No actuar como idiotas

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En la antigua Atenas, a quienes no participaban en la
cosa pública se les denominaba idiotés. De ahí la evolución
semántica a “idiota”, el que no sabe o no quiere participar en
la vida social, como si se tratase de un enajenado.
El intento de formar un nuevo gobierno en España está
resultando demoledor para los ciudadanos por los egoísmos,
sectarismos, descalificaciones y falta de respeto en la ausencia
del necesario diálogo (la palabra que fluye a través del otro y
entre ellos), sobre todo para quienes cumplimos con nuestro
derecho y deber sociopolítico de participar en unas Elecciones
Generales.
Está en juego la gestión de la casa común, que este es el
significado de la economía, oikos nemo. En la Atenas de
Pericles y de Solón, a quienes no participaban en la cosa
pública se les denominaba idiotés, de ahí la evolución
semántica a “idiota”, el que no sabe o no quiere participar en
la vida social, como si se tratase de un enajenado.
Y es una falta de la virtud cívica de la politeia como el
ordenado y compartido gobierno de la ciudad, polis o comuni-
dad de deberes y derechos. Eso nos arrastra al imperio del
despotismo, de las oligarquías, oligopolios, demagogias y el
regreso a la horda de la que nos tendrían que sacar, historia
teste, el ruido de los sables o el siniestro espectro de los
muros y de las cunetas en las carreteras.
No exageramos, mirad la inhumanidad del rechazo a los
que demandan el legítimo y natural derecho de la acogida en
nombre de la hospitalidad que prima sobre todos los tratados
de los hombres. Por eso, Aristóteles define al ciudadano no
por su residencia en un territorio, tampoco por los derechos y
deberes jurídicos, piénsese en los ausentes y en los extranje-
ros residentes, sino que es quien tiene el poder de tomar parte
en la administración judicial o en la actividad deliberativa del
estado. Y llega a decir que el derecho a intervenir en la fase
deliberativa es superior en sí misma a la constitución, pues
este es el modo como mejor se expresa la soberanía y la
autoridad que del cuerpo de ciudadanos emana.
Hay una página memorable en la Oración fúnebre, de
Pericles, por los muertos en La guerra del Peloponeso,
transmitida por Tucídides: “Cada ciudadano será honrado en
la cosa pública, no tanto por la clase social a la que pertenece,
como por su mérito, ni tampoco si a alguno que puede hacer
algún beneficio de la ciudad se le impide por la oscuridad de
su fama… ya que obedecemos a los que en cada ocasión
desempeñan las magistraturas y a las leyes y, de entre ellas,
sobre todo, a las que están legisladas en beneficio de quienes
padecen la injusticia y a las que, por su calidad de leyes no
escritas, traen una vergüenza manifiesta al que las incumple”.
Es una ocasión privilegiada para reflexionar sobre las
cuestiones más acuciantes que afectan a nuestra sociedad.
Solemos comenzar por los problemas y soluciones propuestas.
Pocas veces reflexionamos sobre nosotros mismos y la forma de
estar los unos con los otros. ¿Qué consideramos más importante,
urgente y necesario para la construcción común?
En una interesante nota de una respetable organización
social se destacaban importantes aspectos que no nos resistimos a
señalar. La realidad provoca en nosotros reacciones de asombro,
de dolor o amargura, de rabia, de alegría. “La rabia es como tomar
veneno y esperar … matar al otro”, dijo Buda. Al contrario de lo
expresado por Worthington, “La clave para perdonar con éxito es
cultivar un sentido de simpatía, humildad y compasión”.
Suscita deseos que dilatan el corazón, hace surgir preguntas
que son el motor de nuestra búsqueda en tantos campos, desde el
científico hasta el afectivo o el existencial. En el fondo de estas
reacciones, deseos y preguntas subyace la exigencia de significado,
que constituye nuestra verdadera estatura humana. Porque, una
persona sin significado, es un ente sin atributos. Sin embargo, nos
hemos acostumbrado a dejar nuestra humanidad en el recinto de
nuestra casa, asumiendo que es “algo privado”, que no tiene
“dignidad pública”.
Que en el centro de nuestra convivencia esté la persona es
algo que no podemos dar por descontado. Cuando lo hacemos nos
pasa factura: la energía de construcción de un país y la calidad de
nuestra convivencia están ligadas a la realización personal, que
depende de la respuesta a las cuestiones esenciales de la vida:
¿Qué o quién colma mi deseo? ¿Quién me ama y a quién amo sin
condiciones ni porqués? ¿Para qué trabajo? ¿Qué sentido tienen la
enfermedad y la muerte? En definitiva, ¿por qué merece la pena
vivir? “Aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido
vivir, aquí y ahora”, respondió Malraux al General De Gaulle, que
se condolía por la muerte del hijo de Malraux que se profesaba
ateo. Detrás de muchos de nuestros problemas públicos (dialéctica
exasperada, tensiones territoriales, violencia en diferentes
niveles, marginalidad, fracaso escolar, conflictos laborales,
soledad, rupturas de los lazos afectivos,) se encuentra una falta de
atención a la persona con toda la riqueza de sus preguntas y
exigencias.
Los primeros lazos de sociabilidad surgen cuando nos
descubrimos como seres de encuentro, prestos a acoger y a ser
acogidos. Esta experiencia se dilata cuando encontramos personas
que nos entienden porque participan de nuestras mismas
preguntas e inquietudes. Y comprendemos que “el otro” es un
bien en sí mismo. Esta es la base de una verdadera convivencia,
que llega a abrazar a la persona extraña porque tiene nuestra
misma exigencia de felicidad. Este es uno de los problemas más
graves que tiene nuestra sociedad: el otro se percibe como
enemigo. Y el “otro” nunca podrá ser objeto de nuestro amor o
interés porque el otro es siempre sujeto que sale al encuentro y
nos interpela.
Prof. Dr. José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M. Fundador de la ONG Solidarios

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