Ngoma (8): La polifonía vital de Nakhane

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Para escribir este texto he rescatado pasajes de otro que escribí la primera vez que fui a la República de Sudáfrica, hace ya más de una década. Desde entonces, he vuelto en otras ocasiones y la he mirado de cerca cuando he vivido en Mozambique. Sin duda, aquello fueron comentarios sesgados y parciales (desde una breve experiencia de tres meses en Johannesburgo) de un país que alberga una enorme cantidad de matices históricos, sociales y culturales. Y asumiendo que aquella visión debería tener una fecha de caducidad determinada, también es cierto que después de este tiempo, y tras el contacto posterior y continuo a través de viajes y de información periodística, de su literatura o su música, podría seguir suscribiendo algunas de aquellas impresiones. Este artículo es el híbrido de ese tránsito que abarca más de diez años y que sirve de prolongada y subjetiva introducción para presentar el disco de un espléndido artista sudafricano como Nakhane.

Si cada nuevo viaje supone una lucha entre ideas preconcebidas y lo que uno acaba encontrando, Sudáfrica hace que esa experiencia acabe siendo especialmente desequilibrada. Ha sido allí donde el choque entre las diferencias de lo que esperaba y lo que finalmente he encontrado han estado más distanciadas: entre el campo y la ciudad, entre seguridad y temores, entre ricos y pobres, entre blancos y negros (sobre todo, esta). Estas distinciones, de cualquier modo, están íntimamente entrelazadas en la atmósfera de cierta inquietud, de una tensión que planea sobre las calles, y que se pueden percibir a lo largo de su territorio. Y es que con estadísticas sobre violencia o robos que asustarían a cualquiera, lo cierto es que la inseguridad es uno de los temas que, cuando uno aterriza, más resoplan en el aire. Recuerdo que tras salir del aeropuerto de Johannesburgo junto a la amiga con la que viajaba, mirábamos hacia afuera como si todo aquel que nos rodeaba fuera un potencial asaltante, y en el trayecto en taxi hasta el hostal, poco más que esperábamos encontrar un tiroteo tras otro. Tras un mes en la ciudad esa sensación se disolvió paulatinamente (he de reconocer que ninguna de las veces que he estado por allí, he tenido algún percance reseñable), gracias a la gente que nos mostró la parte amable de la ciudad y parapetados como estábamos en una zona adinerada, habitada por una población blanca que sella sus casas con seguridad privada, perros enfurecidos y kilómetros de rejas. Pero esta postal no es ni mucho menos homogénea en esta urbe, ni tampoco en sus diferentes regiones.

A partir del año 1994, tras la llegada de Mandela al gobierno y la caída del régimen del Apartheid, hubo un movimiento migracional muy importante de población negra desde otros países y desde zonas rurales del interior que fue acomodándose en las ciudades y que ocasionó un aumento de la criminalidad y de la dureza en las condiciones de vida en un país ya de por sí castigado, que venía de un régimen de terror que condenaba a la miseria a una parte de sus habitantes. Lo que llama la atención es que en Johannesburgo se ocupó la que podía ser considerada una de sus zonas más ricas y desarrolladas, como lo eran su núcleo central o el  barrio de Hillbrow. Considerados el corazón de una metrópoli cosmopolita y adinerada, situada en el motor económico del continente africano, se transformó en la personificación de todos los malos presagios de la población sudafricana blanca. Cuando visité esa zona tuve el sentimiento de estar frente una especie de visión apocalíptica, en la que se palpaba la caída real de todo un emporio económico y social: grandes edificios estaban ahora ocupados por gente sin recursos en los que se denotaba el destrozo del tiempo y la pobreza. Mirando por la ventana de uno de sus rascacielos, que sobrevivía activo y se podía visitar, el Carlton center, se esperaraía encontrar el bullicio del tráfico y de gente aglomerada en semáforos y aceras, pero lo que había era una desertización progresiva que acompañaba a la caída del sol y que aconsejaba no demorarse demasiado en sus adentros. Durante la tarde que pasamos en aquel lugar no vimos ni un blanco andando o conduciendo por la zona, a excepción del grupo de españoles que rondábamos por allí. Y como si en vez de en coche viajáramos en avión, quince minutos después nos encontrábamos en Parkhurst, una zona de bares y comercios concurridos por blancos (ahora sí) vestidos a la última moda que podría ser cualquier barrio de Estados Unidos, Australia o Inglaterra. Y es que si algo tiene esta ciudad es que se asemeja a un collage de diferentes retales unidos a la fuerza entre sí. Entre esos lugares también recuerdo la zona del centro llamada Newton que, en aquel tiempo, se intentaba  rehabilitar poco a poco para el ocio y entretenimiento. En ella encontramo una discoteca llamada Bassline, en la que los jueves por la noche centenares de personas (todas negras) fumaban marihuana y bailaban reggae como si fuera la última noche de su existencia.

 

Centro de Johannesburgo, con la torre de Hilbrow al fondo, visto desde el último piso del Carlton Centre

Como se habrá podido percibir, es difícil, al hablar de Sudáfrica, no hacer la distinción entre blancos y negros y además, no hacerlo de un modo explícito. Las heridas racistas de ese país siguen vigentes y todavía se pueden sentir de manera muy palpable. Jóvenes escritoras como Kopano Matlwa (Pretoria, 1985), autora de novelas como Nuez de coco, Agua pasada o Fluorescencia han sabido plasmar esta realidad de manera muy cruda y certera, en la línea de una tradición literaria que ha descrito el dolor de esa nación a través de las obras de Es’kia Mphahlele’s, Doris Lessing, Alan Paton, Nadime Gordimer o JM Coetzee. Entre la población blanca, los afrikáners o boers son los descendientes de los primeros colonizadores de origen fundamentalmente holandés, los cuales llegaron hasta el Cabo de Buena Esperanza hace más de 400 años. En su historia se ha concretado de un modo particularmente grotesco esa ideología de raza que desde Europa ha causado tantos estragos en todo el mundo. Cierto pensamiento afrikáner considera que ellos mismos constituyen casi que un pueblo elegido, llegado a estas tierras para dominar a los negros, puesto que escrito está que la raza blanca es superior a la negra. Este discurso, florecido en el siglo XIX, alcanzó uno de sus cénits con la llegada  de Daniel Malan al poder en 1948 lo que desencadenó la instauración y desarrollo del régimen del Apartheid, oficialmente acabado con la llegada de Mandela a la presidencia del gobierno en …. ¡1994! Reseño de nuevo la fecha para subrayar lo reciente del hecho, la inmediatez histórica que nos permite comprobar cómo aquel régimen se encuentra a tan solo una sola generación de sudafricanos de distancia.

A día de hoy, las dinámicas del Estado siguen polarizadas y condicionadas por ese pasado racista, aunque ahora sea la población negra la que ostenta el poder (el actual presidente es Cyril Ramaphosa, del Congreso Nacional Africano o ANC, el mismo partido al que pertenecía Mandela. Entre el afrikáner y el negro hay un abismo que separa sus ideas de nación, en el que sus percepciones opuestas luchan por una concepción propia de la historia y el presente del país. Los bóers, por ejemplo, recuerdan con orgullo el Gran Trek: la migración fuera de Ciudad del Cabo durante el siglo XIX en caravanas buscando terreno fértil, y alejándose del control de los británicos, dominadores por entonces de la zona (y a los que se enfrentraon, entre otras cosas, por la abolición de la esclavitud). En el otro punto, la población negra ve la edad de oro de su cultura en la época previa al desembarco europeo, con la vitalidad y el empuje naciones como la Zulú, la Xhosa o la Tswana. Entre ambos universos, como hemos dicho, se encuentra un hueco donde también habitan una población mestiza (los llamados por el régimen segregador Coloureds), los blancos de ascendencia británica o una de las comunidades hindúes más grandes del mundo. Entre todos suman un mosaico de pueblos con once idiomas oficiales con varias religiones como la católica, protestante, musulmana, hindú o animista. Y con algún punto de conexión como es el deporte, aunque unido precariamente porque, al final y simplificando, el fútbol se considera de negros, el rugby de afrikáners, y el criquet de británicos e indios. En la nación arcoiris (tal y como se denomina a Sudáfrica) todavía queda mucho trabajo para que todos esos colores mezclen en armonía entre sí.

Con esa inercia marcha el país, uno de los grandes motores económicos de toda África, con una influencia política decisiva en la zona, pero que no acaba de encontrarse a sí mismo. Los problemas económicos, de identidad y de seguridad marcan su día a día, condicionado por la progresiva brecha  entre la gente con dinero y los más pobres (Sudáfrica se encuentra a la cabeza de los índices que reflejan esa desigualdad). Además, sobre todo ello sobrevuela la amenaza de enfermedades como la tuberculosis o el virus del SIDA. Cuando estuve allí me resultó impactante observar como una enfermedad puede estar tan presente en la vida de un país, pero si hicieramos referencia a las tasas de infección que afectan a la población, una de las más altas del mundo, la explicación podría parecer más sencilla. En el Chris Hani Baragawanath, el hospital en el que trabajé y uno de los más grandes del mundo, un altísimo porcentaje de los niños ingresados y de aquellos que morían era portador del virus. Mucha de la patología del hospital se centraba y desarrollaba en torno a esta enfermedad en lo que parecía colocar enfrente un auténtico espejo y reflejo de la sociedad sudafricana. Porque estar en una consulta de HIV permitía asomarse a la lucha de las familias que trataban de recomponerse a sus estragos. El porcentaje de niños huérfanos, cuyos padres habían fallecido por la enfermedad era desorbitado y llegaban a las consultas, unas veces acompañados por sus abuelas o por sus familiares, otras por algún vecino o conocido, y muchas de las veces, solos. Hasta el hospital acudían cientos de familias diezmadas por la enfermedad, con innumerables casos de niños huérfanos, desnutridos o coinfectados con la otra gran protagonista que, como apuntaba anteriormente, es la tuberculosis. Pero todo esto es solo una parte de lo que constituye este país del África Austral.

A lo lejos el llamado Anfiteatro, en los montes Drakensberg, la cadena montañosa más alta de Sudáfrica.

Porque el panorama musical de Sudáfrica es también reflejo de esa sociedad multicolor en la conviven tan variados proyectos creativos que van desde el legado de íconos de la música del contiente como Miriam Makeba, Hugh Masekela o las Mahotella Queens; al hip-hop electrónico tan gamberro y deshinibido del duo Die Antwoord; al pop exquisito de tintes melancólicos de Bongeziwe Mabandla; o  a las diferentes variantes electrónicas que despliegan GoldFish, Destruction Boyz, Spoek Mathambo, Black Motion, o la gran estrella internacional que es Black Coffee. De entre esa selección, he escogido finalmente, y con mucha dificultad, a Nakhane Mahlakahlaka, un artista que no rehúsa beber de ninguna de esas fuentes de influencia y que condensa a la perfección las tensiones de su país. Nakhane se crió en un entorno rural para luego trasladarse a Johannesburgo, y a lo largo de su vida ha tenido que intentar conciliar una educación tradicional, fuertemente influenciada como toda la sociedad sudafricana por la religión, con una visión más amplia del mundo, en la que una homosexualidad negada durante mucho tiempo ha marcado con heridas y cicatrices su devenir vital.

Nakhane es cantante y compositor, pero también es noveslita y actor. Un personaje eclético y polifacético que protagonizó la película Inxeba (La herida), en la que se explora la relación emocional y sexual entre dos hombres en un rito de iniación de la cultura Xhosa. Esta cinta le ha ocasionado más de un problema en una sociedad en que la homosexualidad continua siendo vista de modo muy negativo. El propio Nakhane tuvo que asistir a una serie de sesiones de rehabilitación para intentar sanarla aunque, afortunadamente, lo que consiguió fue aceptarse a sí mismo y salir al mundo a reivindicarse. En cada una de sus creaciones se puede ver la fuerza de un espíritu magullado, pero dispuesto a no dejarse caer. Así, su segundo disco es una especie de expiación en el que Nakhane libera, a modo de exorcismo (a veces trágico, otras balsámico), las cargas que lo han quebrado, pero al mismo tiempo, convertido en un ser poderoso. Las canciones de You Will Not Die son himnos que beben del soul, del gospel, del pop africano, pero también, por ejemplo, de la música de baile. Sobre ellos se alza vibrante la voz de Nakhane que, con un falsete andrógino, juega con los materiales que han formado su tristeza y alegría, su oscuridad y sus luces, su dolor y su reposo.

De este modo, Violent Measures, el primera tema, es un canto a la desesperación y una denuncia de la violencia: “Desperate times call for stolen pleasures/ Yes, these were violent measures/ So I rapped on your door again/ I never loved you more than then”. Clairvoyant, por su parte, exhala notas de verguenza y miedo: “Love, I’m terrified I’m running around on the prairie/ Like a gambling lamb/ Love, I’m terrified”. Mientras, Nakhane no se olvida de mirar hacia el Cielo para pedir clemencia a modo casi de rezo en Presbyteria, pero también para ajustar cuentas, como ocurre en Interloper: “Good Lord I see him now/ Tell me what happened to the opium of your word”. El tema que da nombre al disco, You Will not die, de un hondo desconsuelo, está sacado de un proverbio del Antiguo Testamento que viene a decir que no hay que temer corregir a los niños con el golpe de una vara, puesto que no morirán por eso: “I’ve heard there’s a light/That’s invisible/ For the ones who do stray/ When I’m alone I know that we’re indivisible”. En The Dead y Star Red vuelven a estar presentes, a través de unos ritmos majestuosos a la vez que tétricos y desasosegantes, la Biblia y el propio Dios. A Fog la barnizan el llanto, la culpa y el castigo: “The devil I know will try/ To stir up in me/ A vengeance that is not mine/ Try not to please him/ Come on…”. Y en Presbiteria también se hace referencia al racismo estructural: “Don’t run away/Say your prayers/In Presbyteria/ Black and white never looked so Good”.

Nota: ¿Qué motivos hay para que Youtube advierta del contenido de este video entre dos hombres negros y restringa la edad de acceso? 

Pero este album también esta cargado de destellos de luminosidad y redención que se reflejan en By the Gullet (“Who knows me here?/All I know is that I’m living again”), o en All long, donde se canta con serenidad al autodescubrimiento y a la pérdida de la inocencia (“I woke up in bed and said/I want my innocence back”). En Teen prayer, mediante un pop cargado de gospel, Nakhane parece sentir que, de un modo u otro, su mundo ha alcanzado el equilibrio:  “In this house we praised the Lord was a virgin”. You Will not die es una obra descarnada, íntima hasta el dolor pero que a la vez rebosa ilusión y entusiasmo, en la que Nakhane muestra todos los matices, reconciliables o no, del Yo polifónico que lo forma. El desgarro de su conmovedora voz hace las funciones, como se ha dicho,  tanto de una delicada pluma como de un pesado martillo. Entre ambos utensilios se funde un mensaje de agonía con otro de esperanza que parece reflejar, al mismo tiempo, toda la complejidad de una cultura tan apasionante como la sudafricana.

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, donde ahora cursa el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

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