No hay silencio más ruidoso

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Los que conocen, han tomado nota. Los que no quieren saber, miran el estruendoso silencio zapatista como una manifestación folclórico-revolucionaria.

 

Los que no quieren saber están en muchas partes. En México, por supuesto. En los países que mandan de verdad, of course. Pero la realidad les puede estallar algún día en la cara, la realidad de unos movimientos autónomos, orgánicos, poderosos, populares, que están desbordando las capacidades de respuesta (represiva o comprensiva) del Estado-Nación.

 

El pasado 21 de diciembre, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo una demostración de fuerza en la calle como no se recordaba desde 1994, cuando dio la cara al público después de años de trabajo silencioso en las bases de Chiapas. Y esa demostración, en realidad, no fue sólo ante el nuevo Gobierno federal de México o ante la nueva y criolla Gobernación de Chiapas. Fue un silencio que pretendió cobijar al mundo en su patético languidecer.

 

Es posible que no lo hayan escuchado, pero el rito fue sonoro. Grupos de hombres y mujeres se subían a un mínimo templete desde el que, en silencio, encapuchados, dignos y rebeldes, levantaban el puño. Nada más. Nada menos.

 

En México, laboratorio del neoliberalismo más brutal, ese que se quita la máscara y actúa de acuerdo con el crimen organizado ilegal (lo hay legalizado), también se está gestando el modelo de revuelta de este principio de siglo. Chiapas y el zapatismo llevan delantera, como en casi todo, pero Cherán, Guerrero o los movimientos autónomos de Ciudad de México están mostrando una alternativa que no pasa por tomar el poder para transformarlo, sino en crear nuevos poderes descentralizados, autónomos, propios… Ante esta estrategia cercana al territorio y a sus habitantes poco puede –o sabe- hacer el Estado y sus secuaces.

 

Por eso el ruidoso silencio zapatista es tan simbólico, tan poderosos. Porque a diferencia del marketing político –que fabrica simbologías vacías y efectistas-, el simbolismo zapatista es fruto de un profundo trabajo orgánico que parte de los Caracoles (territorios), se articula en las Juntas del Buen Gobierno (Nuevo modelo de poder horizontal y descentralizado) y se cristaliza en unas acciones masivas tan bien organizadas que asustan a los que no conocen el poder que tienen los pueblos emancipados.

 

Tengo todas las razones de este mundo para terminar el año triste y con poco ánimo ara seguir mirando y contando. Pero silencios como éste me han sacado estos días del ruido infernal que me rodea y me han (re) convencido de que la única forma de evitar el precipicio es inventar nuevas formas de convivencia. Les recomiendo el texto de Gustavo Esteva sobre esta nueva era y les deseo lo mejor para este decisivo, críptico y complejo año nuevo.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.