No consumo

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De pronto caigo en la cuenta de que no consumo. No ceno fuera de casa, no aprovecho los puentes para hacer pequeños viajes, no salgo de copas, no cambio el móvil aunque me lo regalen, no tengo televisión de pago, no compro ropa a la moda, ni zapatos caros, ni bibelots graciosos, ni gadgets tecnológicos. Tampoco compro libros como lo hacía antes: por pilas. La carestía de la vivienda me ha obligado a vivir en un piso pequeño sin espacio para guardar más volúmenes. Los nueve metros lineales de estanterías que tengo no admiten un solo volumen más. Libro nuevo que leo, libro que regalo una vez leído. O, si lo conservo, es a costa de una cruel baja en la biblioteca, la ejecución sumaria de un congénere de papel. No consumo. Soy un lastre para la recuperación económica del país, de este país. Si fuera alemán, no sería éste el caso. Los alemanes crecen y crecen, pero no consumen. Exportan lo que otros consumen. En Alemania no sería una especie de traidor. En España, sí. Seguro que hay quien piensa que los que no consumen son todos de derechas, unos boicoteadores.

Pero el caso es que no consumo porque no merece la pena consumir. Es posible que otros hayan llegado a una conclusión semejante. Es éste uno de los efectos benéficos de la crisis económica, o del miedo a la crisis, o del malestar general que la crisis provoca. Lo que merece la pena no es lo que se puede consumir desaforadamente, sino justamente lo contrario, lo que es gratuito o casi gratuito. Lo gratis no se consume, se disfruta o no. El que consume y consume no valora lo gratuito porque, obviamente, lo gratuito no es consumible. Es gratis, por ejemplo, sentarse en un banco y observar a la gente. Resulta asombrosa la variedad de rostros que existe, y la de narices, y la de orejas, y la de andares, y la de gestos. El zoológico humano es inagotable. Y un poco aterrador; sentado en el banco, imagino que pertenezco a otra especie animal, el último superviviente en un paraje superpoblado por monoespecímenes.

 

           También es gratis el paseo. Deambular cual flâneur por las calles donde antaño consumía es un placer inesperado. Los escaparates de las tiendas acumulan objetos extraños que la gente compra. Son como homenajes al dadá. En uno de ellos se amontonan objetos decorativos: hay un reloj incrustado en el casco de un barco. Hay un llavero del que cuelga un pequeño fantasma que hace “uh” si se presiona un minúsculo botón. Hay imitaciones de objetos antiguos.

 

            Llevo un termo de café en el macutillo. Es costumbre escandinava. Me sirvo una taza y fumo sentado en un banco de madera de teca, gran invento municipal. La gente mira el termo. No se atreven a  mirarme a mí porque lo mismo intuyen que soy un traidor a la patria. Un tipo peligroso.