeridas como las películas de luchadores enmascarados o de criminales fronterizos, los comics de analfabetismo funcional, los pasquines de sexo, sangre, sudor y lágrimas. O bien, reiteran las novelas o cintas de carretera de origen estadounidense, etcétera.

 

En la respuesta de los nuevos escritores, en especial, los nacidos en los años setentas del siglo anterior que atienden temas criminales o de violencia, se aprecia tanta incredulidad ante la realidad, incluso tal efecto traumático de impacto inconsciente, que su respuesta ha sido la reiteración de una carcajada histérica, el humor fallido, la parodia burda, los gestos compulsivos y pintorescos (esto último, apreciado fuera de México). Resulta claro que la realidad los ha rebasado y su imposibilidad creativa se ve disminuida a pesar de sus empeños. Es muy triste, pero hay que concluir este apunte: la literatura se niega a ellos una y otra vez.

 

 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.