No tenemos ni idea

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Te peinas con esmero. Escoges el mejor vestido de tu armario. El rosa no, que es cursi. El rojo es demasiado. Tal vez algo más sobrio. Negro, elegante. Después te ocupas de los zapatos, del bolso. Que no desentonen. La chaqueta. Te pintas los labios, raya en los ojos. Te miras. Estás bien. Estás preparada. Entonces te sientas en el sofá a esperar: tiene que ocurrir algo. Tiene que venir alguien. O al menos eso crees. Pero no pasa nada y el timbre no suena. Esperas, esperas, esperas aunque no sabes bien qué estás esperando. Tal vez a los invitados. O a algo grandioso, quien sabe. En realidad, quizás estás esperando a la vida, a la belleza. Y sin embargo nada ocurre.

 

 

Te  preparas. Te peinas con esmero. Escoges el mejor vestido de tu armario. El rosa no, que es cursi. El rojo es demasiado. Tal vez algo más sobrio. Negro, elegante. Después te ocupas de los zapatos, del bolso. Que no desentonen. La chaqueta. Te pintas los labios, raya en los ojos. Te miras. Estás bien. Estás preparada. Entonces te sientas en el sofá a esperar: tiene que ocurrir algo. Tiene que venir alguien. O al menos eso crees. Pero no pasa nada y el timbre no suena. Esperas, esperas, esperas aunque no sabes bien qué estás esperando. Tal vez a los invitados. O a algo grandioso, quien sabe. En realidad, quizás estás esperando a la vida, a la belleza. Y sin embargo nada ocurre.

 

Esperar la llegada de la vida para que ésta no nos pille desprevenidos; esa es la sensación con la que me quedé después de ver La gran belleza. Me alegré mucho de que –por fin– este año hicieran caso a mi quiniela en los Oscars. Porque la película, preciosista y preciosa, no es solo esa fotografía de la Roma que no vemos los turistas, sino la imagen de esa vida que a menudo se nos escapa en titubeos; la vida debajo de la vida, las corrientes subterráneas que solo se perciben en momentos de silencio; cuando acaba la fiesta.

 

Jep Gambardella, el protagonista de la película, es el escritor de una gran obra que ha perdurado a través de los años. La publicó en su juventud y desde entonces no ha vuelto a escribir nada. Se ha pasado los días esperando algo, estando muy atento a la vida para no perderse ni un detalle, deseando, tal vez, encontrar un nuevo punto de arranque para escribir. Pero Gambardella es lo contrario a un intelectual rancio que pontifica desde su salón. Es un hombre que ha vivido en y desde la sensibilidad queriendo ser el mayor de los mundanos. Se ha construido una vida de excesos pero también de belleza. Una vida un poco a la intemperie, siempre a la espera de algo más grande. 

 

Esta tarde, a las cuatro, mientras tomaba un café, he vuelto a pensar en Gambardella. En la mesa de al lado una pareja de amigos hablaba de cosas profundas. Poco acostumbrada a que estas conversaciones tengan lugar a las cuatro de la tarde, no he podido evitar dejar todo lo que estaba haciendo cuando uno de ellos, después de un silencio, ha dicho con rotundidad y cierto malestar: No tengo ni puta idea. Y de repente el interlocutor ha vuelto a hacerle esa pregunta que me había perdido: ¿Qué es entonces lo que has estado esperando durante todo este tiempo? Se ha hecho otro silencio y ha vuelto a responder: No tengo ni puta idea

 

Siendo honestos debería decir que no he llegado a averiguar cuál era exactamente el problema. Al chico-que-no-tenía-ni-puta-idea lo han llamado por teléfono y después de la interrupción, la charla profunda ha seguido por derroteros más de acuerdo con la franja horaria. Pero su rotundidad me ha hecho pensar en Gambardella. O en realidad, no tanto en Gambardella, sino en todas las veces en que hemos estado esperando a que llegue algo sin saber bien qué es ese algo. Que llegue la vida, la felicidad, la belleza y que todo sea en mayúsculas, por favor. Para que luego nos pregunten qué estamos esperando y no sepamos qué decir. Más allá, claro, de que no tenemos ni idea. Ni puta idea.