No pasa nada en Dinamarca

0
233

Yo no recomiendo a nadie, ni siquiera a un concejal madrileño, un viaje en verano de Segovia a Madrid. No hay jet lag en el mundo, en este caso car lag, como el de Segovia a Madrid...

 

Yo no recomiendo a nadie, ni siquiera a un concejal madrileño, un viaje en verano de Segovia a Madrid. No hay jet lag en el mundo, en este caso car lag, como el de Segovia a Madrid. Uno es todo un hombre en esos pueblos castellanos (mejor aún: casi un hombre solo) y apenas una hora después es Gregorio Samsa tratando de darse la vuelta en la cama con su nuevo caparazón. Yo en Madrid, recién llegado de Segovia, me siento un insecto, y mañana por la mañana al despertar, si es que logro dormir, temo levantarme con una manzana incrustada en la espalda.

 

Uno en Segovia es un hombre, entre otras razones porque puede respirar, que es una cosa muy agradecida. De hecho, supe que era algo tan agradable cuando llegué a allí y llené mis pulmones de un aire maravilloso con olor a ganado. ¡Qué aire tan puro!, suelen decir los madrileños aflojándose el pantalón al bajarse del coche a pesar de que lo que perciben es la proximidad de cantidades ingentes de excrementos de vaca, lo cual siempre es preferible a vivir intubado.

 

Yo creo que todos los segovianos de pueblo, a lo sumo calculo que serán unos diez, están tan fríos como las piedras de su acueducto una noche de febrero. En cambio, un madrileño a estas horas abrasa igual que un radiador a máxima potencia en plena canícula asfixiante. Yo a los madrileños no me acerco porque queman (ya se acercan ellos solos), y sin embargo procuro juntarme a los segovianos con su cara de roca fría, tal es mi ansia. El otro día encontré a uno y me acerqué tanto que quiso pegarme. Y no le culpo. Deben de estar tan poco acostumbrados a las personas y sobre todo a su cercanía que reaccionan con estupor, como ante un extraterrestre que ha venido a llevarse su frescor y su silencio.

 

Allí hay de ambas cosas para aburrirse y las comparten sin problemas siempre y cuando no venga un madrileño a comportarse como tal. Yo no imagino, por ejemplo, al concejal Zapata en un pueblo segoviano. ¿Qué podría hacer allí, sin Twitter, salvo sentarse al fresco al atardecer? En Segovia nunca pasa nada como tampoco parece pasar nunca nada en Dinamarca, que es un buen modo de pasar la vida, sobre todo para que pase como en Madrid: a cuarenta grados de temperatura y puede que hasta cincuenta en el ayuntamiento, que está al rojo vivo. Mientras permanezca en la ciudad, yo este verano no quiero ni oír hablar de esos señores que lo ocupan porque dan calor. Otra cosa será cuando regrese al pueblo el fin de semana y les haga un poco de caso para no perderles mucho de vista y para templar esas noches de jersey y combatir así el impacto del jet lag (car lag) del domingo, cuando se recrudezca mi Metamorfosis.