Navidades del ayer

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Detalle de un belén al aire libre en La Geria (Lanzarote)

Mi hermano y yo solíamos salir al monte a principios de diciembre. Nos abastecíamos de tierra fresca, bojas, pedruscos de río y musgo, cuando coger musgo aún no estaba prohibido, y con tales ingredientes dotábamos de realismo a nuestro belén y recreábamos lo más bellamente posible el paisaje de Judea en la mesa de nuestro comedor.

También íbamos a la carpintería a por serrín para imitar el color dorado del desierto de Egipto, y con nuestros ahorros comprábamos cada año una nueva pieza. Una de las mejores adquisiciones fue una panadería con su horno de leña, que tenía una cálida luz anaranjada en su interior. Casi podíamos oler el pan recién hecho. Cada año nos superábamos. Mi hermano aprendió en el colegio a fabricar una bomba de agua en clase de tecnología, y esas navidades nuestra pequeña Belén de Judá gozó de un riachuelo agazapado entre dos altas palmeras y unas zarzas de hierbaluisa. Nuestra ambición ponía a prueba la paciencia de nuestra madre, pues ensoñábamos un belén futuro que ocupara todo el pasillo y varias estancias de la casa.

El paso del tiempo fue apaciguando el azogue arquitectónico de esos dos niños. La aldea ya no crecía, el río se secó, y los complementos que perfumaban de naturalismo como el musgo, el serrín o la hierbaluisa fueron sustituidos por bolsas inodoras de plástico con tierra y hierbas artificiales que vendían en la tienda por unos pocos céntimos de euro. Bien es cierto que seguíamos montándolo cada año, pero en el fondo sentíamos que se deshinchaba aquel fervoroso encantamiento por el belén, al tiempo que crecía en nosotros una niebla de melancolía. Las navidades del ayer siempre eran más vivaces y acogedoras en la memoria.

En la novela Sefarad de Muñoz Molina el narrador confiesa que durante los trayectos de los viajes es cuando más solemos relatar otros viajes de nuestra vida. En Navidad, la nostalgia se recrudece con las historias de las navidades del ayer, que se adornan y magnifican y cobran protagonismo quienes ya no están, incluso hasta con más sentimiento que en el Día de Difuntos. Las familias por muy numerosas que sean siempre tendrán algún ser querido a quien echar de menos, siempre habrá algo por lo que lamentarse.

Así ocurre en un cuento de Miguel Delibes titulado Navidad sin ambiente: una familia pasa su primera Nochebuena con la ausencia de un ser querido principal: la madre. “Nada es lo mismo sin ella”, “parece que la estoy viendo sentada ahí”, “ella no ponía el Niño de esa manera”, repiten los hijos, que la invocan a lo largo de la cena. En una noche así es otro relato de Delibes en el que se narra la historia de un treintañero recién salido de la cárcel en la tarde de Nochebuena. Enfermo, sin familia y muerto de frío, se refugia en una taberna con dos hombres desdichados que beben y cantan para olvidar las penas de sus vidas solitarias y desgraciadas.

Me parece que muchas navidades evocan cierta y tristemente la realidad de estos dos cuentos del autor castellano. Pero si pensamos en el trasfondo de la vieja historia que da origen a la Navidad, la atmósfera se torna un tanto salvífica. No hay más que acercarse a los primeros versículos del Evangelio de San Juan: “En el Principio era el Verbo (…) y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Resulta que el verdadero valor de la Navidad residía precisamente en el misterio del Portal que cada año levantábamos mi hermano y yo como dos artesanos de un museo doméstico. Erosionado por el desencantamiento de un mundo desacralizado, el relato fundacional de la Navidad desde el punto de vista teológico estriba en la encarnación del Verbo, esto es, el apabullante misterio de que Dios se hace humano y cercano a su pueblo, y toca y sana las cicatrices de su historia. De modo que, como subraya San Hipólito, “el que al principio era solo visible para el Padre, empezó a ser visible también para el mundo”. Por esta razón, desdichados o no, en compañía o en soledad, conscientes o no del Nacimiento, la Navidad refleja un tiempo de deseo desorbitado de gozo sin parangón, pese a toda tribulación personal.

En casa, erigir el belén todas las navidades no solo era una entrañable tradición cristiana, sino también una forma de cultivar la fraternidad. Pero parece ser que este año será el primero que no lo monte. Está a punto de acabar diciembre y no hay rastro del belén. Me renqueo pensando que hay que hacer un sobresfuerzo para subir al desván y abrir las cajas llenas de polvo, seleccionar las piezas, pegar de nuevo con Superglue el buey y la mula en el pesebre, tirar a la basura pastores a los que ya se les había caído la cabeza el año pasado, y limpiar las telarañas del interior oscuro de aquel horno de leña. Luego debo buscar un lugar discreto que no moleste mucho al paso, intentar no volcar la figuras con lo cables de la iluminación. Pero sobre todo tendré que enfriarme el corazón para no embriagarme demasiado del sopor de los recuerdos que devuelven a la vida a aquel niño que me sacaba seis años y que me ha dejado solo montando el belén.

Habrá que hacer el ánimo.

 

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