Nicolas Winding Refn no perdona

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Suena Getting even, de White Lies

 

Algo ocurre con los cineastas daneses que los hace propensos a la polémica. Y resulta difícil saber si es algo premeditado o verdaderamente forma parte de una determinada estirpe de artistas con vocación d’enfant-terrible, que tanto atrae a los franceses aunque no tengan reparos en rechazarlos a las primeras de cambio, tal es el grado de cinismo que alcanzan en relación a lo que ellos mismos representan, tal es el grado de sarcasmo con el que parecen mirar al resto del mundo. Todo resulta demasiado ambivalente, eso sí, con esa mirada socarrona que puede llegar a fastidiar a más de uno si pretende tomárselo demasiado en serio. Es lo que lleva años ocurriendo con Lars von Trier quien fue canonizado en el Festival de Cannes a través de propuestas atrevidas y magistrales como Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996) o Dogville (Idem, 2003), que revolucionó el ambiente, acompañado de algunos secuaces, con su propuesta Dogma 95 -simple papel mojado, pura campaña de marketing- y que acabó encendiendo los ánimos de más de uno cuando estrenó su Anticristo (Antichrist, 2009) –se recuerda la reacción de un conocido crítico de un periódico español gritando “¡hijo de puta!” cuando al final de los créditos aparecía la dedicatoria a Andrei Tarkovski- y finalmente acabó expulsado del citado festival cuando en la rueda de prensa de Melancolía (Melancholia, 2011) hizo unas declaraciones en las que parecía hacer cierta apología del nazismo.

 

Nicolas Winding Refn, compatriota y no sé bien hasta que punto “camarada” de Lars von Trier, todavía no ha llegado tan lejos. Sin embargo el estreno en la pasada edición de Cannes de su última película generó cierta controversia. Su anterior Drive (Idem, 2011) le había permitido ser distinguido como el mejor director de aquella edición en la que la Palma de Oro recaería en El árbol de la vida (The tree of live, 2011), de Terrence Malick, el mismo año en que el otro danés sería declarado persona non grata. Cannes parecía adoptar a su nuevo niño mimado, sin embargo dos años después con la llegada de Only God Forgives (2013) bajo el brazo, de nuevo acompañado por el actor Ryan Gosling, la reacción fue diferente. Las enormes expectativas parecieron quedar frustradas; la decepción fue mayúscula para quienes vieron en la propuesta de Nicolas Winding Refn un puro ejercicio de exhibicionismo estético, bañado de sangre, en el que la estilización de la imagen y la brutalidad de la violencia mostrada por estas tan solo escondían el más absoluto vacío. Casi nada.

 

 

¿Qué hay de todo ello en una película como Only God Forgives? Pues no negaré que no dejan de asaltarme dudas, inquietantes, en torno a lo que pretende el cineasta. Y es que hay que partir de una serie de premisas. La primera, que Nicolas Winding Refn es un cineasta inteligente a la par que malévolo, y por lo tanto es un tipo peligroso con el que conviene andarse con ojo. La segunda, que el inevitable precedente que supone Drive supone también un inconveniente que nos lleva a tener determinados prejuicios a la hora de ver Only God Forgives más si cabe si se desconocen películas anteriores de la filmografía de su director –confieso haber visto la película dos veces y mis apreciaciones han variado de forma considerable, y no sé hasta qué punto puede haberlas determinado el hecho de haber visto entre un visionado y otro Bronson (Idem, 2008) y Valhalla Rising (Idem, 2009), películas con las que Only God Forgives establece tantos o más puntos de contacto que con Drive.- En tercer lugar, y en relación a las dos premisas anteriores, hay que empezar a tomar conciencia de que Nicolas Winding Refn es un cineasta que deconstruye de forma traviesa cualquier marco genérico ya sea la biografía o la imagen estereotipada que tenemos de las aventuras vikingas –las citadas Bronson o Valhalla Rising-, siendo por tanto la popular y celebrada Drive, con cierto impostado aire cool, su propuesta más convencional.

 

Como buen cineasta posmoderno Nicolas Winding Refn no elude la cita, y por lo tanto deja bien a las claras cuales son sus influencias. Si hay que tener en cuenta al propio cineasta, y ya saben que con este tipo hay que ir con cuidado, las referencias explícitas son las de Alejandro Jodorowski, a quién se le dedica la película, y la de Gaspar Noé, que aparece en los agradecimientos de los títulos de crédito. Y aquí también habría bastante que discutir. Puede resultar comprensible, perfectamente aceptable, que Nicolas Winding Refn cite al polifacético artista chileno –cineasta, escritor, marionetista, mago, psicoterapeuta, instructor de tarot…- porque en Only God Forgives a través de sus imágenes fantasmagóricas, elaboradas a partir de un llamativo cromatismo, fundamentalmente de tonalidades rojizas, y de una cámara ralentizada, llevada por la música electrónica de la banda sonora, puede haber cierta aspiración a la trascendencia –una especie de misticismo pagano, tal vez- Otra cosa es buscar algún vínculo con el responsable de algo tan abyecto y despreciable como Irreversible (Irrevérsible, 2002), por mucho que Only God Forgives pueda aparentar cierta fascinación por la violencia, también brutal, y apueste por una estilización de la imagen y la creación de cierta atmósfera de pesadilla. Ahí, el nombre que se impone es el de David Lynch, cineasta de infinito mayor talento, y mucho más honesto que el infame y repugnante Gaspar Noé –en fin, dejémoslo ahí…- Y si a alguien me recuerda una película como esta es a Bruno Dumont, otro practicante de un cine extremo, otro aspirante a un cine de la espiritualidad.

 

 

¿Es Only God Forgives una película violenta? Sin duda, lo es -y mucho se podría discutir sobre la ya célebre secuencia de los palillos y los alfileres.- Principalmente, lo que no hay que olvidar es que su puesta en escena nace del más puro artificio, y de cierto sentido de la parodia, empezando por ese protagonista, Julian, encarnado por un inexpresivo Ryan Gosling –cercano al “modelo” bressoniano-, quien debe vengar por cuestiones de honor, pero por encima de todo por imposición materna –esa madre posesiva y manipuladora que lo humilla y a la vez lo desea-, la muerte de Billy, su hermano, quien ha violado y asesinado a una prostituta adolescente. Un anti-héroe obligado a cumplir un papel que no desea y al que ni tan siquiera se le ofrece la oportunidad de dignificarse mediante un duelo –esta película tiene mucho de western– contra el policía, presencia omnipotente y de un sadismo extremo, que ha permitido la muerte de Billy a manos del padre de la chica. Un duelo en el que a Julian le parten la cara sin contemplaciones. Ahí reside el sentido del humor malicioso y retorcido de la película.

 

Por lo tanto quienes esperan que Only God Forgives sea una versión de Drive pero por la calles de Bangkok, con una ciudad ruidosa y superpoblada, con una trama argumental que mezcle el tráfico de drogas, la corrupción policial y las peleas de muay-thai, tienen muchas papeletas para salir del cine terriblemente decepcionados. Porque descubrirán una Bangkok nocturna y espectral que nada tiene que ver con la imagen que de ella tenemos, porque no hay espectaculares persecuciones ni brutales escenas de lucha -aunque Gosling recibe lo suyo- y porque la trama, al final, no es mas que puro y simple pretexto. Y por ello otros verán un sofisticado envoltorio que nos ofrece momentos de excesiva violencia y tras el cual no hay nada más que el vacío; un simple, aunque arriesgado eso sí, ejercicio estético en el que su excesivo manierismo acaba poniendo de manifiesto el egocentrismo y la grandilocuencia de un cineasta demasiado pagado de sí mismo.

 

 

Y sí, lo confieso, esa fue mi primera impresión, además de una malsana e inquietante fascinación provocadas por esa estilización formal, y que tanto puede hacernos amar y odiar a un cineasta. Y sigo pensando que Nicolas Winding Refn es un cineasta peligroso, pero, en cambio, y tras una segunda visión –y después de haber visto la artificial Bronson y la hipnótica Valhalla Rasing– veo que debajo de las imágenes de Only God Forgives se desarrolla una tragedia griega que nos habla, de forma lacónica y elíptica, de la naturaleza atávica del ser humano, de un destino aciago e inexorable; veo una película cuya estilización formal conduce hacia cierta búsqueda de lo trascendental más allá de utilizar una trama propia del cine policiaco y de recurrir a ciertos códigos del western; veo un relato cuya estructura se queda en lo esquelético y que se convierte en pura atmósfera de pesadilla; veo una obra cinematográfica que no teme precipitarse por el vacío, que nos conduce hacia la abstracción y con ello pretende transmitir cierta  espiritualidad –previo baño de sangre, por supuesto; veo una propuesta que no tiene miedo al ridículo, a que se la acuse de adoptar cierta pose transgresora, que no teme ser odiada o ser amada. Una película, eso sí, que no nos perdona nuestra indiferencia. 

 

Only God Forgives Official Trailer from JCRS on Vimeo.

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.