Nosotros los animales

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Es la inicial tierna candidez con la que se nos presentan los personajes de Nosotros los animales (Random House, 2012), de Justin Torres, precisamente contra la brutalidad opresiva del contexto en el que se mueven, lo que nos provoca un franco deleite (estético, entiéndaseme bien), como ya señaló en su momento Nadal Suau, en su crítica para El Cultural, llamando la atención sobre la “elegancia compasiva” de la ópera prima de este escritor neoyorkino, de ascendencia puertorriqueña.

 

Es cierto que sin ello hubiese quedado probablemente una novela mucho más epidérmica. Así las cosas, en realidad, la historia de una familia mestiza, de orígenes puertorriqueños, en el Brooklyn de los años ochenta, es apenas el pórtico de la narración y sirve para establecer el contexto, los tintes del drama. Porque aquí, el verdadero quid de la cuestión es la alteridad sexual del protagonista: su homosexualidad. De ahí que sea importante, aunque excesiva (ocupa más de las dos terceras partes del texto), la parte que recorre la infancia de estos tres hermanos que funcionan al modo de una manada, o tribu, que se defiende no solo de las amenazas externas (los blancos, principalmente), sino de las internas: el hostigamiento incesante, pero también la incompetencia y desamparo de sus propios padres. Tres hermanos que se sentían como “un puñado de semillas que Dios ha arrojado al barro y al estiércol”.

 

La arquitectura narrativa que sostiene el texto es más bien funcional: un nosotros que, llegado ya el final se desvía a un yo, no tanto como signo de madurez, sino como pronombre que reclama la diferencia: la libertad (no se olvide que Torres pasó por el Taller de Escritura Creativa de Iowa). Asimismo, la recurrente metáfora del zoo, analogía de algo no humano, de un animal (entendida así la desviación sexual como algo pre-racional) acaba siendo reiterativa y su fuerza poética es meramente pragmática, apenas enfática. No obstante, la fuerza de la escena final, gracias además a los diferentes indicios, apenas unos pocos, lo que aumenta su potencial trágico, que se han venido colando por el texto, animan la profundidad dramática del desenlace: la alienación más absoluta en la que cae el protagonista de la novela, el menor de los tres hermanos. Esto es lo que, en última instancia, le da un inestimable valor literario al texto; amén de, como dijimos antes, el estilo empático y compasivo.

 

Durante toda la novela, y en referencia al tipo de vida que lleva esta familia, hace menciones el protagonista a su vida “fuera del tiempo”, a la creación de una burbuja de la que forman parte los tres hermanos y que les sirve de parapeto, como dijimos antes, contra el mundo y contra la tiranía de sus propios padres (no en vano, los niños se fugan en varias ocasiones durante la novela, aunque siempre les acaban pillando). Por eso es tan sobrecogedor el final, al ver cómo, contraviniendo el salvajismo descarado (por culpa de la falta de tutela parental) en la que se han criado los niños y que, llevada al extremo, se estira hacia la sexualidad no normativa del protagonista, ese salvajismo compartido con sus hermanos, sin embargo, se vuelve ley estricta: la masculinidad hegemónica puertorriqueña no tolera a los desviados. Y en su furor normativo, se vuelve mucho más salvaje, despiadada y cruel que aquello contra la que pretende luchar (y que, paradójicamente, considera igualmente irracional, peligroso y sucio, tanto como para internar al hijo en un psiquiátrico).

 

Es interesante cotejar esta idea puertorriqueña de la masculinidad violenta, heroica y cruel (aquí aun incólume; estamos en los años 80), con los estragos que sufriría ésta en las décadas subsiguientes y que pueden verse en los relatos de Junot Díaz.

 

Nosotros los animales, a pesar de ser ficción, se fundamente en circunstancias cruciales de la vida del propio Justin Torres, a él también le descubrió su madre un diario íntimo donde plasmaba sus fantasías homoeróticas y también estuvo ingresado en un hospital psiquiátrico (sufrió una sobredosis y llegó a estar en coma). Esto, sin restar ni añadir un ápice al valor lírico del texto, ayuda a explicar la violenta explosión narrativa del final de la novela, cuando la familia del protagonista se demuestra incapaz de lidiar contra la homosexualidad del joven y lo manda a un psiquiátrico.

 

Por último me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que en ningún momento de la novela sabemos el nombre del protagonista. Sí el de sus hermanos, Joel y Manny. De alguna manera, es como si Justin Torres nos advirtiera de lo que no se nombra no existe. Y por eso es tan importante escribir sobre ello.

 

De hecho, nada más llegar a la pubertad, a nuestro protagonista no le queda más que oponer la palabra a la violencia, su arma contra la irracional intolerancia es la inteligencia, y así nos dice que, lleno de odio y vergüenza ajena, no le quedaba otra que, secretamente, ir afilando “mi facilidad de palabra y mi lengua viperina”.

 

El lenguaje como recurso contra la barbarie, pero también como modo de salvación personal.

 

Una vez más.

 

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