No conviene fiarse del tiempo

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Fotograma de la película ‘Nieva en Benidorm’ (2020), de Isabel Coixet.

¿No tienen ustedes la sensación de que este año las cosas que nos pasan son, precisamente, las que no terminan nunca de pasar? Sobre todo al escribir: cuando hablamos de un futuro que no llega, de un pasado que ha olvidado sus promesas, de un presente que ya nadie vive igual.

Hace un mes, por ejemplo, cuando la borrasca Filomena colapsaba España entera y teñía de blanco las angostas calles madrileñas, yo me asomaba a la ventana, en Santa Cruz de Tenerife, y no veía nevar: oía llover. No obstante, si quería mandarle algo a algún amigo en la Península -o poner siquiera un tuit- me sentía obligado a actuar en consonancia y fingir que también nevaba aquí, aunque para verlo hubiese que subir cientos de metros y coronar dos o tres montañas.

Este fin de semana sucedió al revés: llovió y nevó de nuevo en Tenerife, pero, al no haber una ciclogénesis en la capital -o algo parecido-, tocó fingir que todo estaba soleado, que uno podía subir al Teide sin restricciones y que las únicas aguas que corrían eran -simple y llanamente- las del mar. Total, si el sábado hubo buen tiempo hasta en Madrid, ¿quién diablos iba a creerme a mí si les contaba que en Canarias lo mejor había sido quedarse en casa? En todo momento, y con mis incongruencias climáticas a cuestas, me acordaba de la primera frase de la última película de Isabel Coixet, Nieva en Benidorm (2020): «Tengo muy pocas convicciones, pero de algo estoy seguro: no conviene fiarse del tiempo ni de las personas»; y ni siquiera de uno mismo, añadiría yo.

Hace años, Samuel Beckett terminaba su novela Molloy ilustrándonos de la siguiente manera: «Entonces entré en casa y escribí: es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía»; pero, aunque el propio narrador nos confesara su engaño, los huesos ya se nos habían vuelto a calar.

Tiene Enrique Vila-Matas una anécdota similar en París no se acaba nunca respecto a una conferencia sobre la ironía que pronunció un verano de lo más resplandeciente. Entonces, justo cuando el autor barcelonés se dirigía a sus oyentes, dijo: «”He venido a Nantes para decirles que va a llover.” No existía amenaza alguna de lluvia, pero dije eso para que el público fuera entrando en el clima lluvioso del cuento que les pensaba leer», que no era otro que El gato bajo la lluvia, de Hemingway.

Con estos ejemplos, uno se pregunta: ¿No es el clima, acaso, un estado mental? ¿Si un canario quiere escribir sobre la nieve el día en que Madrid se colapsa por una nevada, no puede tener -también- una oportunidad? O si el cielo está nublado, ¿no podría recordar los «días azules y este sol de la infancia», como apuntó Antonio Machado justo antes de morir?

Al final, puede que lo que nos saque de la duda sean estos versos de Harkaitz Cano: «lo cierto es que ya lo dijo el poeta: / el cielo no es azul, el cielo ni tan siquiera / es cielo». O lo que decía el personaje de Peter Riordan en la película de Coixet: «para mí, el tiempo es una manera de sentir que está pasando algo. Y si no pasa nada, siempre hay una promesa».

Sea como sea, ¿no tienen ustedes la sensación de que este año las cosas que nos prometen son, precisamente, aquellas que -por mucho que se intentan- nunca terminan de cuajar? No sé, yo también tengo muy pocas convicciones, pero de algo estoy seguro: «no conviene fiarse del tiempo ni de las personas», como apuntaba Riordan. Recuerden, antes de nada, que en Canarias también nieva; y si se dieran las condiciones adecuadas podría nevar, incluso, en Benidorm. Cuando esto suceda -a tenor del cambio climático, evidentemente-, ¿la gente seguirá escribiendo lo contrario? No lo sé. En realidad, de lo que único de lo que puedo estar seguro es de aquello sobre lo que escribiría yo. Y creo que, ahora mismo, hasta ustedes lo imaginan.

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