¿Nos atrevemos?

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Este texto pertenece a la serie Remembranzas

El camino más corto para encontrarse a sí mismo, da la vuelta al mundo, escribió H. Keyserling, en 1918. Emprendemos el viaje para encontrar el camino de vuelta a casa/al hogar. Viene a ser lo mismo nacer para emprender un viaje en el espacio y en el tiempo que nos permita realizarnos, esto es, ser nosotros mismos en esas coordenadas que nos han tocado sin vidas anteriores ni reencarnaciones ni fatum ni condenación alguna.

No cabe elucubrar en lo que seríamos o podríamos haber sido en otras circunstancias. Cuando caes en la cuenta de que vivir aquí y ahora, en cualquier momento de tu existencia, no puede depender de dioses ni de designios ni de la suerte ni de vidas anteriores; salvo, en algún sentido, las de tus ancestros que te han transmitido herencias genéticas. A partir de ahí, haber tenido unos u otros padres, la mezcla y simbiosis e interacciones de esas herencias genéticas, la tribu y familia, entorno, tiempo y circunstancias espacio temporales, de clima, alimentación, educación y formación se ponen en marcha con esos datos que conforman e influyen en cierto temperamento y en lo que llamamos carácter, así como las circunstancias de los desarrollos y vivencias de quienes te rodean y, de una u otra manera, influyen en ti. Y tú… en no se sabe cuántos, pero no hay que olvidar esta variable de “posibles retornos” con las consecuencias de nuestras acciones u omisiones.

La religión aprendida, practicada o imperante en la sociedad de tu entorno a lo largo de generaciones y tiempos, así como los modos de vida, estamentos sociales, económicos, políticos y “morales” aún más que éticos han estado ahí/aquí y permanecen de una u otra forma, ejerciendo influencia en tu manera de ser, de sentir, de pensar, de actuar, de generar miedos o temores, expectativas o desengaños, fantasías, desarrollos hormonales, sistemas linfáticos y endocrinos, físicos y psíquicos… de los que no eres responsable en origen pero sí en las circunstancias, y en la formación de un carácter, que han ido afectando a la conformación de una personalidad.

Por eso, se impone una gran liberación de culpa, fortuna, castigo o atavismos, remordimientos que no puedas redimir y hacer tuyos, interpretar y asumir libremente. Ayer ya pasó, mañana es una hipótesis, lo que cuenta es la realidad física, espiritual y ética de aquí y de ahora… Para nada pueden someternos porque sí, sino que, al descubrir ese misterioso engranaje, podamos adecuar nuestras acciones a él e ir cooperando conscientes con el cúmulo de circunstancias que se presentan o actúan con independencia de nuestra voluntad. Ni de radiaciones cósmicas o sociales o de núcleos familiares y de encuentros imprevistos que no nos deben afectar más que en el proceso consciente y hasta “adquirido” de adecuarnos a ellos. Como el agua del río se adapta a los elementos geográficos de la naturaleza y los juncos a la riada.

O como el loto que hunde sus raíces en el cieno pero que se yergue nutriéndose de él y del aire, del agua y de la acción de pájaros, mariposas, insectos o de las circunstancias climáticas. No dependen de la flor, pero sí que ésta ha desarrollado la capacidad de cerrarse en si misma para protegerse de las agresiones del medio o aprovecharse de sus elementos positivos, alimenticios o de presión que aportan.

Nosotros, a cualquier edad de nuestra formación, debemos aprovechar ese momento de iluminación, de despertar, de caer en la cuenta, de liberación o de sabiduría que pueden provenir de nuestras acciones o de circunstancias de las que no somos responsables. Pero, una vez entrevisto el polvo en el rayo de luz que atraviesa la herida de la pared de nuestro ámbito… no podemos ya dejar de tomarla en cuenta. Y de vivir alerta, favoreciendo la mayor atención en nuestros actos y hábitos, costumbres, tradiciones, creencias y actos reflejos de los que ya no éramos conscientes.

No vamos a cambiar del día a la noche, ni las estrellas nos alumbran durante el día, ni por fuerte o profunda que fuera la experiencia (de experienciar y no sólo de experimentar) va a permanecer en el tiempo ni en nuestra mente. Pero sí que podemos aprovechar ese tenue despertar para ir introduciendo cambios en nuestro diario quehacer. No se trata de irse al exilio o de ponerse en viaje o de trepar a la cima de monte alguno, Tabor, Olimpo, Kailash, Sinaí, … ni buscar y encerrarse en templo alguno o en irse al desierto o a vagabundear mundo adelante o en ensueños, fantasías o en imaginaciones de la mente. El Edén ni existe ni ha existido, la Tebaida fue construida por fantasías y hasta por demencias; ni ayunos ni privarse de estos o de aquellos alimentos, vestir estas o aquellas ropas, castigar tu cuerpo ni atolondrarnos por espejismos, mitos o religiones y creencias. Se trata de despertar y de recogerse en medio de la actividad cotidiana, profesional o familiar, en juventud o en la ancianidad, en salud o enfermedad… Wu wei, hacer sin hacer, adaptarse a los acontecimientos y saber hacer el silencio, abrirle espacios, buscar momentos de paz para poder respirar con tranquilidad. Al levantarnos o al acostarnos, al ducharnos, al bajar las escaleras o al salir a caminar, hagamoslo conscientes  de lo que estamos haciendo (NO “pensando en ello” xq nos pegaremos un porrazo); no “pienses” en esos árboles ni en el césped o en las plantas del jardín o de la terraza. Contémplalas mientras sigues tu camino o tu descanso, no fabules ni trates de fantasear con nada. Así es, si así te parece. Que la flor sea flor, se muevan o no las ramas de los árboles, irise la luz del sol montes, valles, animales, personas y cosas… venga la noche y salgas a la terraza a subir el toldo o veas estrellas que antes no veías, pero no te quedes en nada ni en nadie… ni en ti mismo. Saborea tu comida y tu bebida, ese dulce, esa bebida o esa fruta… o sé consciente del mensaje de la sed o del hambre, del calor o del frío, de la lluvia o del viento… e la nave va, e la nave va.

Pero no dejes tus vivencias al socaire de los abrigos ni para caer en la cuenta del misterio del momento, de ese saberse, apreciar y saborear lo imprevisto o lo acostumbrado. Sí, esa taza de café, o ese alivio de tu cuerpo, tu reflejo en el espejo mientras te lavas las manos, el frescor de las sábanas, la toalla en la piel después del baño. Y no pasa nada cuando te descubres embebido en un trabajo, o en la modorra, o en el tráfico… Sonríe, sonríe siempre para saber llorar cuando proceda. Para saber callar, o estrechar sencillamente la mano o dar un abrazo. Recuerda, nunca pasa nada, y si pasa, ¿qué importa? Y si importa ¿qué pasa? Me lo repetían a menudo los internos en Centros penitenciarios y en otras versiones. “Profe, nunca pasa nada y si pasa, lo saluda”.
Pero hay una sabiduría basada en la experiencia sobre cómo aprovechar los momentos y los tiempos, los espacios y los silencios… hasta que, con la práctica, llegas a descubrir en lo que ocurre, una oportunidad, a challenge, un desafío, un mensaje que sólo tú eres capaz de percibir aún en medio de las muchedumbres solitarias, no solidarias, the lonnely crow. No importan la edad ni las circunstancias ni los espacios ni el tiempo. Aprendamos de los que nos precedieron o acompañan, de las experiencias sanas, sabias, contrastadas y al alcance de cualquier ser en cualquier edad y circunstancia. ¿Nos atrevemos?

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