Ni buey, ni mula, ni Tombuctú

0
233

 

Primero cerraron el limbo, el orfanato donde lloraban los niños perdidos que no encontraron Nunca Jamás. Y dejaron millones de almas vagando por la nada. Después dijeron que el infierno no es un lugar al que se pueda llegar en metro. Que no es realidad, sino ficción. Un estado mental. Que no hay un fuego eterno en el que arder por muchos pecados que se cometan. Ahora han quitado las figuras del buey y la mula, que daban calor y excrementos para alimentar el fuego. Y adelantan los cantos gregorianos de los gallos, porque si no se hace tarde, que a partir de la medianoche nada bueno puede pasar ahí fuera. Pronto nos dirán también que los reyes magos ni eran tres ni eran magos. Y nos encontraremos, como en la vida real, con que sólo nos quedarán los camellos para buscar consuelo.

 

Si el imperio de la tradición, del orden y de los horarios que es la Iglesia llega tarde (o demasiado pronto) a las citas y se carga las propias estatuas, cómo carajo vamos a explicarles a los al qaeda que respeten Tombuctú. Aunque sólo sea por el recuerdo del maestro Berlanga, que viajó allí desde París en su bici de pedales. Un día creí en que había alguien por encima de mí, y no hablo ya de sexo. Necesitaba saber que si caía una mano blanca brotaría de una nube y me aferraría por la muñeca. Que me diría una voz cavernosa pero plácida: tranquila, Jasmín, hija mía, que sé que eres buena, que solo estás perdida. Ve hacia mi luz.

 

Durante años confié en que así era. En que lo que me pasaba y lo que hacía que me pasase era algo temporal, un calvario que debía recorrer hasta alcanzar mi redención, que llegaría. Pero he terminado antes llegando a mi rendición, desgastada y descreída. Ahora encima de mí solo hay un techo que debo pintar de nuevo, quizá como propósito del nuevo año. Y poca esperanza ya en que nos salvarán las almas los señores que pronto me dirán también que el purgatorio no es el fin del mundo, sino un bar de carretera con varias putas que perdieron las maletas al venir del Sahel, huyendo de Tombuctú, donde suenan ya las campanas de otra guerra.