Notas de viaje

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El avión despegó y reparé en la caprichosa división del terreno, entre olivos, trigo y placas solares. «Un estampado de Desigual», pensé. A mitad de trayecto, una azafata preguntó si había algún médico a bordo. En un primer momento, seguí leyendo. Pero luego caí en la cuenta de que estábamos en asientos separados, en la fila cinco y en la treinta y uno. Me giré y vi que estaban atendiendo a alguien en la fila 15, así que retomé la lectura. Pero, a mi derecha, un japonés prestaba mucha atención a lo que estaba sucediendo atrás, y me distrajo. Se había girado por completo, estaba apoyado sobre su respaldo. Hasta que una señora francesa empezó a negar con la cabeza, conminándole a que se sentara correctamente. Ella lo miró como a un vulgar morboso. Él la miró como se mira el tocón de un tullido.

Una niña fotografió el paisaje desde la ventana. En los alrededores del aeropuerto de París, el terreno estaba dividido en menos parcelas, pero más grandes y ordenadas, como un polo de franjas amarillas, naranjas y verdes. Los neumáticos chocaron contra el asfalto, el avión se enfrentó al viento, y la azafata dio la bienvenida a Francia. Otra oportunidad que me daba la vida.

Los aeropuertos son menos aeropuertos si te esperan a la salida. En el coche, rumbo a Calais, me explicaron que las franjas amarillas eran de colza, planta destinada a la producción de aceite vegetal. A lo largo del viaje vería muchos campos de colza y no pocas miradas de desprecio. Se les da bien a los franceses esto último.

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De las palabras no siempre se pueden extraer conclusiones. Pequeños detalles, en cambio, pueden resultar reveladores. ¿Acaso no da una pista sobre la personalidad de alguien, por ejemplo, que deje una toalla limpia y un cepillo de dientes nuevo sobre la cama en la que dormirá su invitado?

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Nunca había cenado raclette. La parrilla doméstica contaba con dos niveles: en el primero, el inferior, fundíamos el queso sobre pequeñas y cuadradas bandejas individuales; en el segundo, el superior, calentábamos patatas o cebolla. Además, habían comprado embutidos. Así probamos diferentes tipos de queso y los mezclamos con los ingredientes que nos iban apeteciendo. Fue una cena divertida, un juego. Pero es que encima la cerveza era espumosa, se descorchaba. Cada litrona fue una celebración.

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Nunca echo en falta las persianas cuando no están. Es una costumbre, para mí, prescindible. Las gaviotas sobrevolaban el edificio, chillaban. A mi derecha, una respiración pausada, saludable.

Decidí empezar el viaje estrenando jersey. Otra ventaja de no estar solo es que no son tan necesarios los espejos.

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Algunas resacas tienen la deferencia, la elegancia, de marcharse después de una ducha.

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Bienvenidos al norte es la película francesa más taquillera de Francia. El protagonista, un funcionario de correos, es sancionado y tiene que trasladarse del sur al norte del país; concretamente, lo destinan a Bergues, en la región de la Alta Francia. La versión italiana se llama Bienvenidos al sur. En España también triunfó lo de rodar una comedia que girara en torno a los estereotipos de una zona del país. Fueron los años durante los que jugamos a llevarnos bien.

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Por la mañana, perseveramos en el cliché: sobre la mesa del salón, iluminado por los rayos del sol, resplandecía un trozo de mantequilla, refugiado en una coqueta mantequera de vidrio. El melón también era francés.

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Lo primero que hicimos nuestro primer día en Francia fue irnos a Bélgica. En Brujas, estuvimos en un restaurante cuyas camareras desprendían una simpática torpeza. Una mujer, probablemente jubilada, escribía y sonreía en la mesa de al lado. Surgió el tema de la necesaria desconexión de las obligaciones cotidianas. La sopa de verduras estaba buenísima.

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Agustín tiene referentes como Rafael Nadal o Cristiano Ronaldo. Piensa que los que llegan a lo más alto son los que siempre echan una hora más. Extrapola esta mentalidad de deportistas de élite a su trabajo en un despacho de abogados, y sus jefes están encantados con su implicación. Está casado y tiene dos hijas. Cuando estas eran más pequeñas, querían ver más a su padre, pero ahora agradecen que alargue sus viajes de negocios. Él, por su parte, valora que ni su mujer ni sus hijas obstaculicen su crecimiento profesional. Se trata de un pacto tácito con el que amabas partes están satisfechas. El libro que le regalaron por Navidad, de Santiago Posteguillo, lleva casi un año encima de su mesita de noche, se le está resistiendo. Pero es que llega a casa exhausto. Sueña con ser socio del despacho alguna vez.

¿Es este un retrato contemporáneo cualquiera?

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Las cámaras de impresión instantánea serían sólo un capricho si no fuese por la manifiesta intrascendencia de las fotografías de los móviles.

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«Gante es, entre otras cosas, la ciudad del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck», comentó el locutor. Nunca habíamos escuchado un pódcast presentado por alguien con frenillo. Nos costó encontrar aparcamiento.

Por la tarde, nos fuimos a una taberna entre pirática y vaquera. Destacaba la madera astillada, y en cada mesa había una vela, cuya cera se derramaba sobre la botella que la sostenía. Allí seguimos con la cata de cervezas, atendidos por un camarero muy enérgico que se daba un aire a Shaggy Rogers, el personaje de Scooby-Doo.

Las vidrieras oscurecían el local, lo cual, junto con el alcohol, espoleó las conversaciones. Dedujimos que, en la mesa de al lado, se estaba celebrando una cita Tinder.

Salimos por la puerta de atrás, que daba a un canal. En la otra orilla había más bares y restaurantes, iluminados con hileras de bombillas, estilo verbena, y la imagen se reflejaba sobre la superficie del río. Las vistas nos animaron a quedarnos un rato en la terraza trasera. Me sobrecogió mi fortuna (¡hip!).

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La música suena mejor cuando es de noche. «Je ne veux pas travailler», cantaba la radio, de vuelta a Calais. Me hizo gracia cuando reparé en que estábamos disfrutando del puente del Primero de Mayo (chiste fácil que, por mi bien, reservé para mi fuero interno). Un desvío en la autovía nos obligó a pasar por un control de aduanas, pero en la garita no vimos a nadie.

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A veces uno no sabe si los caminos se están separando o si está mareado.

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El domingo amaneció nublado. Fuimos a uno de los cementerios militares que hay en la zona. La región francesa de Nord-Pas-de-Calais fue testigo de catastróficas batallas tanto de la Primera como de la Segunda Guerra Mundial. «18TH MAY 1918 AGE 28, HE DIED THAT WE MIGHT LIVE», «15TH AUGUST 1918 AGE 20, GONE BUT NOT FORGOTTEN», «A VICTIM OF THE GREAT WAR, KNOWN UNTO GOD». Todo estaba muy bien cuidado. El césped parecía una alfombra.

Después continuamos nuestro recorrido en coche por la zona hasta llegar a un acantilado, donde el verde de los campos contrastaba con el blanco de sus paredes. La playa no era gran cosa, pero al menos podías subrayar la melancolía dominical tirando sus piedras al mar. El tiempo nos impidió ver, al otro lado de la orilla, Inglaterra.

No sabía que el apellido De Dios era el que le asignaban a los huérfanos.

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En la primera garita, nos atendió una funcionaria francesa y nos preguntó qué íbamos a hacer en Reino Unido y cuánto tiempo íbamos a estar allí. En la segunda garita, un funcionario inglés nos preguntó lo mismo, pero en inglés. Ambos revisaron nuestros pasaportes, y la palabra retroceso permaneció en mi cabeza durante todo el trámite.

Una vez superados los controles de acceso al eurotúnel, desde lo alto de una cuesta vimos el andén. Es igual que el andén de cualquier estación, pero los viajeros van en coche, y más que subirte a un tren, parece que entras en un parking. Aparcas donde te indican, apagas el motor y, treinta y cinco minutos después, has recorrido el canal de la Mancha y estás en Reino Unido. Impresiona, al principio, cruzarse con vehículos que circulan en sentido contrario por el carril derecho. Pero puede lidiarse con esa pequeña dosis de vértigo.

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El contraste de los acantilados de Dover, entre el verde y el blanco, era todavía más pronunciado. Dimos un paseo y salimos de allí empolvados. La roca blanca se llama creta, y se utiliza como tiza. Pensé que igual no serían tan simpáticos los funcionarios de la aduana a la vuelta (je, je, je).

También visitamos Canterbury. Entonces todas las ciudades empezaron a mezclarse en mi cabeza, a parecerse.

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Lille significaba el final de las vacaciones. Sabía que je suis désolé no significa estar desolado, triste, abatido, sino pedir disculpas. Ça me fait mal au coeur sí era aplicable a lo que sentía, al parecer. En una plaza encantadora, donde comimos, repetimos la misma foto que nos habíamos hecho doce años atrás, aunque en Italia.

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La tarde anterior a la vuelta fuimos a la playa. Pasamos junto a la batería Waldam, fortificación construida por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. La marea estaba baja. Cientos de metros de explanada, de arena mojada, nos convertían en un blanco fácil. Cientos de soldados murieron exactamente allí ochenta años atrás.

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Ya en el coche: «A partir de ahora voy a acordarme de vosotros cuando escuche esta canción». Una piedra cayó sobre un lago en calma.

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Reviso mis notas en el avión. Mis ganas de escribir fueron inversamente proporcionales a mi cansancio, lógicamente. A mi lado se sentó un francés que iba a visitar la Feria. Un libro me libró de sus ganas de socializar.

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Leí una columna al azar de Isabel Coixet, en la que escribía: «La profundidad de una amistad no puede juzgarse por la proximidad o la regularidad en la comunicación, sino por la generosidad con la que cada uno acepta las faltas del otro». No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos, ni sé cuánto pasará hasta el próximo encuentro. Afortunadamente, son cuestiones que no me preocupan. En el avión, sólo tenía la esperanza de la reciprocidad.

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«I have a dream», esa era la frase que estaba escrita en una de sus tazas, y debajo había un mapa del tiempo de Francia, con precipitaciones por todo el país salvo en la región de Calais, donde aparecía un sol radiante. Podría hacerse la misma broma aquí, en España, con Galicia. Son zonas en las que, efectivamente, suele hacer mal tiempo. Aunque a nosotros no nos llovió ni un día.

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