Narratofagia

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Conforme el mundo se hizo más integrado, se multiplicaron los relatos. De allí ha surgido en las industrias culturales (literatura, música, cine, video, teleseries, etcétera) la compulsión por los relatos. La avidez de ellos: la narratofagia.

 

El mundo globalizado multiplicó las historias. Babel pasó a ser Babel de cuentos, y ya no sólo de lenguas. La historias dentro de las historias, las historias expansivas, las historias ramificadas, las historias reales, las historias ficticias, las historias especulativas se convirtieron en un gusto y el gusto en una adicción. Las historias accedieron a narcosis.

 

La pérdida de la autonomía literaria y el cuestionamiento del autor como guía en el territorio de la letra, impresa o verbal, dieron lugar al auge de lo que podría denominarse narratividad viciosa, en memoria del crítico italiano Elémire Zolla que categorizó la “imaginación viciosa” (percepción subjetiva libre de ataduras). Si antes la narrativa fue consustancial al estatuto humano y principio de orden, control o poder, ahora la narratividad viciosa encontró su par en el anhelo de escuchar, leer, ver, sentir historias. El clímax  (al menos hasta el momento) de esta pulsión de supervivencia, es decir, el suspenso entre el impulso de Eros y el de Tánatos, se descubre en la narrativa multimedia: confróntese el proyecto de novela noir y sus múltiples connotaciones de www.sufferrosa.com .

 

En su ensayo sobre la anomalía, lo aleatorio, lo improbable y la oscuridad desconocida, Nassim Nicholas Taleb apunta un párrafo que vale la pena releer: “Nos encanta lo tangible, la confirmación, lo palmario, lo real, lo visible, lo concreto, lo conocido, lo visto, lo vivido, lo visual, lo social, lo arraigado, lo que está cargado de sentimientos, lo destacado, lo estereotipado, lo enternecedor, lo teatral, lo romántico, lo superficial, lo oficial, la verborrea que suena a erudición, el pomposo economista gaussiano, las estupideces matematizadas, la pompa, la Académie Française, la Harvard Business School, el Premio Nobel, los trajes oscuros del hombre de negocios con camisa blanca y corbata de Ferragamo, el discurso emotivo, lo escabroso. Y sobre todo, somos partidarios de lo narrado” (El Cisne Negro, Paidós, 2008).

 

Tal acuciosa descripción caracteriza al hombre/mujer de la época globalizada, y desde luego al consumidor de productos de las industrias culturales. Desde la sensibilidad descreída de las religiones y su fervor en torno de la ciencia aplicada hasta el esoterismo interpretativo y terapéutico de un Jacques Lacan, o desde la fe irrisoria en las instituciones (el zafio que dice: mi deber como ciudadano es confiar ante todo en el Estado y el gobierno) hasta la adhesión a los prestigios culturales que triunfan en medio de premiaciones triviales y frivolidad. En el mundillo literario de Iberoamérica abundan los escritores que han hecho carrera con base en la fe secular que describe Taleb, a la que sólo habría que añadir un detalle: su partidarismo hacia lo narrado es el partidarismo hacia lo mal narrado: el tributo cíclico a las convenciones. Lo que sólo añade mayor oprobio a dichas defección intelectual.

 

El planeta de los narratófagos evoca las historias de zombies en busca ya no de cuerpos que devorar, sino de letras, imágenes, historias cuyo valor tiende a limitarse al mero acto de ser consumidos. La narratofagia tiene un antídoto: la capacidad de distinción, de evaluación, de distancia ante la propia avidez que desatan las historias y sus ingredientes adictivos. En cuanto a los relatos, conviene buscar aquellos que pongan en duda el propio principio dominante de la narratividad convencional.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.