Desde que tengo experiencia periodística me pregunto casi diariamente por qué el ser humano, decisivo en la transferencia histórica del conocimiento, es capaz de matar sin compasión y paliativos. Me pregunto si el gusto por el acto de matar es cultural, proviene del aprendizaje o está inserto y escondido en nuestro ADN. El debate moral, ético, cultural que se plantea sobre la costumbre de matar puede ser apasionante, pero a mí me produce miedo por la capacidad que tenemos de justificar o autojustificar todas nuestras maneras incorrectas de actuar.
Durante décadas he visto matar sin contemplaciones. Al principio, regado por una inocente creencia de que no todo estaba perdido, pensaba que los que matan son personas que carecen de empatía. Buscaba monstruos y me empecé a topar con personas normales y corrientes que se parecían a mi familia, mis amigos, mis conocidos. Lo cual era lógico porque si la violencia la protagonizaran monstruos, las guerras se acabarían en horas por falta de mano de obra. Porque si pregunto en un acto público, ¿quién estaría dispuesto a matar a su vecino o violar a su vecina?, dudo mucho que alguien levantase la mano.
La psicóloga criminalista Julia Shaw, autora del libro Hacer el mal, publicado en 2018, asegura: “todos somos capaces de cometer atrocidades si las circunstancias nos empujan en esa dirección”. Recuerda que “aunque la cultura popular tiende a asociar el asesinato con la locura, la realidad es que la mayoría de los homicidios no son cometidos por personas con trastornos mentales graves”. Y va más lejos cuando afirma: “nuestras mentes están diseñadas para poder disfrutar del sufrimiento de los demás”.
En 2021, una investigación del Museo Británico y las universidades de Burdeos y Toulouse, realizada con los restos de hace 13.400 años encontrados en un cementerio al norte de Sudán, demostró que ya entonces se mataba indiscriminadamente. El 75% de los restos humanos mostraban lesiones de ataques violentos.
En enero de 2016 se publicó otro demoledor informe de otra matanza en el lago Turkana (Kenia), ocurrida hace 10.000 años. Entre los restos recuperados había seis niños pequeños y un adolescente. Hace poco más de una década una investigadora sueca encontró en un bello paraje de su país diez cráneos de mujeres y hombres de hace 8.000 años atravesados por una pica con signos de torturas antes de matarlos. Hace un quinquenio, la revista Nature anunciaba el descubrimiento de una matanza de los nueve miembros de una misma familia, incluidos cuatro niños, asesinados en pleno Neolítico hace 7.300 años en la cueva de Els Trocs, en el Pirineo de Huesca.
Hace semanas se informaba del descubrimiento de otra matanza de hace unos 6.000 años en la región de Alsacia, hoy perteneciente a Francia. Eran los restos de un grupo enemigo enterrados tras una batalla. El equipo de arqueólogos consiguió reconstruir los esqueletos de 82 individuos con señales de violencia extrema que incluían cráneos destrozados y huesos perforados. Los cuerpos fueron mutilados y expuestos como trofeos. La idea era deshumanizar al contrario para fortalecer la identidad del grupo vencedor.
Cuando todo se desmorona y los puentes de convivencia se resquebrajan aparece la sed de violencia insaciable ¿Nos gusta matar a los humanos? Claro que sí. Al menos desde el Paleolítico Superior.




