Navidades misántropas

Donde se recuerda con un viejo texto de Larra que el confinamiento intermitente nos ha convertido en pequeños letraheridos con las consecuencias luctuosas que tiene para nuestras emociones y destino

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Una callejuela del Madrid isabelino: ese escritor felino y malvado, Mariano José de Larra, corre apresurado para huir de la plebe a la cual desprecia. Nuestro esnob, nuestro más atildado y conocido esnob, odia esa capital de chascarrillos, comilonas y revueltas y juzga que pasar de la “casa al teatro” es un “dolor” comparable como el que va “desde la cuna al sepulcro”. He aquí un escritor honesto que, como buen costumbrista, odia sus descripciones y al cual una voz de ultratumba le acusa de letraherido. Esta señal mundana proclama una defensa de las tontas supercherías sociales frente a la amargura “emo” de los románticos:

“Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca de un tesoro. Yo nada busco, y el desengaño no me espera a la vuelta de la esperanza. Tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envidia de otros, por el rencor de muchos! Preciado de gracioso, harías reír a costa de un amigo, si amigos hubiera, y no quieres tener remordimiento”.

Las navidades luego del COVID, febrero de 2020, nos han convertido, transformado incluso, en pequeños Larra aislados en cubos dominados por el gotelé. Nuestras comunicaciones a través del hipertexto ni siquiera tienen el encanto de un príncipe en la cárcel, ya que la estética del “monitor y teclado” deja mucho que desear en comparación con cualquier paloma mensajera o esas cartas con filigranas del siglo XIX.

Vivimos, así, en un cuento / pesadilla entre Dickens y Larra donde no podemos ser felices bajo la guillotina de nuestra aniquilación por un fantasma de nombre COVID. Espectro que ya no muerde, pero que obliga a la responsabilidad social por temor a que este liquide sin piedad a los más débiles. Este corte de la convivencia, que habrá de creer será el último, tendrá miles de letraheridos en una depresión oculta debido a esa terrible sustracción de la vida social, toda una amputación, que ha supuesto el virus chino.

Menos tupé y más rave, tronco

Quiero creer que nuestros gobiernos, nuestros partidos, tan preocupados por nuestra salud mental serán conscientes que una vida sin estímulos sociales no merece ser vivida. Y que los hombres sin la mirada de otros viven en una jaula como roedores esperando al inevitable barranco.

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