Ni cuernos, ni besos, ni pollas

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Y como broche de oro, hagamos como que en el último suspiro de carrera, ya con los pies pisando el ruedo, me llevé una cornada en el costado digna de cámara lenta, y al salir de la ambulancia todos los guiris me miraban envidiosos pensando: Jo, ¡qué recuerdo!

 

 

“El futuro es esa montaña”.

Glamourama, Bret Easton Ellis

 

Preferiría no inventar nada, de momento. Pero si vengo de bailar los Sanfermines, cómo iba decir que no he corrido. Es como sentarte al lado de ella y no haber besado. Así que pongamos que me até los cordones simulando estar sereno y a las 8 en punto de la mañana corrí por Pamplona agitando con desesperación los brazos y las rodillas hasta llegar a la plaza donde culmina el encierro. Y como broche de oro, hagamos como que en el último suspiro de carrera, ya con los pies pisando el ruedo, me llevé una cornada en el costado digna de cámara lenta, y al salir de la ambulancia todos los guiris me miraban envidiosos pensando: Jo, ¡qué recuerdo! Ni souvenirs ni pollas. Una cicatriz que quite luz al ombligo para ilustrar a los nietos mis batallas, pudiendo dejar torpedos y barcos hundidos a un lado.

 

Nada, la verdad es que ni un cuerno atravesado ni leches. Ya me hubiera gustado. A casa, entre otras cosas, me he traído una pulsera para turistas de oficio, que ya hay que ser novato, y lo que me dijo al ir a tomar el aire una muchacha de León que conocí en un garito bailando:

 

Hoy me pillas cabreada, lo siento. Como siga así acabo en París, te lo prometo.

 

Mal estar en casa o un problema con el novio…, no me dijo mucho pero me pareció de lo más romántico. Yo también lo hago de vez en cuando. No necesariamente por enfados, pero es parecido a lo de viajar en la mesa, que quedas a comer con dos amigos y ni Paul Bowles viajó lo que pactáis para los próximos seis años. Luego pasaréis como mucho unas tardes a remojo en calzoncillos a la orilla de un riachuelo abandonado y listo. Pero es que de mal humor uno se larga diez años a criar vacas a Nepal , así tranquilamente; el otro día en la semifinal del Mundial Holanda no sacó al portero suplente a que parase los penaltis y del disgusto me puse a mirar vuelos para Santiago. Que en Chile no se me ha perdido mucho, pero uno nunca sabe; si Chile, si Madrid, si Suecia, si Bulgaria, si Camboya, si Tanzania…, y yo me lío una barbaridad con eso de pensar en futuro, a largo plazo o corto plazo. Si Anthony Bourdain, autor de Confesiones de un chef (es como llevar el rock and roll a la cocina), nunca hubiese probado su primera ostra a bordo de aquella barquita, ¿qué carajos hubiese pasado? Igual hubiese terminado pintando aceras en Wisconsin o de guardia de cabalgata, nunca se sabe. Pues a eso voy; luego lees sus batallas y ni te hace falta ostra, no te lanzas a la cocina del primer bar de la esquina de milagro. Porque se duerme poco…, vaya.

 

Está claro, si van a llenar sus tripas hablen de huir, todo lo lejos que puedan. Desde luego en las comidas, si no planean viajar a doce islas recónditas, el primer y el segundo plato los habrán desperdiciado. De las cenas ya ni hablamos… Sin agobios, que durante el postre ya podrán charlar de lo que haga falta, del tiempo o la reproducción de las gallinas en verano. Aunque claro, si pasa como lo que nos ocurrió al despertar el sábado en la casa en la que fuimos acogidos en un pueblo de Navarra, la conversación se omite y hay que largarse silbando. Ante una gran expectación, un amigo se dispone a cocinar su plato estrella: espaguetis carbonara. La cebolla se quema y la cosa se tuerce en seguida; yo y otro nos metemos de por medio echando leche y huevos como si no hubiese mañana, y el resultado final es un plato de color gris cenizo y rancio que ni el propio cocinero es capaz de llevarse a la boca. En tal caso no hablen de viajes, ni por asomo; dígnense a recoger sus platos intactos con galantería y refúgiense en sus camas arropados hasta arriba simulando estar dormidos mientras les suenan las tripas y fantasean con la cena.

 

Al final lo de Chile se quedó en mirar los precios. Por si acaso. A ver si voy a comprar el billete (para estos casos solo se piensa en el de ida) y mañana me dan una buena noticia, como que el primo tercero del amigo de un amigo se ha enamorado, y de la alegría tengo que cancelar todo y comprarme un pasaje en primera rumbo a San Petersburgo. Por irme yo a celebrarlo. Ahí está el verdadero problema. Como los primos terceros de amigos de amigos se enamoran cada dos por cuatro, uno termina por no sacarse billete nunca, a ningún lado. Todo por si acaso. Por eso me vi el otro día en Sanfermines; llevaba tanto tiempo imaginando cuan lejos de Madrid iba a empezar este verano (hablando en miles o millones de kilómetros, los que hagan falta), que cuando nos subimos al coche, habiéndolo decidido dos días antes, rumbo a Barcelona para acabar en Pamplona, supe que era inevitable, una historia de amor de tercer grado. Y en vez de echar a cara o cruz si corría un encierro o no, pensé que si algún día había hablado de ir a Sanfermines me habría jurado correr, así que estaba bastante claro: de ningún modo.

 

Para compensar, bailé chasqueando el dedo pulgar y el corazón entre trago y trago, al ritmo que agitaba una rodilla. Escuchamos a Huecco cantar Mirando al cielo en la Plaza de los Fueros, entramos a decenas de los cientos de bares que habían tomado las calles haciendo prisioneros por doquier (todos vestidos de blanco y con pañuelo rojo al cuello), y en uno de ellos charlé con la muchacha de León, y así, casi en un suspiro, nos dieron las 8. Y no, ni me até los cordones ni nada. Compramos el ticket para entrar a la plaza, cogimos asiento tambaleándonos y vimos como entraban por un lado y se marchaban por el otro los toros, cosa de un par de segundos. En las pantallas gigantes colocadas en lo alto, pinchaban a parejas enfocadas por la cámara, que ante el entusiasmo de la plaza entera se besaban. En algún lugar, había dos amigos con la novia del de la derecha sentada en medio, y cuando la cámara enfocó (por error, aunque cómo iba a saberlo) al de la izquierda y a la chica, ante la exaltación de la gente clamando por un beso, y la desesperación del otro, el chaval dudó por un instante si jugarse la amistad, que habría valido la pena, pero optó por dejar escapar la gloria del momento y al segundo de verse enfocado en la pantalla cogió aire con fuerza y saltó estrepitosamente fuera de plano, echándose a rodar veinte butacas a un lado. Que me imagino minutos más tarde al novio, con la chica sonrojada bajo el brazo, saliendo de la plaza agitándole el pelo a su amigo descalabrado y diciéndole mientras este aprieta los dientes:

 

Pero qué tímido eres, tendrías que haberla besado. 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.