No digas esas cosas en alto

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Él se sienta por las tardes en la terraza desde donde puede ver toda la longitud del camino, y las fincas de alrededor y sus casas y a sus vecinos. Se sienta allí a leer cuando cae el sol y él está tan alto como las copas de los pinos secos.

 

¡Paula!, ¡Paula!

¡Qué!

¡Ven!

¡No, que tenéis globos de agua!

¡Qué no, que son de aire, mira!

¡Qué no, que os he pillao!

¡Cierra la manguera, cierra la manguera!

 

Se oía el ruido de los pasos sobre la tierra dura. Pasos cortos y rápidos. Niños y niñas por detrás del boj a través del cual se podían ver los colores vivos de sus camisetas y de sus bañadores.

 

Él se sentaba por las tardes en la terraza, toda la longitud del camino a la vista, y las fincas de alrededor y sus casas. Se sentaba allí a leer cuando caía el sol y el mundo se volvía azul, y entonces se encendían las farolas del camino, y él estaba allí tan alto como las copas de los pinos secos del verano.

 

¡Marcos!

¡Qué!

¡Espera a tu hermana!

¡Vale!

 

Él levantaba la vista y observaba a Marcos pasar a toda velocidad sobre su bicicleta. Su hermana aparecía después y casi podía escuchar sus jadeos de esfuerzo. Él se reía sin ruido desde su atalaya. Y luego se le ponía algo sombría la mirada. Y luego miraba directamente al sol naranja que se encajaba entre las montañas.

 

¡La guerra va a empezar!

¡Hay que esperar a que venga Juan!

 

Y Juan llegaba casi al instante, y él lo reconocía por el sonido de la cadena sin engrasar de su bicicleta. Él debía saber esas cosas. También a qué hora bajaban las tres ardillas por el tronco del pino con forma de tenedor para beber en la fuente.

 

La fuente en el medio y el nogal y el cerezo de portería por un lado; y en el otro la higuera y el pino de al lado del viejo lavadero de piedra.

 

¡Eh, no vale tirar de cerca!

¡Sí que vale, a por Juan!

¡A por ellos!

¡Retirada, retirada!

¡Qué no escapen!

 

Se reía, esta vez a carcajadas, resuelto, y luego se le ponía de nuevo sombría la mirada fija en el sol del que ya sólo quedaba el resplandor. Él lo miraba siempre sin mirarlo hasta que se empezaba a ocultar por detrás de las montañas y las voces, la función, se apagaban.

 

¡Paula!, ¡Juan!, ¡Marcos!, ¡a cenar!

¡Ya!

¡Voy!

¡Juan!

– ¡Ya voy!

 

Uno lo recuerda (y lo recrea) ahora. Hace treinta años que una tarde vino la policía y la ambulancia y la señora de la limpieza lloraba en el camino. Cantaban las cigarras. Todos los vecinos salieron a la puerta mientras aquel día ellos, las voces, se asomaban a la tapia como si nunca hubieran visto la casa. Y era cierto.

 

¡Juan, eres tonto!, ¡mamá, Juan ha colado la pelota!

¿Qué?

¡Que Juan ha colado la pelota!

¿Dónde?

¡En casa del señor muerto!

¿Dónde?

¡En casa del señor muerto!

¡Calla niña!, no digas esas cosas en alto.