Ni pa filtros

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Fotograma de la película ‘El gran Lebowski’ (1998), dirigida por los hermanos Coen.
Fotograma de la película ‘El gran Lebowski’ (1998), dirigida por los hermanos Coen.

Dicen que ayer fue el Día Internacional de la Marihuana. Dicen, también, que el jueves se celebrará el Día Internacional del Libro. Y dicen, dicen, pero yo ya no les creo. Al fin y al cabo, ¿cómo vamos a poder celebrar en casa una festividad -cualquiera que sea- eminentemente callejera? Porque los porros se fuman en los parques y los libros, en las calles, después de haber sido ojeados, palpados y comprados en tu librería habitual.

En el argot del fumador, cuando la cosa está difícil económicamente se suele escuchar una expresión de hastío y resignación que lo resume todo: «joder, macho, no tengo ni pa filtros», ya que, después de los papeles, el tabaco y las florituras que cada cual le quiera echar, como al gin-tonic, éstos son los elementos más baratos de la conjunción. Y, a su vez, así es como nos hemos ido quedando la mayoría de los españoles estos días, aunque no fumemos: sin filtros para afrontar la realidad, sin distracciones, sin libros.

Hace años, el 24 de abril de 1979, Francisco Umbral escribió para su periódico de entonces, El País, un artículo que bien tendría que ver con nuestra momentánea situación, titulado ‘Un billete de Metro’. En él, el autor y columnista madrileño rememoraba una escena que había tenido lugar en una de las entradas al subterráneo. «Si baja uno al Metro, que es la otra España, la que no vota, cree ni comulga, se encuentra uno con Clara, por ejemplo:- ¿Me das tu billete? Clara me ha pedido mi billete de Metro. – ¿Y tú cómo te llamas? – Clara. (…) Creí que era una fan, que era un autógrafo. Uno va con su vanidad de escritor hasta en el Metro. – Es para hacerle un filtro al porro». Umbral, sin embargo, no se aflige, sino que se atreve a contestar y a darle el consabido pedacito de cartón. «En Madrid, Clara, hay miles, millones de billetes de Metro (…) para hacerse filtros de porro, para pasar del viaje férreo y catacumbal del Metro al viaje subliminal, peligroso fluyente, que tú y tantas como tú, y tantos como tú buscáis para olvidar la Historia, la mentira, el poder de los mismos». Aunque, claro, eso era antes, cuando la gente podía viajar en transporte público, hablar con los demás, compartir la boquilla de un cigarro. Ahora seguimos teniendo la misma necesidad de olvidar la Historia reciente, la mentira y el poder de los mismos; pero, como digo, no tenemos ni pa filtros de algodón.

El asunto, encima, se complica cuando damos un pequeño salto y nos salimos del tinglado y las tanganas callejeras para darnos de bruces contra las puertas de un pequeño comercio, como bien podría ser un restaurante o una librería independiente. Allí, el problema les supera: no es que no les queden excedentes para el vicio, es que ni siquiera tienen lo justo para llegar a fin de mes y mantener vivo el negocio. En el contexto cultural, me temo, queda poco para empezar a no tener ni calderilla para comprar un marcapáginas.

En cierto sentido, ocurre como le ocurrió a Manuel Jabois en sus primeras vacaciones, a los 20 años, cuando fue a visitar a un amigo que pasaba el verano en una casa alquilada de Coimbra, en Portugal. Como buen proyecto de periodista, «aquel viaje quería basarlo en paseos, lecturas y mariconadas del estilo. No por dármelas de nada, sino precisamente para que viendo mi desdén tontiloco ellas me cerrasen el libro y me dijesen “Qué ojos tan bonitos tienes”». No obstante, su colega ya había labrado su destino por él, y pasaba por forzarse a ligar de una manera mucho más agresiva y por vender una piedra de hachís de 25.000 pesetas con la que traficarían para irse «pagando las fiestas».

Imagínense la situación: no tener incentivos para conocer a gente nueva, no tener expectativas para poder parar un rato y encontrar el libro que tanto tiempo llevábamos buscando, no tener siquiera el dinero necesario para aguantar viviendo bajo mínimos durante un mes, teniendo que acudir a los chanchullos. Normal que Jabois le gritase a su amigo, en un momento dado, ¡«yo vine aquí a leer»!, pero no hubo forma. «Para bajar la ansiedad», escribe, «fumé trece porros seguidos, los últimos sin liar», y aquí nos damos cuenta del problema: ni pa filtros, ni pa libros, estamos en una situación que nos aboca irremediablemente hacia el fracaso, como en aquellas vacaciones portuguesas, pero sin poder salir de casa todos los día y gastarte, de fiesta, tus ahorros anuales en copas de ginebra, pizzas congeladas y novelas de terror.

«Toda una humanidad, la que se abstiene y ve volver la fuerza contra ella, y un Gobierno Civil sobre sus sueños, toda una humanidad, la que gana elecciones o las pierde, una gente española o periférica, se fuma el billete del Metro, el simbólico porro, la cocaína del tedio. (…) El Gobierno no da para otra cosa», dice Umbral. Y ojalá se equivocara. Ojalá el Gobierno reculase y ayudase más y mejor al pequeño comercio que lucha por sobrevivir. A los bares, a las tiendas, a las librerías. Con ellos abiertos -o correctamente protegidos- estoy seguro de que, aunque no tengamos ni pa filtros, las cosas irán bien. O, al menos, irán algo mejor. Si no se terminará yendo todo al subsuelo, me temo; y al librero que consiga pagar el alquiler de su local en el futuro le preguntarán con asombro, como a Umbral, «¿tú eres camello?».

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