Necesario e imposible, de Henry Cole (1956)

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Poesía son los estigmas supurando en las manos del silencio.  

 

Estoy en Roma, la ciudad más hermosa del mundo. Subo por la cuesta que conduce al Trastevere, atravieso la Plaza de Santa María y sigo hasta la Iglesia de Santa Cecilia donde me gusta sentarme frente a la escultura que Stefano Maderno hizo de la santa hace más de cuatro siglos. El cuerpo de Santa Cecilia está tendido, exánime, dislocado en su abandono, arrugada la túnica que nadie alisará, con un paño cubriéndole la cabeza vuelta hacia la tierra y el semblante invisible, sola como un idioma sin hablantes. La obra, en su derrota, emite vida, se resuelve en luz, pacíficamente destruye el acabamiento. En una brizna blanca de espacio Maderno transfigura el dolor del martirio en belleza. Observándola aparece irrefutable una verdad: somos capaces de hacer milagros, de transformar lo pútrido en arte.

 

Por la mañana escucho a María y a Pablo. Han pasado dos años trabajando en el este del Congo: María dirigía un Centro de Acogida para niños soldados en Uvira y Pablo diseñaba proyectos de asistencia para refugiados y desplazados de guerra. Estuve con ellos hace quince meses allí, semanas antes de que nuevas ofensivas hicieran añicos la región y miles de congoleses tuvieran que huir de sus aldeas: desde 1994 las feraces extensiones que rodean los Grandes Lagos africanos han sido el más horrendo cadalso del planeta. Mientras los Amos del Polvorín ladraban hacia Afganistán e Irak, millones de seres humanos eran sacrificados en la República Democrática del Congo en conflictos oficiados por la codicia. Cuando María y Pablo relatan su trayectoria dos palabras se abren como brazos: indignación y felicidad.

 

María insiste en la rabia: no puede ser, no puede ser, no puede ser que permitamos que los niños nazcan en la miseria, crezcan en sus fauces y desemboquen en un grupo armado como piezas defectuosas de maquinarias distantes. Todos nos aprovechamos del conflicto en el Congo: todos menos quienes allí viven. En abril de 2001 Naciones Unidas publicó un informe en el que se acusaba a treintaicuatro compañías mineras internacionales, la inmensa mayoría de Bélgica, Holanda, Alemania y Reino Unido, de estar aprovechándose del expolio de coltan, oro y estaño que Ruanda y Uganda perpetraban en el Congo: la impunidad y el olvido sepultaron el informe. La violencia, pese a los acuerdos de paz, se empadronó en los Kivus, las provincias orientales del país, y como un picador infatigable ha ido asestando puyazos a la población local año tras año: nuevos asesinatos, nuevas pleamares de desplazados.

 

Todavía hoy las distintas facciones que luchan en el este del Congo se financian gracias a la extracción y al comercio de minerales: esos minerales acaban en Europa, Asia y Estados Unidos. Según un informe reciente de Global Witness, las Fuerzas Armadas Congolesas, el FDLR (Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda) y otros grupos rebeldes menores imponen trabajos forzados a los campesinos para explotar las minas o les cobran tasas por lo que obtienen. El negocio es tan lucrativo que bandos en teoría enemigos colaboran para facilitar el transporte de los cargamentos prestándose carreteras y aeropuertos: a veces se reparten los beneficios. Los minerales pasan de contrabando a través de Ruanda y Burundi, dos países amigos de Occidente: Ruanda es uno de los mayores receptores mundiales de ayuda al desarrollo.

 

No sólo los africanos participan en el expolio: compañías británicas y belgas sirven de intermediarias para que los minerales lleguen a las grandes empresas del norte. El coltan, el wolframio y la casiterita son necesarios en la fabricación de teléfonos móviles, bombillas, latas y muchos otros productos que sordamente consumimos. Las empresas fabricantes en Occidente aducen ignorancia acerca del origen de las materias primas y hacen caja con el sufrimiento del pueblo congolés. Los estados donde estos emporios tienen sus sedes no han hecho y no hacen nada para que las compañías que negocian con grupos armados sean llevadas ante la justicia. Los mismos países ricos beneficiarios del comercio ilegal de materias primas que financia la violencia en el Congo ofrecen ayuda humanitaria a quienes la padecen. Cómo no sentir indignación, cómo no hacer de la indignación la patria de tu discurso, el ariete de la razón. Cuando el mal tiene raíces sólo descepar es hacer el bien, lo demás son torniquetes.

 

Pablo habla de la dicha: cada una de sus frases hace referencia a ella, cada uno de sus recuerdos de ella pende. En los campos de refugiados, en los pueblos, en las miradas, en las sonrisas, en el camino halló felicidad. Nos lo han dicho tantas veces que suena sencillo, pero no lo es: en los escorzos más terribles del avatar humano destella el júbilo, la vocación de alegría que rebosa los horrores y fecunda el tiempo. Sin esa dicha que nos apunta y apuntala la indignación se estanca, se emponzoña. Hacia al alborozo bregamos, hacia dónde si no: en el fondo no somos más que arrebatadas preposiciones.

 

Si Maderno fue capaz de transformar la historia de una cría torturada y un bloque de mármol en pura belleza, ¿qué no seremos capaces de lograr? ¿Qué milagros no le aguardan al Congo? Henry Cole, uno de los grandes poetas estadounidenses de nuestros días, escribió para su libro Middle Earth de 2003 un poema en el que imaginaba un país nuevo. A ese poema le puso un título errado en su segundo adjetivo:

 

 

NECESARIO E IMPOSIBLE

 

Es un país que nace del pensamiento en paz,

que no tiene fantasías de omnipotencia,

ni Dios sino naturaleza, ni la obligación de una promesa,

ni rincón oscuro de los pobres, ni redoblar del odio,

ni jerarquías de poder, conocimiento o amor,

ni surtidores de agua impura, ni enjambre de moscas contaminadas,

ni vertederos de hormigón, yeso o vidrio,

ni falsa misericordia o verdades enterradas bajo excrementos,

y en este país de hombres y mujeres,

ningún rostro en el espejo refleja más oscuridad

que luz, más lucha que amor, ni más lucha

que en mis manos ahora, mientras, sentado en una roca,

desmenuzo pan para las carpas rojas y blancas,

atrayéndolas desde su elemento hacia el mío.

 

 

El poeta desmiga la hogaza para dar de comer a los peces, el escultor moldea la materia informe hasta sonsacarle ternura, nosotros a fuerza de rabia y dicha emprendemos la revolución. La sola pregunta que te corresponde, la única en realidad, es qué quieres hacer de tus manos, en qué afán encallecerlas, a qué olerán tus dedos. Para algunos las manos son los extremos de sus brazos, para mí son el Rómulo y Remo de lo venidero, son las manos de lo demás.

 

Gonzalo Sánchez-Terán ha trabajado desde 2002 implementado proyectos de emergencia en campos de refugiados y desplazados internos en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, la región de Dar Sila, en la frontera entre Chad y Darfur, y la frontera entre Etiopía y Somalia.En 2001 publicó el poemario, Desvivirse (ed. Visor); en 2008, junto al periodista Alfonso Armada, el epistolario, El Silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (ed. Trotta); y en 2020, Si esto sirviera para hablar del río. Diario poético del año de la pandemia (ed. Franz).