Niños y otras especies marginadas

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Nunca había visto unos puños tan pequeños golpear con tanta fuerza y tanta violencia, daba la impresión de que quería matarlo. Sin embargo, es lo primero que vi cuando conocí a dos de los chicos con los que iba a trabajar en el centro de custodia de menores “María Luiza” en la ciudad de Plovdiv, Bulgaria. Ellos eran hermanos y uno le había quitado el lapicero al otro, que simplemente quería recuperarlo porque era suyo. En realidad, allí las cosas son de todos, pero hay muy pocas y en ese momento el lapicero estaba con él. Y punto.

El educador se acercó tranquilamente y, sin decir una sola palabra, los separó. Como un árbitro de boxeo, lo hizo con la fuerza del respeto, así de fácil y complicado. Ellos le abrazaron y rompieron a llorar y en ese instante supe perfectamente donde estaba, y vi cómo todas las buenas y grandes ideas que tenía preparadas para las clases salían corriendo de mi cabeza como un ratón muerto de miedo.

Ellos saben que su camiseta, su jersey y su abrigo han pertenecido a otros tres chicos antes, que sus pantalones eran de otro chaval que puede que vaya a su misma clase y que lo humillará y se reirá de él cuando le vea con ellos. Es el miedo de la pobreza que entra en su cuerpo desde niño. Y eso es muy jodido, porque sientes que por mucha ropa que te pongas estás desnudo frente a la gente que vive fuera. Sabes que lo que estrenas lo estrenas dentro de los muros del centro y que afuera hay otro mundo que hasta que no lo decida un juez no va a ser tuyo. No porque hayas cometido un delito o seas un niño malo, sino porque tu padre es un criminal y te odiaba, o porque tu madre es prostituta y si la dejan también te prostituye a ti, o porque te daban tantos golpes que tienes nueve años y te ha quedado un tic nervioso que no va a quitarte nadie. En definitiva, te han convertido en un niño que ya vive con las alarmas puestas, que habita entre muchos mundos y todos le asustan. Unos que existieron y no quieres recordar, otros dos en los que vives: el de dentro y el de fuera; y otro que imaginas que tendrás si eres lo suficientemente fuerte para quitarte la culpabilidad que sientes por algo que no has hecho.

La culpabilidad en un niño inocente es el monstruo más horrible que he conocido, y ese monstruo lo creamos nosotros con nuestros vicios y nuestro hipócrita saber estar, y lo alimentamos con nuestra cobardía y nuestra ficticia superioridad.

Los niños ya no pertenecen a la tribu. Ahora, para ser parte de la tribu, tienes que cumplir muchos requisitos y si no los cumples o no te han dejado cumplirlos como es este caso, la tribu te manda a un sitio hasta que alguien te adopte o te lleve de prueba a su casa a ver si cuadras con sus deseos de tener un hijo. Eso tiene que pasar pronto porque cuantos más años tienes más difícil es y llega un momento en que tú ya no quieres. Lo que quieres es quedarte hasta los dieciocho y luego gracias a la ley, Dios dirá.

Yo no soy psicólogo, ni maestro de carrera. Solo soy artista y leo el mundo como un cuadro, con su fondo y sus matices, y sé que el amor a la obra la hace buena, y con esas pautas tan sencillas comencé a trabajar con ellos. Sabía que la confianza se gana y que el gesto dice más que la palabra, que al no hablar búlgaro yo, los niños me iban a conocer rápidamente. Como todas mis ideas preconcebidas habían desaparecido me limité a improvisar en todas las clases, a dar confianza y a intentar que se valorasen en cada dibujo. No es importante para un niño cómo pintes algo, es importante lo que pintas o dibujas porque ahí es donde te reconoces y donde te proyectas. Es en ese lugar que se abre en el papel y puede ser quien quiera o sueñe ser; dónde haces una caricatura de su amigo y él te la hace a ti y os reís; dónde tu profesor tiene dos antenas porque se comunica conmigo sin hablar y me mondo con los gestos y los garabatos que utiliza para explicarme la perspectiva.

Recuerdo cuando les pedí que dibujaran a su madre. Se hizo un silencio total y se concentraron como nunca lo habían hecho. El deseo es el alimento del arte y ellos deseaban ver a su madre, recuperarla de alguna manera y tenerla allí. Uno de ellos rompió a llorar al poco tiempo de empezar, no la recordaba, no podía dibujarla, nadie dijo nada, nadie se rio, todos más o menos tenían el mismo problema.

Los niños y niñas que viven en este centro u otros similares son presa fácil para las mafias de prostitución, no solo por su procedencia y aislamiento tanto como porque algunos de ellos han crecido en ese ambiente y les es familiar. Romper ese círculo vicioso de madre prostituta y luego hija también es una de las prioridades de los educadores y psicólogos, se han dado casos en este centro de tres generaciones de una misma familia que al salir han terminado trabajando en la calle como su abuela y su madre.

 

 

En Chirpán, una localidad entre Plovdiv y Stara Zagora, fue diferente, allí trabajé en la escuela “Cirilo y Metodio” con un cien por cien de alumnado gitano, un programa para niños con problemas dentro de un mundo con problemas. Era una escuela como otra cualquiera, la diferencia estaba fuera, todos vivían en un gueto de gitanos a las afueras del pueblo, a un kilómetro aproximadamente. Curiosamente la escuela se encontraba en el medio, al final del pueblo y al principio del gueto, como una metáfora de una unión que realmente no existía. Los blancos no querían a los gitanos en su pueblo y los gitanos con los años aprendieron a vivir con esto y a hacer su propio mundo sin que los blancos supiesen nada de él. Aquí aprendí muchísimo sobre convivencia, me gané el respeto de los pastores evangelistas, evangelistas bautistas y el imán musulmán. La cordialidad entre ellos era absoluta. “Dios no es el enemigo, el enemigo vive al otro lado de la escuela y no nos da trabajo porque somos gitanos y queremos ganar lo mismo que los blancos”.

Los chicos de la escuela tenían un problema enorme: su límite académico terminaba en ella. La secundaria no estaba en sus planes, su orgullo no les dejaba. Era demasiado complicado integrarse a partir de los catorce o quince años, ir a estudiar a un sitio donde no te quieren y donde nadie de tu familia ha estado antes no tiene nada de atractivo, tu futuro se resolverá entre los tuyos. Allí había miseria. Recuerdo una niña que siempre venía con el mismo jersey naranja y el día que grabe su entrevista, la psicóloga le cerró hábilmente la chaqueta para que no se viese vestida igual en todas las fotografías.

Un niño violento, hijo de una especie de capo, le pega un puñetazo a un alumno que abre la puerta de la clase para curiosear. En aquel momento, al igual que durante todas las clases, la psicóloga me acompaña. Ella no habla inglés y yo apenas búlgaro. El niño nos mira y sonríe, ha conseguido que no nos interrumpan. Acción-reacción. Ese día tendrá que limpiar los pinceles de todos los compañeros. Ahora sí eres un héroe, le explico con dibujos. Una niña que no habla porque no quiere, otra con una timidez que la mantenía aislada del mundo y, siempre de fondo, la culpa por ser diferente, por nacer y vivir en el sitio donde ni nacen ni viven ellos.

Un día nos fuimos quedando sin colores y no importó nada porque lo importante era pintar, lo que fuese y como fuese, como los auténticos maestros del arte. Nos echamos la pintura que quedaba en las manos y nos dimos una fiesta que noté en la sonrisa de sus padres unos días más tarde paseando por el gueto.

 

 

El ser humano es sorprendente. Tomando un café en el pueblo el día que se homenajeaba a los héroes de la revolución se me acercaron unos hombres con su ropa de sport y sus cabezas rapadas: “¿Que hace un pintor español trabajando para los negros?”, me soltó uno con cara de animal con el ánimo de ofenderme. “No son negros, son marrones. Yo sé cómo son los negros porque he vivido en Harlem y tú solo has visto negros en la tele”, le contesté antes de que se me hiciese un nudo en la garganta. Los demás esperaron a que el “cara de animal” se lo tradujese al búlgaro. Pensé que iba a empezar la parte de las hostias, pero no, se rieron no sé de qué y me pagaron la cerveza que me estaba tomando y la siguiente también. Luego pensé que esta situación resume un poco el comportamiento búlgaro en relación con los gitanos, es absurdo.

El porcentaje real de población gitana es muy superior al oficial, ellos lo saben y no lo reconocen, ni los políticos ni la población general. Se limitan a seguir intentando contenerlos en guetos o pequeños pueblos, aun sabiendo que en una generación más serán mayoría mientras la gente joven se va a trabajar a otros países buscando una vida mejor. Tengo muy buenos recuerdos de Chirpan y solo espero que ellos los tengan también de mí.

 

 

Stolipinovo, en Plovdiv, es el gueto de los guetos en Europa. Alrededor de setenta mil gitanos en una ciudad con una población de trescientos cincuenta mil. Aquí fue diferente, trabajé dentro del gueto. Por seguridad me metían y sacaban en un coche. Todo lo que nos podamos imaginar que se mueve por el mundo se mueve en Stolipinovo y, por supuesto, también lo exportan. Aquí se ha aislado tanto a los gitanos que ellos han cambiado hasta el trazado de las calles para dificultar la entrada y salida de la policía. He visto calles cortadas a los coches con una especie de cafetín que da la impresión de que lo han colocado con una grúa, y así una floristería o una montaña de objetos irreconocibles que harían furor entre el público del Museo Reina Sofía, pero que para un mal pensado podría ser una extraña barricada.

Monté las clases con la ayuda de un diácono ortodoxo en el templo de un pastor evangelista, los alumnos eran los niños de la familia, hijos, sobrinos y más sobrinos. Allí no estuve mucho tiempo, los niños eran increíbles, divertidos y con unas ganas locas de pintar. El problema era el conflicto de intereses con el padre: yo quería enseñar a pintar y él quería diez sacos de cemento, madera para la estufa, refrescos y meriendas para los sobrinos y los hijos y otras pequeñas cosas que he olvidado. Los chavales no necesitaban nada, solo pintar un par de días a la semana y reírse con un extranjero que dibujaba fenomenal y que jugaba al boxeo con ellos.

Aquello es diferente, la integración no interesaba a los padres porque tenían el control de las ayudas europeas y eso da mucho dinero en cosas de segunda mano. La pintura y la educación es lo de menos, lo importante es la foto y lo que me des por ella. La insistencia de este hombre era tal que el día que inauguré la exposición con estos trabajos el pastor quería que le pidiese los diez sacos de cemento al embajador de España allí mismo, normal para él e increíble para nosotros.

 

 

Svety Vrach, casa para adultos discapacitados mentales en Plovdiv. Aquello fue una experiencia maravillosa, un continuo dar y recibir. Los pacientes de este centro cerrado son adultos y su capacidad de aprendizaje es muy pequeña, su evolución en el caso de que pueda haberla es tan lenta que no la percibes en años.

Cuando fui a presentarme, la mujer que me acompañó rompió a llorar a la salida y me dijo que no volvería allí conmigo nunca más. La primera imagen que te llevas es desoladora: gente hablando y caminando sola, gente ausente, gente que te observa con una insistencia que asusta, hombres que están muy lejos de ti y muy lejos del mundo. Elena Shopova, la directora – es el único nombre que daré – es una mujer increíble. No he visto tanta calma, seguridad, inteligencia y belleza juntas jamás. Ella no me dio ninguna pauta, ningún consejo, simplemente me dejó hacer.

Estuve unos días sentándome entre ellos, mirándonos, viendo como hacían garabatos sobre papeles o cuadernillos para niños. A los pocos días fui con la cámara y empecé a hacer fotos con alguna que otra sonrisa, curiosamente nadie cambió su comportamiento, ya estaba dentro…  Al siguiente día comencé a dibujar muy despacio yo también, y ahí empezó todo mi aprendizaje: estaba equivocado, no estaba dentro, simplemente me dejaban entrar. Yo podía dibujar a uno de ellos o dibujar sobre su papel cualquier figura reconocible y eso me convertía en algo bueno, yo tenía una bondad limpia, salía de mis manos como salía de un artista primitivo. Así un día y otro, y otro, con diferentes hombres compartiendo el proceso de algo que surge de la nada y que dentro de su fantasía es real. Jamás tuve un problema con un paciente, excepto con un hombre joven que enrolló el dibujo que habíamos hecho y salto la valla para llevárselo a ninguna parte y enseñárselo a la gente que andaba por la calle.

 

 

Todos vinieron a la inauguración de la exposición en el teatro de la ópera de Plovdiv. Al ver sus retratos en el hall me abrazaron. Hubo algunas lágrimas y hubo políticos y algún diplomático que no sabían muy bien que estaba sucediendo. Los niños del centro “Maria Luiza” me miraban y miraban el cuadro que habían pintado conmigo; todos con su gorra y rapados, miraban a los hombres de Sveti Vrach y se reían. Todos me veían hablar con mucha gente con corbata y un embajador (al que tengo que agradecer que todo esto fuese posible) de España, nada menos, y cambiaron. Noté su miedo hacia nosotros y noté como se alejaban de mí, porque el proyecto y nuestra camaradería ya no podía existir en un teatro así, entre tanta gente importante a la que no conocían hablando de ellos con un micrófono, en un escenario fuera de los muros de su casa que algunas horas al a semana también fue la mía.

 

 

En Chirpan dejé un mural en la escuela hecho con los niños, muchos amigos y respeto en el gueto. En Sveti Vrach dejé sus retratos decorando los pasillos y en Stolipinovo solo dejé aquello que los padres no me pudieron quitar y el recuerdo en los chavales y las chicas de un artista loco que salía en los periódicos. El centro Maria Luisa ya no existe, me enteré de que iban a cerrarlo antes que la directora, fui a decírselo porque consideré que tendría que haberlo sabido la primera. Me costó una discusión con gente del ayuntamiento porque hice lo correcto, a ella le mintieron y al final lo cerraron después de cien años abierto y socorrer y hacerse cargo de miles de niños. Lo que dejé allí se lo llevaron estos niños en su corazón cuando los repartieron por el país.

 

 

Ahora no doy clase, pero estos trabajos cambiaron mi visión del arte y se refleja en mi trabajo, sigo aprendiendo cada vez que los recuerdo. Dejo aquí el texto que escribí en su día y me despido:

Abrir el corazón quiere decir aceptar, asumir, compartir, ser valiente y perder el miedo al otro. Abrir el corazón quiere decir también mirar al abismo, enfrentarse a él. Sumergirse en su oscuridad y establecer batalla contra el vacío que provoca la ignorancia, contra el egoísmo contemporáneo y la triste y ridícula vanidad que está impidiendo que el ser humano consiga el sueño de la libertad.

Yo creo en la batalla y le pido a Dios que dé fuerza a las personas que he conocido en este camino para seguir luchando. Que su entrega y la humildad desde la que trabajan sea un ejemplo para todos.

 

Fernando Hervás es un artista nacido en Madrid. Su obra pictórica y fotográfica ha sido expuesta en España, Bulgaria, Reino Unido, Chile, Colombia y EE.UU, entre otros. Además de en diferentes regiones de España, ha vivido en New York y siete años en Bulgaria. Puedes seguirle en https://fhervascanales.wixsite.com/arte

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3 COMENTARIOS

  1. Este texto rezuma solidaridad, empatía, reflexión acerca de la realidad en la que (sobre)vivimos y plantea miles de dudas al que aquí escribe. No puedo estar más agradecido a este medio por dar cabida a estas historias.

  2. Gracias, Guillermo. No puedo estar más de acuerdo contigo. También es de agradecer al lector su sensibilidad por este tipo de trabajos. Abrazos

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