Nómadas en las tierras catalanas del Segrià. Recoger fruta en plena pandemia

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Manuel Martínez se acicala temprano con la intención de buscar trabajo como jornalero un día más. Ha dormido en un colchón a la intemperie pues en la pequeña barraca que su colega Mohamed Handal construyó para pasar inadvertida no caben los dos. Desde su parcela sin cultivar y señales de abandono se avistan humaredas matutinas en los campos frutales de Aitona, cercanos al río Segre. Dos familias rumanas emparentadas se protegen quemando citronela para ahuyentar a los mosquitos. Es su décimo año recolectando fruta. Trabajan a destajo desde las 7 de la mañana. En la vecina Torres de Segre, Thiam se ajusta una redecilla por encima de la gorra y la mascarilla para protegerse también de las picaduras. Reconocido como refugiado hace dos años, comenzó a trabajar en 2019 gracias a la recomendación de un paisano. Él es la excepción entre sus compañeros, todos veteranos del Segrià entre 7 y 10 años.

La campaña del 2020 viene marcada por la pandemia. El Segrià se da a conocer en el mundo por los rebrotes del virus. La alarma social se expande. El 12 de julio se decreta confinamiento total en la ciudad de Lleida y en 7 poblaciones de la comarca catalana. Se permite únicamente el libre movimiento para aquellos que forzosamente tengan que trabajar fuera. El fantasma del contagio de la Covid-19 está demasiado presente. A mitad de julio en Torres de Segre 36 temporeros dan positivo. Se confinan 15 en el pabellón deportivo gestionado por la organización no gubernamental Open Arms, que ha firmado un acuerdo con el Consell Comarcal del Segrià para asistir a los enfermos, aquellos que en palabras del alcalde Joan Carles Miró “no pueden estar en su casa o no tienen casa”. Doce días después, la cifra de diagnosticados de coronavirus aumenta a 89, aunque al pabellón solo entra una persona más.

Una fórmula legal deja al temporero económicamente a la intemperie en caso de enfermedad. Si puede escoger trabajará. Liviu y Mariana, originarios de Rumanía y temporeros itinerantes por España desde hace años, recibieron una orden de confinamiento del departamento de Salut tras detectar que su compañera de alojamiento estaba infectada de coronavirus. Se sienten abatidos porque se ha dictado orden sin practicarles ninguna prueba. Tan solo han recibido un comunicado por escrito. Diez días confinados que suponen un vacío en sus ingresos.

El llamamiento que hizo la Unió de Pagesos en el mes de abril ha atraído a personas de toda condición en toda España. “Teníamos miedo que no hubiera suficientes temporeros. Rumanía, Marruecos y África también estaban en confinamiento”, reconoce el alcalde de Torres de Segre. Dice que la convocatoria pretendía ofrecer trabajo a personas desempleadas en el Estado Español a causa de la crisis económica desencadenada por la Covid, pero con la apertura de fronteras acuden temporeros que ya tenía previsto contratar, a tiempo para iniciar la temporada. De hecho, desde la Unió de Pagesos explican que la dinámica es acordar el trabajo con el personal en el mes de enero, con “los repetidores”, en su mayoría africanos o del Europa del Este, y si alguno no puede venir piden recomendaciones a aquellos en quien más confían. Si el albergue municipal de Torres de Segre está preparado para acoger a 110 temporeros, este verano no ha habido más de 40, y de ellos solo uno de origen catalán, contratada por primera vez en respuesta a la convocatoria abierta por la organización agraria.

Manuel Martínez, de nacionalidad española, decidió abandonar a finales de abril el pabellón de la Fira de Montjuich en Barcelona, habilitado por la pandemia para acoger a personas sin hogar. Durante semanas visita todas las empresas hortofrutícolas en la zona de Serós, Soses y Aitona. Recibe una oferta a partir de julio, pero todo se queda finalmente en tres jornadas esporádicas, con propuestas de trabajo de un solo día, sin contratación alguna, y la retribución al final de la jornada. Su colega Mohamed, también de la Fira, tiene más suerte. La experiencia previa como jornalero le ayuda; el permiso de trabajo, también. Enseguida lo contratan para cuatro meses. Cobra 6,3 euros a la hora. Sin opción de alojamiento decide construirse una barraca en un lugar oculto cercano a unos campos, que comparte con Manuel durante un tiempo.

La granizada del 16 de junio destroza la fruta de múltiples explotaciones que se ven obligadas a renunciar a la campaña, y recurren al seguro agrario para poder compensar las pérdidas. Muchos contratos de mano de obra no llegan a prosperar, o se rescinden antes de tiempo. “He perdido 100.000 kilos de fruta”, confiesa Josep Maria Companys, coordinador de la Unió de Pagesos, que en esta temporada ha tenido que atender a más medios de lo habitual para dar respuesta al incremento de africanos durmiendo a la intemperie en Lleida.

La ciudad de Lleida ofrece una imagen extraña, vacía y silenciosa, confinada a finales de julio. La excepción se encuentra en la conocida como “plaza de los africanos”, en el casco histórico, donde se hacinan día y noche subsaharianos a la espera de un trabajo, aunque sea eventual. “Algunos payeses pasan por aquí a horas determinadas y nos ofrecen trabajo para el día siguiente”, explica el joven Ousmane, de 18 años, que se trasladó a Lleida desde el País Vasco. No es el único. Alí vino desde Italia en coche. Reconoce aún sorprendido que no tuvo ningún problema para cruzar fronteras por carretera. “Aquí no hay trabajo”, se lamenta Lamine, que duerme todas las noches desde hace dos meses cerca de la plaza. “La gente tiene miedo de los extranjeros porque creen que les vamos a contagiar el virus”, comenta Ibrahima, otro joven que se trasladó desde Murcia con la esperanza de hallar un empleo. Varios carteles colgados en el balcón de un bloque de pisos reclaman “¡Silencio! Temporeros durmiendo”. Desde el inicio de la temporada decenas de africanos duermen en estas calles. El futbolista del Mónaco Keita Baldé, de origen senegalés, conmovido por la situación de sus compatriotas, decidió socorrerlos reabriendo el Casal de Joves, un local situado en las inmediaciones que se cerró por el decreto de alarma el 14 de marzo. El Casal, además de otras acciones, ofrece hasta 200 menús diarios durante tres meses.

“Hemos de huir del tópico del payés que va a buscar jornaleros a la plaza”, afirma Companys desde la Unió de Pagesos. Recalca que se trata de unos pocos casos y que la mayoría de payeses está haciendo las cosas bien, contratando según marca la ley a los temporeros y alojándolos en albergues municipales o viviendas compartidas, cuando no tienen otra opción.

Las expectativas que se despertaron al inicio de la temporada quedan frustradas. Primero por la propagación del virus, después por la inesperada tormenta de granizo.  A ello se sumó la presión mediática, que amenaza las posibilidades de distribución de la fruta recolectada. “Hemos tenido que reetiquetar la fruta con origen en Francia, porque el Segrià ahora no vende con tan mala prensa”, admite un joven payés que prefiere permanecer en el anonimato. “No es la primera vez que se hace”, revela otro payés que recuerda que en la reciente crisis con Rusia se llegó a etiquetar la fruta del Segrià con origen Rusia para que pudiese venderse allí.

Thiam huyó del ignorado conflicto de Casamance, Senegal. Su pueblo está situado en la frontera con esta región donde un movimiento independentista promueve la separación de Senegal y donde las incursiones son constantes. Entre los compañeros con los que recolecta fruta a diario no fue el único que huyó de Senegal. Ngourou era profesor de wolof en su pueblo, además de campesino. En 2005 llegaron en patera a las costas españolas. Su compañero de piso, Fode, no llegó a ir a la escuela jamás, pues su aldea está lejos de todo. Su vía de escape también fue la patera. “Arriesgar la vida en el mar para poder salvarla”, recuerda Ngourou cuando evoca la decisión más importante de su vida. Ambos viven en un piso compartido que les alquila el payés que les contrata por 100 euros mensuales. Son muchos los payeses que ofrecen alojamiento a sus trabajadores, desde pisos compartidos, antiguas casas payesas, barracones, almacenes y casetas… Este año a Abdel, de origen marroquí, le ha tocado vivir en una barraca que comparte con otro compatriota a coste cero. No tiene ni agua ni luz, pero está contento porque trabaja. Es algo excepcional debido a la pandemia, reconoce. Los años anteriores compartía piso con otros nueve jornaleros, pero este año, a fin de preservar cierta distancia en el interior de la vivienda, el payés lo ha reubicado.

El 30 de julio se levanta el confinamiento en Lleida. Manuel, que se había instalado en las inmediaciones de la estación de ferrocarril, y pasó varias noches al raso con otro excompañero de la Fira, decide regresar a Barcelona cansado de esperar un contrato que no llega. Algunos temporeros apuran sus últimos días, pues varios payeses dan por finalizada la temporada a mitad de agosto. El coronavirus hace tiempo que ha traspasado la frontera de la Franja de Ponent y se propaga por Aragón, donde han vuelto a la Fase 2. En el Segrià, Thiam y Ngourou planean trasladarse a Mollerusa para recoger manzanas. Su compañero Fode lleva ya unos días recogiendo uvas en el Penedés. Volverán a encontrarse más tarde en Valencia, Murcia o Jaén, en una ruta cíclica por la península, una temporada tras otra.

 

Este proyecto documental es posible gracias al Fondo Covid-19 del Centro de Periodismo Europeo. Se pueden leer otros artículos en el blog de la autora, Los confines de la sociedad.

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