Nisardita

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Este texto pertenece a la novela por entregas de La Privada Moderna
Nisardita

En esta comunidad vivían demasiados policías en proporción al resto de las profesiones. No sé si porque el lugar era tranquilo, estando tan sólo a unos pasos de aquel barrio medio rojo del Calvario, en las afueras de Vigo, o bien porque los fueron destinando allí como enclave de seguridad. Aunque también pudiera ser que, en aquel tiempo, hu­biera muchos policías.
En el bajo izquierda del número cinco vivía otro guardia civil con aspecto un tanto aldeano. Pero igual hubiera podido haber estudiado para cura pues tenía un inconfundible aire de desertor del arado. Su mujer también era apaletada y me parece recordar que siempre vestía de luto o andaba ofrecida y lleva­ría alguno de aquellos hábitos marrones, azules o morados.
Ambos esposos eran altos y parecían fuertes. Pero su hija Nisardita tenía que hacer reposo y se pasaba las horas echada en una cama que habían colocado frente a la ventana que daba a la calle. Sería para que respira­se aire más puro y también para que se distrajera. Por­que los niños no entrábamos a jugar en aquella casa. No recuerdo que nos lo prohibieran. Estaría en el am­biente. Sería un entendimiento implícito y una de las reglas del juego. Ellos temerían el contagio, y las fami­lias de los demás niños dejarían a estos asomarse a la ventana en la seguridad de que no los invitarían a en­trar. Era lo establecido. Y eso que Nisardita lo que de­bió de haber tenido fue algo que entonces tenían mu­chos niños y que se llamaba «ganglios», sin más. Como si los demás no los tuviéramos, pero ya se sabía y todos entendían lo que se quería decir. Seguro que Nisardita ya estaba curada de sobra y no ofrecía peligro alguno, pero lo establecido era aquello. Aunque salía algo a la calle no participaba.
Era una niña grandona, con el pelo negro peinado en tirabuzones y con aspecto de muñeca pepona. La madre la cebaba. De la aldea les traían cestas de hue­vos, pollos, mantequilla, embutidos de la matanza.
La madre empleaba dos o tres horas en peinarla. La ni­ña grandullona permanecía medio sentada en la cama y recostada en unos almohadones. La madre peina que peina y dale que te pego a los largos tirabuzones. Para ello, se ayudaba con dos cucharas recalentadas. Los ni­ños nos asomábamos a la ventana, hablábamos algo y, cansados y aburridos de aquella ceremonia, nos mar­chabamos enseguida. La madre coronaba su trabajo con un enorme lazo rosa o blanco o azul que nos im­presionaba a todos. El resto del día, hasta que salía a dar su paseíto, se lo pasaba recostada atenta a no des­peinarse.
Era una niña antigua. Demasiado pálida a pesar de las yemas batidas que le daban cada mañana. La verdad es que no nos gustaba. Ni saltaba a la cuerda, ni corría ni jugaba. Sólo salía cuando hacía un tiempo seco, sin vien­to, con poco calor, sin fríos, sereno. Es decir, muy pocos días al año. Y eso para pasear por la acera o sentarse en una sillita de enea con respaldo de barras, bajo la atenta mirada de la madre que, desde la ventana, no hacía más que vigilarla y hacerle recomendaciones.
Era una familia aburrida. Allí nunca pasaba nada. Todo estaba previsto y cronometrado. A veces, como los niños entonces no teníamos relojes, para saber la hora nos asomábamos a la ventana. Según el bucle o ti­rabuzón que estuviera en marcha ya sabíamos cuánto nos quedaba para cambiar de juego o para ir a ver el carro de las gaseosas de Sergio o para escuchar el grito de las pescantinas, que, con la patela a la cabeza, prego­naban su mercancía o para ver llegar al cartero o al le­chero o al panadero. Era un mundo que no se regía por el reloj sino por los ordinarios eventos. Sabíamos cuan­do era viernes porque venían los pobres. Los jueves era el día en que venía el de la Fe para cobrar los recibos de los plazos para la compra de telas. El día tres de cada mes pasaba el cobrador de El Óbito, que aseguraba un entierro adecuado a la condición social de cada uno. Los martes veíamos pasar a la planchadora de casa de don Guzmán para recoger y entregar. Los días cinco pasaba el cobrador de la luz y los seis el del agua. Co­mo en casi todas las casas había trampa en los conta­dores, su llegada se hacía anunciar de alguna manera. Ellos, a veces, informaban casualmente, de que, «ha­cia» tal día pasaría un inspector ciego como ellos.
La Morocha, que solía estar a caballo de la balaustrada re­servada a los chicos y que estos la habían dejado por imposible a cambio de verle las bragas, era la encarga­da de gritar cuando llegaba el inspector. Y no se anda­ba con eufemismos «¡Ya viene el de la luz!» Y todas las mujeres sabían que tenían que volver a poner en mar­cha los contadores retirando el clavo que inmovilizaba la rueda. Era así de elemental y de pedestre. Como re­sultaba que casi todas las casas tenían la puerta abier­ta, algunas no, los proveedores, cobradores, mendigos e inspectores, sonaban la aldaba «¡La luz!» «¡La le­che!» «¡Ave María Purísima!», y las mujeres ya salían preparadas.
(Continuará)
José Carlos Gª Fajardo

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