No woman no cry

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Queridas señoras guineanas: Arriba, en el título de hoy, os presento una canción que popularizó el siempre con nosotros Bob Marley, hijo de un capitán inglés. Como es el título de una canción de una gente que iba por libre en materia lingüística, no podemos sacar en claro qué lo que quiere decir. Pero como la libertad invita, podemos traducir este título por Ni mujeres, ni lágrimas. O sea, que ninguna mujer siga llorando. (En realidad, el inglés es una lengua maravillosa, pues hay millones de personas en el mundo que creen que la conocen, aunque no sea verdad).

 

Si con el título tenemos tantos problemas, imagínense los obstáculos inmensos para conocer las entrañas del cuerpo animal de la canción. No emprenderemos esta tarea, pero lean algunas letras de su empiece:

Said said/ Said I remember when we used to sit/ In the government yard in Trenchtown/ Oba, ob-serving the hypocrites

                No haremos ningún intento por hacer una versión de este desordenado trozo al romance más llevadero, pero con un poco de esfuerzo veremos que lo que popularizó el trenzado hijo del capitán Marley decía algo así como que las personas a las que se refería, gente de raza negra, recordaba cuando se sentaba en su barrio gubernamental de Trench Oba para observar a los hipócritas. Curioso, ¿verdad? Porque por lo que seleccionamos aquí nadie podrá saber qué hipócritas son estos que merecían la atención de la gente importante del famoso barrio.

 

En realidad no íbamos a hablar de esto, sino un poco de las mujeres de la Guinea Ecuatorial. Cuentan las historias orales y medio escritas que hubo una vez que las mujeres corisqueñas eran tan peligrosas para los intereses coloniales que no se le permitía que viajaran a Santa Isabel, ni era bien visto que se les viera en público con los hombres de raza blanca por una cuestión de la que se tiene información incursionando en la intimidad, tanto de ellas como de los hombres que tan bellamente legislaban. Y es que si el asunto es tan íntimo como lo percibimos, era importante saber cómo tuvieron la información de las prestaciones de las corisqueñas para que  creyeran que eran un peligro para las parejas de los blancos de aquella época.

 

Lo que pasa es qué se creían ellos para no creer que era más normal que aquellos hombres se arrimaran a las bellezas nativas en detrimento de sus esposas oficiales, sujetas a las rancias maneras de concebir las cosas de puertas adentro, fruto de lo que se creía que era la moral. Estamos viendo que la gente de Trench Oba van teniendo razón.

 

Aquí en la Guinea queremos hablar de cuando todos veíamos a las mujeres detrás de su montón de malanga o de plátano, productos traídos de las huertas de sus poblados, allá en Batoicopo, en Botonós, en Sampaka. Hablar de Riaba era impensable, pues para los kilómetros que lo separa de Malabo había que hacer varias horas, muchísimo más que las que se hacían para coger un avión lento hacia las tierras de Río Muni. Avanzamos un tiempo y arreglamos las carreteras, y hoy vemos a otras mujeres detrás de un montón de malanga o detrás de un montón pestilente de caracol e intentamos averiguar las causas por las que sigue sentada en negocio tan mal mirado. Seguimos recorriendo el país y descubrimos que existe en su capital un Ministerio de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer. En este ministerio no sabemos si hay documentos de cuando a las de Corisco se les impedía ejercer su derecho a usar el barco de los colonos para llegar a la capital, ni sabemos de si hay archivos sobre el desempeño de los hombres de raza blanca durante las horas de ocio. Y es porque esta vez podían ser los hombres los que sufran las prohibiciones, pues son las que llevan las riendas de los negocios, de todos.

 

Esto es de lo que queríamos decir, queridas guineanas: Hay algunas chicas a las que últimamente vemos al volante de unos coches que no podrían adquirir los chicos de su edad. Entonces, tampoco podrían ser coches pagados con el dinero de sus esfuerzos laborales, toda vez que sabemos cómo van las cosas allá en la UNGE, por ahora la cumbre del saber nacional. Y la UNGE, que sepamos, no es una perla, y no es que no se quisiese. A lo que íbamos. Como sabemos que los hombres son fuertemente acusados por los casos de corrupción en los que van metidos, y de hecho hay en la calle, en la puerta de la dirección general de tráfico, un documento de un partido político en el que se denuncia a su director general porque no sabría demostrar la procedencia de los ingresos que le permiten construir un edificio de cinco pisos que se podría valorar en unos 950 millones, queremos preguntar a las mujeres si alguna vez se darían por aludidas si se les metiera en el saco de los acusados en el despilfarro de las finanzas nacionales. Pero lo preguntamos a las esposas de los acusados y a las madres de estas hijas que van tan galanas a lomos de estos caprichos millonarios.

 

Y es porque ocurrirá que alguna vez se dirá que en África las mujeres están marginadas y que cargan con todos los trabajos de la casa y de todo el pueblo, y todo ello es por culpa de los hombres. Que el machismo es la imposición de las leyes y las costumbres de los hombres, y que muchas veces de ellos sufren las mujeres, no se negará. Pero podría ocurrir con los asuntos guineanos que cuando se descubra la identidad de los hipócritas que son mirados por los residentes del pijo barrio de Trench Oba, abramos los ojos porque llevarán los nombres de las que hicieron un intento por estudiar con nosotros y que fueron llevadas por la corriente destructiva impuesta por los coroneles, quienes siempre han gozado de poder. Entonces algo habrá cambiado en la percepción que tenemos de la verdadera historia de Guinea. Entonces, se podría decir que hay muchísimas mujeres que se merecerían algo más que ser llamadas hipócritas. Y es que ya sabemos quiénes se sientan mejor en los bancos de los barrios pijos similares a Trench Oba cantado por el admirado hijo del capitán. Vemos, con este final, que los que alcanzan el éxito en este mundo son, a menudo, los hijos de los que llevan galones.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.