Neoimperialismo cultural: cuando existir es decirse ofendido

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Caroline Fourest, ensayista, feminista militante y ex colaboradora de la revista satírica Charlie Hebdo, analiza en su ensayo Generación ofendida hasta qué punto lo políticamente correcto está haciendo estragos en la cultura y el arte. El ensayo de la intelectual francesa Caroline Fourest, publicado el año pasado en España por la editorial Península, está más vigente que nunca: “Vivimos en un mundo rabiosamente paradójico, donde la libertad de odiar jamás ha estado tan fuera de control en las redes sociales, pero la libertad de hablar y pensar jamás ha estado tan vigilada en la vida real” (pág. 11).

Después de cinco años de trumpismo, los medios de comunicación lograron salir adelante quebrantados: no sirvió de mucho la cafetera que el actor Tom Hanks regaló a los corresponsales de la Casa Blanca en 2017. “Sigan dando una buena batalla por la verdad, la justicia y por el estilo de vida estadounidense. Especialmente por la verdad”. Estén alerta y estén atentos: era el mensaje contra la desinformación imperante y los bulos lanzados desde la mismísima cuenta de Twitter de Mr. President.

Y, sin embargo, la actual lucha política sigue enquistada en patrones potencialmente incendiarios y esa tensión se repercute de manera inevitable en todos los ámbitos. La izquierda progresista está perdiendo la batalla en aquellos debates donde anteriormente había forjado su identidad y el éxito popular. “En mayo de 1968, la juventud soñaba con un mundo en el que estuviera prohibido prohibir. Hoy, la nueva generación solo piensa en censurar aquello que la agravia, que la ofende” (pág. 9).

En defensa de la “apropiación cultural” las jóvenes generaciones reivindican el derecho a ofenderse. Una suerte de perversa censura que está haciendo irrupción en todos los campos culturales de forma transversal: en el cine y en el teatro, en los museos y en las universidades, cada palabra, obra o intervención artística puede ser potencialmente ofensiva. Los estudiantes blancos ya no se sienten cómodos compartiendo las luchas de sus compañeros afrodescendientes. Las lesbianas miran de reojo al grupo LGTB, y ni hablar de las feministas blancas heterosexuales.

Todos pueden convertirse en blanco privilegiado de reproches feroces por haberse apropiado injusta e ilegítimamente de otras culturas o instancias. En las universidades estadounidenses los profesores pueden ser despedidos por incluir en sus programas obras susceptibles de herir la sensibilidad de sus alumnos. “Para no alterar a sus alumnos ni su identidad, los profesores ahora deben emitir trigger warnings, ‘advertencias’. Así, los estudiantes sensibles pueden retirarse del aula antes de verse afectados. Un poco como las advertencias para niños cuando en la televisión pasan una película violenta o porno” (pág. 117).

El resultado no es solamente una fractura entre generaciones y entre grupos o minorías de una misma generación sino además el adormecimiento, advierte Caroline Fourest, del espíritu crítico. “Hay muchos alumnos que dicen temer que determinadas obras les hagan revivir sus demonios. ¿Acaso no es esa la razón de ser de la literatura? ¿De qué sirve cultivarse sin sentir?” (pág. 118).

La “izquierda posmoderna” ha abandonado cobardemente este asalto, dejando que la extrema derecha milite en su lugar con una retórica que contribuye a fomentar el odio en vez del análisis crítico. “Si lo políticamente correcto hoy cae claramente en excesos, tampoco es cuestión de volver al lenguaje dominante y normativo de antaño. La incitación al odio, al homicidio, merece ser sancionada; el hate speech, el discurso del odio, merece ser regulado, tanto en las redes sociales como en los medios. No así el humor, la creación o el sarcasmo” (pág. 150).

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