No son 300 las universidades colombianas. ‘La educación en Colombia’, de Moisés Wasserman

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“A la pregunta sobre el campo de saber que el docente debe privilegiar, la mayoría se inclinó por la pedagogía sobre la profundización disciplinar. Manifestaron, en relación con esto, el rechazo a que profesionales de otros campos ejerzan la docencia, y su percepción de que ellos dañan la calidad de la educación (a pesar de que hay poca duda de que un matemático, por ejemplo, domina mejor la matemática que un pedagogo)”. (pág. 131)

 

La editorial Debate publica la colección País360 sobre temas colombianos de interés general, miradas actualizadas por autores de reconocido prestigio que ayudan a situarnos. Mi reseña de julio de 2021 abordó el libro El inicio de un tercer ciclo de violencia en Colombia, de Francisco Gutiérrez Sanín, disección de una historia que produjo violencia, decenas de miles de muertos, miles de desaparecidos, millones de desplazados internos y una desigualdad social casi única en el mundo.

El libro que hoy nos reúne trata de la educación colombiana de los 0 años a la universidad y formaciones profesionales. El sistema educativo ha sufrido, como todo lo demás, los ciclos de violencia nacionales. La cobertura ha experimentado notables mejoras en las grandes ciudades, pero sigue ausente de amplias zonas rurales. El profesorado no cuenta aún con la estructura formativa sólida y prolongada que su labor exige, y en algún caso, ni con la seguridad vital mínima. A su vez, parte del profesorado vive enrocado en luchas gremiales ideológicas que los alejan del objetivo central de su labor: el bienestar y el aprendizaje de sus estudiantes. En definitiva, la infancia y la juventud colombiana no disfrutan de la mejor educación posible que sus mayores estamos obligados a darles trabajando con justicia, responsabilidad y consenso.

El químico Moisés Wasserman es una figura relevante en el panorama científico y educativo colombiano. Fue rector de la Universidad Nacional de Colombia, director del Instituto Nacional de Salud y presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, entre otros muchos cargos. Recientemente fue miembro de la Misión Internacional de Sabios de 2019 que propuso ideas para mejorar Colombia. Lo que apunta esta misión de sabios no es vinculante para los Gobiernos en ejercicio, como no lo fueron las anteriores misiones. Por un país al alcance de los niños, brillante texto que Gabriel García Márquez escribió cuando fue miembro de la misión de 1994, es celebrado y olvidado a partes iguales. Como dice García Márquez, “Pues somos dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad”.

El libro se estructura en los siguientes capítulos:

Capítulo 1. la educación y la gente

Capítulo 2. El sistema de educación colombiano

Capítulo 3. El vaso medio lleno

Capítulo 4. El vaso medio vacío

Capítulo 5. Maestros

Capítulo 6. La Educación Superior

Capítulo 7. Casos de éxito

Capítulo 8. Lo que nos espera

La introducción plantea la intención del libro con un juego de palabras: “La relación entre política y educación es compleja y su tratamiento puede sucumbir en arenas movedizas. Se aborda, en varios lugares, la influencia de la política en la educación, pero no tanto la influencia de la educación en la política y menos el uso del tema de la educación para hacer política” (pág. 14). El autor considera que es más fácil estudiar la relación causa-efecto de las políticas sobre el sistema educativo, que estudiar la influencia que ejerce la educación recibida sobre la convivencia política presente y futura. Tiene razón, este segundo aspecto es tan esencial que es difícil dilucidarlo. El uso del tema de la educación para hacer política es habitual en las campañas electorales, con promesas no siempre realizadas ni realizables.

El primer capítulo, tras una breve reflexión sobre qué es educación, resume los principales hitos en la construcción del sistema educativo colombiano, sobre todo desde la independencia del país. Subrayo un dato: “En 1844, mientras el gasto en guerra era el 44% del total del presupuesto, el de educación apenas alcanzaba el 0,54% y permaneció casi sin cambios hasta la Guerra de los Mil Días, muy al comienzo del siglo XX” (pág. 42). El autor destaca el conflicto entre la Iglesia y quien defendía la educación laica. Dicha tensión provocó la guerra civil de 1876 y 1877, vencida por el bando eclesial dando lugar a la conservadora Constitución de 1886 y al Concordato de 1887: el contenido, la financiación y el ejercicio de la educación –gratuita pero no obligatoria– quedaba en manos de la Iglesia, librándose el Estado de tal función. A pesar de los pesares, Wasserman es optimista sobre la evolución democrática de la educación del país, recordándonos que “en 1964 el índice de analfabetismo era del 27,1% y hoy es inferior al 5%. En 1954 los colombianos que vivían en las ciudades tenían una escolaridad promedio de 4,11 años y los del campo de 2,03. El año 2017 se había llegado a 9,7 para la ciudad y 6 años para el campo” (pág. 37).

El capítulo dos describe los principales documentos legales que construyen el sistema educativo colombiano. La Constitución de 1991 es la carta magna. Su artículo 27 defiende la libertad de enseñanza, aprendizaje y cátedra. El artículo 67 “define la educación como un derecho de la persona y un servicio público con función social” (pág. 47); la Corte Constitucional enfatizó su calidad de derecho, si bien el artículo limita la obligatoriedad y gratuidad a diez años –de los cinco a quince años de edad–, dejando claro que “al Estado le corresponde ejercer la inspección y vigilancia que garanticen el cubrimiento del servicio (no dice acá derecho)” (pág.47). Los artículos 70 y 71 definen “el deber que el Gobierno tiene de fomentar y promover el acceso a todas las culturas de la Nación en igualdad y con dignidad” (pág. 46), así como su deber de incluir la investigación científica, la cultura y la creación artística en sus planes de gobierno.

La Ley 30 de 1992 reglamenta la Educación Superior. La Ley 115 de 1994 (Ley General de Educación) rige el sistema actual para infancia y juventud, con sus comunidades, objetivos, organizaciones, formación de estudiantes y profesores. La Ley 115 no ordena un currículum nacional para que los centros educativos tengan autonomía en la construcción de su Proyecto Educativo Institucional (PEI), autonomía que no siempre es asumida como oportunidad, reto y responsabilidad por parte de los centros. La Ley 115 también regula la formación de educadores, carrera docente, escalafones, estímulos, directivos… La formación continua del profesorado y su evaluación son asignaturas pendientes. Si los maestros persisten en no ser evaluados con rigor –ahora hay una evaluación autocomplaciente que poco evalúa– tendrán escaso interés en formarse continuamente para mejorar el aprendizaje de sus alumnos –bastantes maestros tienen postgrados que no repercuten en la calidad del aprendizaje de sus estudiantes, y sí en el salario del docente–.

Wasserman dice que ni la Constitución ni la Ley 115 atiende la educación temprana –de cero a cinco años–. La Convención de Derechos del Niño se incorporó a la legislación en el 2006 con la Ley 1098, y el Código de la Infancia y la Adolescencia para el desarrollo integral de la primera infancia es del 2016. En los últimos años el país ha dado un gran salto alcanzado el 28% de cobertura de la primera infancia, sea con madres comunitarias o con profesionales especializados en la edad temprana. En definitiva, vemos un esfuerzo de los diversos gobiernos para mejorar la educación con varias herramientas. Los tres Planes Decenales de Educación dan fe de ello, aunque no sean vinculantes. El de 1996-2005 promueve la participación ciudadana por la educación desde las regiones. El de 2006-2015 enfatiza el buen uso de los recursos para una educación enfocada en el trabajo. El de 2016-2026 “reconoce que existe un consenso mundial sobre la educación como elemento que garantiza el goce de los derechos humanos fundamentales” (pág.61), señalando al ecosistema cultural como formador protagonista junto a los centros educativos.

Los capítulos tres y cuatro son dos caras de la misma moneda, uno titulado ‘El vaso medio lleno’ y el otro ‘El vaso medio vacío’. Ante las evidencias de lo logrado, el autor hace bien en transmitirnos optimismo, dado que no hay aprendizaje sin optimismo. Sin embargo, recordemos que los logros colombianos se alcanzaron dentro de una mejora mundial de la educación, favorecida por organizaciones internacionales como la ONU; cuando la marea sube, sube para casi todos… y cuando baje, bajará para casi todos. Entre los problemas a resolver en la educación de la infancia y la juventud colombiana, el autor señala la falta de calidad y la extrema inequidad. La calidad de los colegios oficiales –los no privados– era mejor décadas atrás; una mala gestión de sus capitales simbólico, social y pedagógico les ha restado fuerza en beneficio de los colegios privados. Además, la calidad es muy dispar entre las zonas rurales y urbanas, como si fueran dos países opuestos. La inequidad se expresa en un arco iris variado: económica, social, cultural, étnica, de género… La estructura socio-económica de Colombia es un edificio que atrapa a sus ciudadanos en la clase social donde nace, sin apenas dejarlos ascender por vías legales. Mis reseñas de los libros La quinta puerta y El orangután con sacoleva describen varias causas y efectos de la inequidad colombiana.

El capítulo quinto está dedicado a los maestros. En 2019, el número de maestros oficiales era 333129. El 86% de los recursos para educación que se distribuyen con el Sistema General de Participaciones está destinado a la nómina del magisterio. Una gran inversión. A cambio, los maestros, como servicio público que son, deben rendir cuentas de su labor. Para eso sirve la evaluación continua del profesorado: ¿cómo sabemos si sus proyectos pedagógicos y didácticas están funcionando? ¿qué es más importante, saber enseñar o conocer bien la disciplina que impartes? Los maestros colombianos dicen que la pedagogía es más importante que la disciplina. ¿Qué pedagogía? La mayoría citan pedagogías activas, constructivistas, cognitivas… “pero cuando listan los libros que les sirven como referencia para su trabajo discrepan bastante de lo anterior” (pág. 132). Una evaluación amplia y continua –que no inquisitiva– al profesorado ayudará a diagnosticar la situación real y a plantear estrategias de mejora con criterios profesionales, evitando decisiones de motivación ideológica que poco ayudan a la infancia.

El capítulo sexto trata de la Educación Superior. Hace cincuenta años la cobertura era del 4%, hoy es el 53%, siendo 2.267.140 estudiantes en 2018 que se reparten casi al 50% entre la universidad pública y la universidad privada. Hay unas 300 universidades colombianas –muchas dicen serlo sin serlo–, pero en 2018 sólo 52 instituciones estaban acreditadas por el Consejo Nacional de Acreditación; es decir, el 39,4% de los estudiantes estaban inscritos en un programa acreditado. La universidad pública sufre una grave definanciación provocando el desgaste de las infraestructuras, del profesorado, de la docencia y de la investigación. A su lado, la universidad privada no ha dejado de crecer con instituciones y programas, convirtiéndose en un negocio lucrativo –aunque la Constitución diga que la educación no puede ser un negocio–. Los gobiernos han desarrollado políticas para favorecer la demanda y otras para favorecer la oferta. El autor apoya las políticas de oferta, poniendo el ejemplo de Brasil, donde años de apoyo a la oferta colocó a varias universidades estatales entre las mejores de América Latina.

El capítulo séptimo enumera algunos proyectos de éxito, tanto en la educación obligatoria como en la no obligatoria, para la infancia rural y la urbana, en universidades públicas y en privadas. Destaco Vamos a la Filarmónica, de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, que desde 2013 trabaja con colegios de la capital alcanzando ya los 26.000 estudiantes en 33 colegios distritales, 17 centros filarmónicos locales y 8 centros hospitalarios. Con la educación gratuita que imparten 300 maestros músicos, los estudiantes aprenden iniciación musical y rítmica corporal, tocan instrumentos y forman bandas, ensambles y orquestas.

El capítulo ocho, con el título ‘Lo que nos espera’, repasa documentos que han estudiado el presente educativo en varios momentos y han lanzado propuestas de transformación. Por ejemplo, los tres Planes Decenales ya citados, los Planes de Desarrollo de cada gobierno, el documento sobre Educación Superior producido por el Consejo Nacional de Educación Superior entre 2012 y 2014, el decálogo Colombia la más educada en el 2025 del Ministerio de Educación en 2015 para ser los mejores en Latinoamérica, o la Misión Internacional de Sabios de 2019 –donde estaba el autor del libro–. Esta última define tres grandes propósitos nacionales para progresar en una ruta de conocimiento: Colombia-bio para una bioeconomía sostenible a partir de la diversidad biológica y cultural, Colombia productiva y sostenible para que la ciencia y la tecnología sean la fuente del progreso, Colombia equitativa que define la educación como motor central de la equidad y la movilidad social. No faltan las buenas ideas en el papel. Sí faltan la voluntad política y el consenso social para hacerlas realidad.

La educación en Colombia es un texto útil para aproximarse al sistema educativo del país, escrito por un científico de solvencia demostrada que ha ocupado cargos importantes en el establecimiento oficial, conoce las variadas realidades nacionales –aunque sea desde las alturas– y las ubica correctamente en el contexto global. Moisés Wasserman sabe que la educación exige ambición pedagógica y aprendizaje constante por parte de todos sus agentes, abrazados a las necesidades de las infancias locales y con la mirada en lo universal.

 

Charla donde el autor habla de su libro, aquí.

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