No soy una máquina (Contra el aburrimiento)

0
377

Y no quiero serlo.

 

Quiero, más bien, dejar de ser una máquina. En efecto, creo que soy una máquina. Sé que soy una máquina. Pero mi naturaleza de máquina no me gusta. No es mi verdadera naturaleza.

 

Las máquinas tienen una naturaleza matemática. Se me dirá que tengo una cruzada contra las matemáticas, y no es cierto. Lo que creo, más bien, es que las matemáticas tienen una cruzada contra el ser humano. Seguramente no son las verdaderas matemáticas lo que nos molesta, sino una mera excrecencia de las matemáticas, el cálculo y la obsesión de medirlo todo.

 

Quieren matar el alma con números.

 

Les voy a decir qué es lo característico del alma. El amor, la belleza, la alegría son característicos del alma. Lo que se nos quiere imponer es el deber, la funcionalidad y el aburrimiento. No sé exactamente por qué, alguien quiere que estemos todos mortalmente aburridos.

 

Cada día que pasa me siento un poco más despegado del sistema. El sistema de las normas, las obligaciones, las cosas IMPORTANTES, las prohibiciones y los plazos absurdos y desconocidos.

 

La tortura empieza ya desde muy pequeños, con los famosos DEBERES. Estúpidas obligaciones tediosas cuya finalidad es matar la alegría de los niños, destruir su naturaleza libre y convertirlos en idiotas obedientes.

 

Debemos desconfiar de todos aquellos que, de un modo o de otro, intentan darnos el coñazo. El coñazo, es decir, el aburrimiento, es una categoría filosófica muy poco estudiada. Se ha pensado y hablado mucho de la libertad, del amor, de la ética, de la muerte, del valor, de la angustia, de la soledad, pero probablemente nadie haya estudiado nunca con seriedad qué es realmente el aburrimiento.

 

No es la «acidia» de Petrarca. No es la melancolía. No es el spleen de Baudelaire. No es la angustia de los existencialistas. Ni siquiera es la monotonía de Machado, esa monotonía de la provincia, del no tener nada que hacer. El aburrimiento moderno viene de fuera, es activo (al contrario que la monotonía, que surge del no tener nada que hacer) y está organizado desde arriba.

 

Observen un detalle: todas las cosas aburridas son muy importantes. Las cosas aburridas deben hacerse porque si no sucedería algo horrible. El aburrimiento está unido a lo solemne y también al miedo. El aburrimiento es, en realidad, la otra cara del miedo. Los que tienen miedo pagan un precio por estar tranquilos. Este precio se llama aburrimiento.

 

El aburrimiento mata. Jamás debemos aceptar que nos aburran. Con controles, con informes, con reuniones, con normas y prohibiciones estúpidas, con obligaciones tediosas, obligándonos a hacer cosas que no queremos hacer (y en este punto me gustaría dejar un espacio en blanco para que cada uno lo rellenara con las formas de aburrimiento que afectan particularmente a su vida). Nadie debería hacer nunca algo que no desea hacer. Hacer lo que uno no desea hacer es malo para la salud, envejece y amarga a la persona y a la larga la hace enfermar.

 

No es extraño que los trabajos artísticos estén tan desprestigiados en la sociedad. A un músico, a un escritor, a un actor, a un bailarín, se le trata por lo general peor que a una puta callejera. A la mayoría de la población le parece que los artistas son gentuza y se asombran de que pretendan que les paguen por lo que hacen. Porque el trabajo artístico tiene una característica muy clara: es incompatible con el aburrimiento.

 

No se puede escribir una novela ni un poema ni dirigir una obra de teatro ni escribir una obra musical ni montar un ballet por obligación, porque es algo importante o porque debe hacerse por esta o aquella razón. Es, sencillamente imposible. Porque cuando aparece la mínima señal de coñazo, de normas, de obligación, el alma abre las alas y escapa. El alma es muy libre. Es tan libre que puede huir dentro de un vaso de agua. Es tan libre y sabe huir tan bien que muchas personas aseguran «que no existe» y que no la han visto nunca. Por supuesto que no la han visto nunca, y probablemente nunca la verán.

 

Las normas, la burocracia, las prohibiciones, los controles de calidad, las encuestas, las estadísticas, etc. etc. no sirven absolutamente para nada. Sirven sólo para molestar, para hacernos perder el tiempo y para matarnos de aburrimiento. Usted me dirá que sin burocracia esto sería un caos. Pero la burocracia no es una necesidad funcional sino una simple táctica para tenernos entretenidos. La burocracia podría ser enormemente sencilla, toda su complicación es intencionada.

 

¿Intencionada por qué? Porque hay algo en la sociedad, algo, no sé qué, y no sé por qué, que desea que todos seamos máquinas, máquinas obedientes. Y para conseguir nuestra obediencia nos inoculan el miedo. Y para librarnos del miedo nos ofrecen como solución el aburrimiento. Así, nuestro tedio asegura nuestra obediencia.

 

 

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.