No hay nada de free en freelance

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Soy freelance, es decir, mi trabajo consiste en moverme como un tiburón –y no el del metro de Nueva York, pobriño- para poder sobrevivir.

 

Si me quedo quieta, si no mando un mail a tiempo, si no alcanzo a decir que sí a esas colaboraciones para ayer que a veces piden los periódicos, si no lleno el formulario para dar una charla, si no presento el proyecto para un taller, si no escribo un capítulo del libro por el que no he visto ni veré un centavo en años –o jamás-, si no le escribo a la editora en plan «pasaba por aquí», si no actúo, digo, no trabajo, no gano, no como.    

 

Soy freelance, pero la palabra se me ocurre equivocadísima. No soy nada free, soy todo lo opuesto a free, free los pájaros como cantan estos, yo no: estoy presa de una culpa gigantesca, monumental, biliosa: ¿cómo diablos voy a vacacionar?

 

¿Cómo yo, que no tengo vacaciones pagadas, voy a permitirme vacacionar que, ya sabemos, viene de vagar?

 

Va-gar.   

 

La palabra vacaciones deriva del latín vacans, participio del verbo vacare: estar libre, desocupado, vacante (como un puesto de trabajo). Vacuus: vacío, desocupado libre. Vacui dies: días de descanso Vacatio (-ionis): dispensa, exención.


Nosotros, los que vivimos del picoteo laboral, tenemos que estar siempre disponibles: un poco como las chicas de los clasificados, un poco como sicarios, un poco como cerrajeros. Ay de mí que por estar torrándome en Bastiagueiro o Colliure pierda la oportunidad de escribir –y hacer caja- un artículo urgente –me pasó: uno sobre Rayuela lo pillé por los pelos- para, yo qué sé, The New Yorker.

 

Querida María Fernanda:


Te estuvimos buscando porque David Remnick, el director del New Yorker, quería un artículo sobre los pescados-monstruos de El Retiro y pidió que lo hicieras tú específicamente, ¡cómo te admira ese David! Pero claro, finalmente, como no hemos podido dar contigo, lo va a hacer escriba aquí el nombre de cincuenta colegas que viven en Madrid y que no están tirados como focas en una playa. Una lástima. Besos.   


Tienes que saberlo: si no lo escribes tú, habrá alguien dispuesto a hacerlo.  

 

Entonces, estás de lo más bien ahí, en la playita, con tu ejemplar enarenado de La trama nupcial de Eugenides –les dije que lo leería– y de repente:

 

—¿Me habrá llegado un mail de escriba aquí el nombre de diez editores? Igual debería chequear mi correo. ¿Y si cree que ya no quiero colaborar? ¿Y si le gustó lo que propuse sobre escriba aquí ochenta propuestas de temas pero lo necesita para ya mismo? ¿Y si? ¿Y si? ¿Y si?

 

Adiós torrado, adiós Eugenides, adiós felicidad veraniega, dolce far niente que me está vedado, que nos está vedado a los freelance (¿prisonerlance?).

 

De todos modos, aviso, me iré unos días: ¡qué soy persona a pesar de ser freelance, carallo!

 

Espero que el artículo para el New Yorker me lo pidan al regreso.

 

Y, si no, bueno, siempre nos quedará el chiringuito.