Ningún tiempo

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¿Cuánto tiempo tarda un niño en aprender que el pipí y la caca no deben hacerse encima?

 

Bastante.

 

Incluso alguno se toma a veces más de una década en perder el hábito, y sigue, a los trece años, meándose entre las sábanas.

 

¿Cuánto tiempo damos a nuestros ancianos, para que procesen, que ahora lo correcto es hacerse las necesidades en esos pañales que les hemos puesto, y que ni siquiera usaron de pequeños?

 

Ninguno.

 

Una vez que los mayores han sido hechos esclavos del pañal que todo lo absorbe, les exigimos que se orinen y defequen delante nuestra, mientras cenan un yogurt al mismo tiempo. Acerca de estas cuestiones se sabe tanto en los hospitales o en las residencias, como en los ambientes domésticos.

 

Entramos en la rueda de la existencia, sustituyendo el cordón umbilical por una trenza de mierda y orines, de la que nos cuesta –en la infancia- desprendernos. Cuando nos llega la hora de enfilar el último tramo, nos amarran con pañales, a la cola de excrementos de un caballo, que nos conduce al otro lado; con parsimonia, (gna-kun, gna-kun, gna-kun, gna-kun*…), ineluctablemente.

 

(* Pronunciar la onomatopeya chasqueando la lengua con el paladar.)