Nota a pie de página

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Estaba yo dándole vueltas al post de esta semana y no sabía si hablar del desbarajuste del euro o dar mi opinión sobre el partido de mañana entre el Madrid y el Barça, cuando revolviendo en un cajón en busca de un sacapuntas (pues yo a veces tengo la manía de escribir a lápiz), saqué de su fondo, como quien saca una lata herrumbrosa del fondo del mar, un cuadernillo todo repleto de apuntes y de citas anotadas por mí. Mucho de lo que allí había garrapateado me resultaba ajeno, desconocido, como escrito por otra persona, aunque reconocía desde luego mi letra. Algunos datos relacionados con un curso sobre Clarín me sirvieron para datarlo entre 1998 y 1999. Seguí pasando sus páginas con cierta curiosidad, pero en principio nada de interés y casi nada personal se leía allí. No había más que citas insustanciales y referencias bibliográficas. Ya al final, después de varias hojas en blanco, me encontré con unos cuantos versos bastante malos (¿míos quizá?) y en la página siguiente, con letras mayúsculas, estaba escrito en latín DILIGE, ET QUOD VIS FAC ( “Ama y haz lo que quieras”). La cita de San Agustín se complementaba con otra de Nietzsche, puesta debajo en letra roja, que decía: “Lo que se hace por amor se realiza más allá del bien y del mal”. No había ningún comentario más, salvo tres palabras, a pie de página, separadas por guiones:

 

amor – deber – renuncia

 

El cuadernillo era mío y todas esas citas y palabras las había escrito yo trece o catorce años atrás, pero me resultaba difícil saber exactamente por qué me había tomado la molestia de anotarlas. Me puse a pensar. La palabra “deber”, emparedada entre el amor y la renuncia, remitía seguramente a la ética kantiana, cuyo principio fundamental es que uno debe someter su conducta al yugo del deber, no al de la inclinación. ¿Sería acaso que me encontraba enamorado y que el deber me obligaba a renunciar por estar comprometido con otra persona? No, no lo creo. En 1998 yo era un hombre feliz en el plano sentimental, así que la intención de esa triada sería otra: un interés, me imagino, puramente teórico, en donde a lo mejor lo único que quería apuntar -o dejar señalado- es que el amor no entiende de deberes o de renuncias y que solo quien ama sin cortapisas ni constricciones es verdaderamente justo y virtuoso.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.