Ninguno de sus compañeros de clase se acuerda de él

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Ya le gustaría a Sánchez tener sentado detrás en el Congreso a Joe Biden, que mira siempre a Obama con un orgullo tan dramático que cualquiera diría que está siempre al borde de las lágrimas...

 

Ya le gustaría a Sánchez tener sentado detrás en el Congreso a Joe Biden, que mira siempre a Obama con un orgullo tan dramático que cualquiera diría que está siempre al borde de las lágrimas.  En su lugar Pedrosench tiene a César Luena, quien en vez de estar a punto de llorar más bien le hace a uno predisponerse a ello. Biden, al que se ve nítidamente adiestrando a su perro en el despacho oval del Informe Pelicano, o incluso peleando con su amante mientras Clint Eastwood lo ve todo a través del espejo, tiene también un aire de Felipe de Edimburgo pero en colono americano, probablemente el único hombre feliz del mundo sin contar con Zapatero. Ha trascendido a bombo y platillo, lo cual lo hace aún más doloroso para el afectado, que el expresidente (junto con Bono, ese otro hombre también en apariencia feliz al modo de un rico ranchero de La Mancha) alterna con Pablo Iglesias igual que Monedero con Carmen Lomana, que es un abrir campo de Podemos que ya quisiera Toni Kroos. Pedro, que da más señales de querer citarse con Pablo en un cuadrilátero que en un debate, no gusta como no gustaba el pobre Robert Cohn a la pandilla de la fiesta de Hemingway, un chico apuesto de Princeton, campeón de boxeo al que los bohemios y bebedores y vividores aceptaban a regañadientes a pesar de unos esfuerzos casi siempre inoportunos. Díaz es la Lady (una lady de pega) Brett Ashley que vivió con él un fugaz idilio transformado casi en repulsión al mismo tiempo que los amigos hablan de él a sus espaldas con la crueldad que se transforma en esos abrazos socialistas de los cónclaves y de los mítines. El abrazo socialista no pocas veces encierra la oscuridad, como el del oso, esos abrazos gangsteriles que acaban con uno de los dos protagonistas un buen día tirado en la cuneta. Bono le abre las puertas de su casa a Pablemos como aquel día abrió las del Congreso al pueblo, que es casi lo mismo, mientras Zapatero conspira a la mesa y luego dice que si son buenos chicos como el abuelo que ha pasado una buena tarde con los nietos. Es el banquete de Platón, todos tan cultos y preparados, disertando sobre Surámerica como del amor. Snchz no estaba invitado (ni enterado) porque lo han tachado de cenizo, el Jonás del barco que se pierde en Washington tras lo que hasta un rector le abronca y va perdiendo también casi desde el principio las vocales del nombre sin darse cuenta, como no se daba cuenta hoy en el Congreso que era Rajoy, de nuevo, con todo el cariño de la EPA, quién le decía: “Sé fuerte, Pedro”, mientras a su espalda Luena apenas permitía que los españoles contuviesen la emoción.