Me enteré con cinco años de que realmente me llamaba como me llamo: Nicanor. Les puedo asegurar que no constituye un recuerdo sublime almacenado en esos palacios de la memoria inigualables conocidos como los desvanes de la infancia. Todo el mundo, mi familia, mis compañeros de preescolar (no recuerdo cómo se llamaba entonces esa etapa educativa, sé que luego ha sido denominada párvulos, infantil, etc., hasta que un nuevo ministro decida sustituir el nombre anterior, que es como solemos reformar las cosas en esta nuestra piel de toro), como digo, todo el mundo me conocía por un hipocorístico (sí, es una palabra que adoro, lo reconozco, pero amenazo con volver sobre ella. Digamos, pues, diminutivo) que simplemente quitaba la última sílaba de mi nombre y le añadía una –r– epentética, supongo que, por razones eufónicas, fruto de algún balbuceo infantil, con esa manera cibernéticamente compleja que tienen los bebés de hacer inteligible –o hacer inteligible para sí mismos– un nombre con demasiadas sílabas o demasiadas consonantes, al menos en nuestra lengua.
“Nicanor”, me dijo en una ocasión un compañero de pupitre, con tono de desafío. Yo interpreté correctamente sus intenciones y tras un duelo infantil consistente en un intercambio de bofetadas al aire, no siguiendo precisamente las normas del Marqués de Queensberry, llegué a mi casa en un mar de lágrimas. “¿Qué te ha sucedido, Nícar?”. “Nada”, repuse. “Me han insultado gravemente. Me han dicho que me llamo Nicanor”. Mi padre, Fermín Gómez, que estaba por allí, intervino raudo en la conversación –él precisamente, el único responsable de la fechoría de ponerle semejante nombre a un niño– y me dijo con un tono que yo asocié inmediatamente con la voz tonante de Moisés descendiendo del Monte Sinaí con las Tablas de los Diez Mandamientos (sí, era un niño excéntrico y bastante precoz: en aquel momento estaba devorando una Historia Sagrada con ilustraciones que había pertenecido a mis hermanas): “Te han llamado así porque ese es tu nombre”. Tras darme la prueba irrefutable enseñándome la hoja correspondiente del libro de familia donde quedaba patente que aquella pesadilla era algo agoreramente real, añadió con un tono que no olvidaré nunca: “Ese es tu nombre. Acéptalo y llévalo con orgullo”. Tengo que reconocer que asumí lo primero, acepté a regañadientes lo segundo pero que incumplí la tercera instrucción.
A menudo me sorprendí a mí mismo acariciando la fantasía de cambiarme algún día el nombre o me vi en el trance, absolutamente dadá, de, al serme preguntado mi nombre por alguna adolescente en una discoteca, responder con el primer nombre que se me venía a las mientes. No, no es fácil para un niño, menos aún para un adolescente, llevar con la cabeza alta un nombre de esas características. Porque ahora sé que el nombre que me pusieron, o más bien me impusieron sin preguntarme mi opinión –el nombre de un hermano de mi abuelo paterno, Antonio, quien tuvo la fortuna de morirse siete días antes del estallido de nuestra Guerra Civil– tiene carácter. Y carácter, recordemos a los clásicos, es destino. Bueno, a veces, no.
Pertenezco, pues, a un dudosamente selecto club. Me llamo Nicanor. No conozco a nadie, y cuando digo nadie, es nadie (ya sé que no es muy correcto utilizar “nadie” para hablar de “alguien”, pero tengo debilidad por ese solecismo; me recuerda la chulería con la que Ulises respondió a la pregunta en la caverna que le hizo el cíclope Polifemo: “¿Quién eres?”. “Nadie”, respondió el de Ítaca), que se llame Nicanor menor de 80 años o que esté aún vivo. E incluso en esos casos no los conocía la mayor parte de las veces personalmente. “Ah, Nicanor, como…”. Nicanor Villalta, matador de toros; Nicanor Piñole, pintor; Nicanor Zabaleta, ilustre arpista, Nicanor Parra, sublime poeta. Incluso, y esto es particularmente gracioso, como los Nicanores de Boñar que me regaló una vez una colegial. Y Luis Alberto de Cuenca tuvo un perro que respondía a ese nombre, a quien le dedicó un bello poema, “El perrito Nicanor”.
Estudiando griego clásico en el Instituto –sí, lo confieso, estudié ese tipo de cosas– me enteré de que mi nombre significaba “hombre victorioso”, y tenía una variante: Nicandro. Sería mentir como un bellaco afirmar que enterarme de aquello me desagradó, aunque a mis 17 años, la pregunta que se abría paso en mi fuero interno era: “Aaa, ¿sí? ¿Y qué ha sido entonces hasta ahora de mi vida?, porque al parecer el nombre imprime carácter…”
Con el paso del tiempo –que todo lo cura; bueno, casi siempre– empecé a verle ventajas a mi nombre. No había que dar nunca los apellidos. Podía llamar –y puedo– por teléfono y decir con aplomo: “Soy Nicanor”, sabedor de que nadie me iba a decir nunca “¿Nicanor? ¿Qué Nicanor?”. Es un nombre que casi exige la partícula “Don” delante, como en el caso de los maestros, los curas y los médicos del mundo rural, ya desaparecido, del que un servidor procede.
Nombre victorioso, por tanto, y no; al final he de reconocer que el nombre no imprime carácter. Pues no me considero, ni podría considerarme, un hombre victorioso. Como dijo inimitablemente Graham Greene: “sólo unos pocos éxitos estratégicos antes del desastre final de la muerte o de la indiferencia”.
Pero hay otros nombres victoriosos. Voy a dejar, pues, de mirarme al ombligo. Para empezar los de origen germánico que contienen la palabra Sieg, “Victoria” (¡sí, la de Sieg Heil!). Los héroes y heroínas wagnerianas, como Siegfried (Sigfrido), Sieglinde, o Sigmund, en realidad Sigismund, el fundador de esa religión revelada con su profeta y sus escrituras sagradas conocida como Psicoanálisis (que todos los psicoanalistas que conozco me perdonen…). Y la versión española de Sigismud: Segismundo, uno de los personajes señeros de nuestra literatura, aunque fuera un príncipe polaco.
Y en España, nombres victoriosos también en la toponimia, que tienen esa misma partícula: Sigüenza (por Segontia, de ahí que el gentilicio de ese pueblo tan bello de Guadalajara sea segontino) o Segóbriga, o Segovia, o Sasamón (Segisama Iulia, en la provincia de Burgos, Caput Castellae).
Víctor Yagüe (doble o triplemente victorioso) un pupilo mío, quien, además de llamarse así, es de Segovia y tiene una novia estupenda… Su nombre es la traducción al latín del mío. O Vitor, como se dice en el norte (bueno, en Euskadi creo que se escribe Bittor). El Víctor que los doctores por la ilustre Universidad de Salamanca tenían –y siguen teniendo– derecho a pintar con una mezcla de sangre de toro, tinte rojo (y algún ingrediente más que ahora no recuerdo) en los vetustos muros de la ciudad de Fray Luis y de Don Miguel de Unamuno.
El mismo título de Víctor que se concedía a los generales, valga la redundancia, invictos, o el Víctor europeo por excelencia –aunque no fue invicto y por eso terminó sus días en la isla de Santa Helena, en mitad del Atlántico–: el gran vencedor en todos los campos de batalla de toda Europa y una de las piedras angulares de mi mitología personal: Napoleón, y con él su legendaria Garde Imperiale (Vieille et Jeune), cuya fanfarria era, precisamente, “La victoire est à nous”. O la victoria a la que olía el napalm de aquella colina para el chiflado coronel de caballería de Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, una de mis películas fetiche. Como diría Juan Luis Panero, adoro los fetiches.
Por hoy me paro (no me pongo en pie, como querría decir esta palabra allende el Atlántico o entre los ya desgraciadamente tan escasos hablantes de judeoespañol). Solo un breve apunte sobre El Reino del Ocaso, al que pronto volveré con renovadas energías (en esta bitácora, quiero decir). Con qué orgullo iba quien este pecio subscribe diciéndole a sus interlocutores en Tánger, en Chauen, en Fes, en Meknés, en Rabat, aquello de “mi nombre es de origen yunan (“griego”, de jonio) y significa en arabiya –la lengua de aquellos bazares, o zocos, para hablar con propiedad– Al–Nasser o Al–Mansur (como Almanzor, el de La piel del tambor)”. Victorioso.
Más vale enterarse de lo que significa el propio nombre tarde que nunca. Vamos, digo yo.






