Ninguna boca

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Foto de Paul Thompson publicada en un diario de Connecticut en 1918. Aviso de prevención contra la influenza. Flickr (The Commons)

Imaginé una pesadilla. En ella las mujeres y los hombres siempre tenían la boca tapada. Como si en las comisuras de sus labios no se encontrara el origen de la vida.

Fue tal vez el sol que se metía entre las ramas de los olmos. O esa familia de mapaches, madre padre y dos hijos, que me observaron desde uno de los jardines de las casas mientras yo pedaleaba, casi llegando a Teak Lane. Qué escena amorosa. Crucé la calle y entré por Gerard Drive. Y ahí la vi. Los labios, la distancia entre los ojos que me miraban y la boca. Comprendí entonces que había vivido demasiado tiempo bajo la pretensión de que no importaban.

No corre mucha gente a esas horas de la mañana. No pedaleo de derecha a izquierda intentando coincidir con los deseos de los peatones y eso me gusta. Ni siquiera estaba ese niño columpiándose en la madera colgada de las ramas de un pino. Ese con el cabello largo que me hace recordar a mi hijo. Tal vez por eso entendí. Pensé en la pesadilla. Recordé la importancia de la boca, de ella y lo que cubre, lo que deja ver, lo que insinúa.

Y como me suele suceder cuando entiendo que algo importante se me revela, busqué entre mis recuerdos. Se recuerda bien con esa brisa de más allá del mar que te sopla en la cara. Se despierta la memoria con ese olor del musgo que se forma debajo de los nidos de las águilas pescadoras, con la vista de las garcetas blancas que hunden el pico en el agua o de la pareja de cisnes que avanza frente al perfil iluminado de la isla Gardiner.

Las piedras amontonadas al lado del camino me hacen pensar en unos labios en la oscuridad de Silaca, la fuerza con que nos besábamos a escondidas, detrás de la casa, apoyados contra la camioneta al borde de la carretera, sentados en el poyo de la casa en la noche sólida, murmurándonos, asombrados de que los primos alrededor no nos veían. La brisa del océano me entristece con el recuerdo de aquella piel tan frágil que yo rozaba con mis manos recién llegadas de Brasil. Me hace ver otra vez a ese joven temeroso que ahí, cuando tenía que hacerlo, en esa noche fresca de Barranco, no se atrevió a besarla.

El olor que viene desde la laguna, desde el agua semi estancada que se forma más allá de Gerard Drive, me transporta a esa edad en que los únicos labios que importaban eran los de mi madre. A la imagen de su rostro detrás del volante, a la certeza con la que ella manejaba en las tardes después del colegio hasta la poza frente al mar del Callao, hasta ese pedazo de concreto en el que estallaba el agua cuando subía la marea, en esa laguna en la que mi hermano y yo remábamos.

Y dábamos vueltas alrededor de unos postes clavados en el musgo cerca del rompemuelles, empujábamos los remos y los pies sobre el mecanismo que nos permitía que avanzáramos, sólo con la fuerza necesaria, con el miedo de que se volcara el bote.

Hace cuánto tiempo que no remo, pienso ahí. Y me distraigo. Después tengo que esquivar a un conejo arrollado en la pista y su carne desgarrada me distrae un poco más. Se aleja esa sensación lejana de aquella boca que no besé. De las que sí.

Al sentarme a escribir, temiendo que las verdades comunicadas se transformen en sombras, me parece ver que las comisuras de sus labios se esconden. Otra vez. Entiendo entonces que lo que escribo, si bien me ilumina, también es una respuesta a las frecuentes demandas del desasosiego.

 

 

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