No hay problema

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En un ataque colérico sin precedentes, provocado por la ausencia de cobertura 3G y una fístula infame, hace dos semanas reventé el USB de Simyo contra el radiador, quedando hecho pedacitos en réplica exacta de mi vida. Pasé las horas siguientes jugando al tetris con él creyendo que aquello me devolvería mi lentísimo internet intacto, por más que así volviese a las pajas a plazos y a escuchar las canciones del Youtube en tartamudeos agónicos, y cuando supe que aquello no tenía solución tomé las dos peores decisiones de la Historia de España después de la Constitución de 1978: darme de baja de la compañía y comprar un USB de emergencia.

 

Pese al índice de mortalidad que acarrea lo primero, resultó fácil: tardé una semana. Cuando conseguí salvar la barrera del contestador (cuando ya empezaba, más bien, a enamorarme de esa voz enlatada, y a creer que mi vida no se entendería sin ella), una muchacha se puso al aparato y empezó a pedirme las cosas acostumbradas: el DNI, el número por el que llamaba, los cuatro últimos dígitos de mi cuenta, un mechón del pelo original de Agassi, la cola de un tiranosaurio concreto y el Santo Grial. Cuando tuve todo sobre la mesa, la mujer me dijo, casi agonizando:

 

-Acabo de darle de baja.

 

-¿Lo puedo contar?

 

Para comprar el USB elegí Orange y el Internet Everywhere. Una de las grandes desventajas con las que yo tengo que lidiar en mi vida es la de pasar olímpicamente de los consejos de mis amigos, así que me presenté en una oficina y salí de allí con el Everywhere en una bolsa y tres días de recarga que coincidían con el puente de Todos los Santos en envilecedora metáfora: cuarenta euros.

 

Llegué a casa apurado un viernes tarde a escribir de mis asuntos y compartirlos con la Humanidad, como suelo. No pude instalar nada. Casi no pude ni instalar el culo en la silla. Tras varios intentos ridículos, con mi vida ya del revés, prácticamente echada a los cerdos y sin nada que perder, llamé al servicio técnico. Me enamoré de una nueva voz, con la que rompí y volví a empezar tantas veces que acabé recitando de memoria sus instrucciones vagamente sexuales (“Diga sí, diga no, pulse aquí, vuelva a repetir, no le entiendo, adiós”). Y cuando tuve por fin al otro lado a la experta en telecomunicaciones, le dije lo que cualquiera: “El chisme no pita”. Ahí empezó el espectáculo.

 

-No hay problema. Lo que ocurre es que no tiene usted la tarjeta activada.

 

-Ah, vale.

 

-Lo que tiene que hacer es meterla en un móvil Orange y ya se activa automáticamente cuando entre en internet.

 

-No tengo móvil Orange -dije descolgando las cortinas y mirando el patio, para ver si daba la altura.

 

-No hay problema. Busque uno en su entorno.

 

Le pregunté qué era eso de buscarme un móvil Orange en mi entorno. Me contestó que llamase a algún vecino, algún amigo, alguien de “mi entorno” que tuviese móvil Orange, y le tuve que decir que no repitiese más eso de “mi entorno”, que yo no era el puto Barça. Tras unos minutos de discusión, me vi obligado a preguntarle si me estaba tomando el pelo para advertirle que me estaba gastando una mina en él, y que sólo jodería. Me contestó muy seria que no. Le dije entonces que me había ido a una aldea a echar el puente allí yo y mi internet verigüer. Que no conocía vacas con teléfono móvil, no digamos ya móvil con Orange, que tan tontas no eran. Entonces me contestó que que no había problema: al volver del puente, debería ir a la tienda donde había comprado la tarjeta y allí me la activarían. “Y luego”, dije yo, “volveremos automáticamente al 30 de octubre y estaré de nuevo sentado delante de mi ordenador en mi aldea gala”.

 

La dejé por imposible con sus “no hay problema”, que por un momento pensé que me iba a decir con la coletilla que tenía un tumor infalible. Al día siguiente el entorno se acercó a mi casa y activé con él la tarjeta. Volví al ordenador, volvió a fallar y volví a llamar al servicio técnico. Esta vez sólo me revolqué quince minutos con el contestador; mucho lo eché de menos. “Debe desinstalar los antivirus y Firewall”. Le dije la verdad: que yo la primera vez que me puse delante de un ordenador cogí el ratón y empecé a moverlo por la pantalla. Me guió él entre interferencias y caídas de la comunicación, que si digo ahora que mi cobertura Movistar no es la idónea y se cortaba la charla luego me salen con que mis historias no se las cree nadie.

 

Cuando acabé de desinstalar lo que se me pedía, y nada funcionaba aún, y me dijo que había allí instalada otra cosa que ya no recuerdo lo que era y que debíamos empezar otra vez, y se cortó la comunicación, y me vi de nuevo hablando con un robot, comprendí que jamás funcionaría nada y que nunca volvería a ver esos cuarenta euros, y que quedarme el puente escribiendo iba a ser una hazaña trágica. Acerté a decir: “Mire, que lo anulo”, y me fui corriendo a comer chuletón de buey y a trasegar riojas y licor café: aparecí en casa el lunes, y al revolver los bolsillos tras despertarme encontré entre la morralla una monedita plateada de 200 pesetas, que ya hace falta estar borracho para que te aparezca algo así, y desde hace mucho tiempo.