Notas sobre el suicidio (II)

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Una sociedad sólo puede entender que la tristeza es una enfermedad, que el fracaso o la tragedia son una enfermedad, si a la vez entiende que la humanidad misma es una enfermedad. Esto significa también que esa sociedad tiene una capacidad muy limitada para la alegría. Y para el coraje de vivir, sin cielos protectores. Es normal así que busque prótesis asistenciales por todas partes. La obsesión de ellas es que el peligro de vivir, la hermandad íntima entre la vida y la muerte, sea algo exactamente impensable.

 

Desde un punto de vista médico y psiquiátrico, una sociedad biopolítica (psicopolítica, diría Han, pero para el caso es lo mismo) no puede dejar de inmiscuirse continuamente en la vida íntima de sus ciudadanos. El hecho de que proliferen constantemente los mecanismos de confesión, de que un individuo medio no pueda afrontar sus temores sin recurrir a expertos, son sólo índices externos de un poder imperial que pocas sociedades han conocido en tal alcance psíquico.

 

Una cultura que funciona en bucle, con una constante retroalimentación mediada por la opinión, sin que sus miembros puedan casi por ningún lado apoyarse directamente en su experiencia real, ha de arrojar sobre la voluntad soberana de vivir, a toda costa, o lo que es parte de ello, “Levantar la mano contra sí mismo”, nuevas admoniciones, otros silencios pactados.

 

Dado que en nuestro líquido amniótico es difícil incluso fracasar por cuenta propia, sin una responsabilidad compartida que nos permita gestionar y fragmentar socialmente los traumas, la norma será la degradación lenta del individuo, su muerte crónica en las dependencias asistenciales. No una decisión tajante (vivir, morir) para la cual, en buena lógica, el individuo tendrá cada día menos herramientas.

 

Es posible así que la ilusión de vivir, o de alcanzar una muerte propia que pueda ser aceptada, sea cada días más lejana, más similar a un simulacro.  Es posible en todo caso que idea del suicidio llegue casi siempre «demasiado tarde».

 

Hasta la vieja decisión de, en las peores circunstancias, mantener la propia vida por deber, por amor a los que te rodean o dependen de ti (así lo defienden Kant o Houellebecq, dando por supuesto que ninguna vida es un átomo aislado) está hoy corroída por una ética ultra-social que ha expropiado al sujeto de toda capacidad radical de autonomía.

 

Vivimos así en una circularidad ayudada con mil prótesis. Una vida asistida desde su mismo centro ha convertido el suicidio en una enfermedad que, igual que las alergias o el cáncer, se puede y debe convertir en crónica. De ahí este estilo catatónico en el que se ha salvado tanto ciudadano. ¿Es un resultado de esto lo que podríamos llamar el suicidio del suicidio? Tal vez el nivel de vida exige que la vida se prolongue hasta el infinito, aun en las peores condiciones… Ya Hannah Arendt, hace más de medio siglo, ponía en la obsesión por superar el límite de los cien años (como una nueva barrera del sonido) un índice de nuestra voluntad de despegar, de doblar el cabo de Buena Esperanza y hacer imposible una vuelta a cualquier condición elemental.

 

De ser así, esto exigiría, literalmente, ni poder vivir una vida mortal ni poder atreverse a una muerte vital. Entre un polo y otro, hermanados legendariamente en el humor de cierta sabiduría, siempre ha latido la posibilidad del suicidio como una decisión soberana. El hombre debe al menos elegir la forma de morir, decía Freud.

 

Pues no. Hoy la dificultad de irse, la posibilidad de no ser localizado en este reino de la visibilidad total y la fe del reconocimiento, hace que elegir la desaparición por una decisión brusca (y una decisión ocurre de un golpe o no ocurre jamás) sea algo bastante raro. El suicidio, en el caso improbable de que llegue, ha de ser sepultado entonces en accidentes simulados, en la ambivalencia médica, en una estadística social harto intrincada… O en una decisión que el propio sujeto ha de mantener oculta hasta el final, para no ser interferido. De ahí que, casi invariablemente, los que rodean al muerto manifiestan su estupor por una decisión que, cuando ha de ser reconocida, manifiestan no entender en absoluto.

 

Ahora bien. Una sociedad sólo puede entender que la tristeza es una enfermedad, que el fracaso o la tragedia son una enfermedad, si a la vez entiende que la humanidad misma es una enfermedad. Esto significa también que esa sociedad tiene una capacidad muy limitada para la alegría. Y para el coraje de vivir, sin cielos protectores. Es normal así que busque prótesis asistenciales por todas partes. La obsesión de ellas es que el peligro de vivir, la hermandad íntima entre la vida y la muerte, sea algo exactamente impensable.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.