«nótulas» y «con un solo ojo» fragmentos de Cristóbal Serra

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nótulas (selección)

 

Siento lástima por el pequeño que hay en el criminal.
No quiero dejar caer excrementos sobre el noble libro de la vida.
No quiero injuriar la vida con actos conscientes.

 

Los hombres somos unas sombras que algunas veces nos mezclamos con la luz del crepúsculo. Nada más.

 

Un hombre que pretende tener una filosofía personal, ha de empezar por vivirla.

 

Hay a quienes la posesión demoníaca convierte en violentos incendiarios que no conciben el mundo más que en llamas. Quisieran que todo ardiera echando chasquidos de ortiga ardiente.

 

A hurtadillas debe de andar el diablo, cuando son tantos los que le niegan o le consideran como un fuego fatuo.

 

No todos los demoniejos son vulpinos o huroniles.
Los hay muy quietecitos que hablan y ríen como cualquiera.
Los muy peritos en diabología nos cuentan que hasta los hay con voz de pájaro.

 

 

 

 

Si al escéptico llamas mendaz, se hace de cruces de que lo infamies.

 

No estoy de acuerdo con quienes aseguran que el profeta, el poeta y el pensador extraen sus secretos de la misma fuente. ¡Eso no! Hay distintas nieves vivas.

 

Nacemos entre lamentos, y éstos conviértense pronto en gritos agudos de soledad. Solos pasamos la niñez y solos la juventud. A medida que envejecemos, más solos nos quedamos. Divisa es de los fuertes aceptar este sino natural. Propio de alfeñiques, rebelarse con lloriqueos contra la ley de la soledad.

 

La rutina no sólo es el substrato de nuestras vidas. Es también el viento que hincha la vela de la imaginación. Muchas vidas de hombres imaginativos fueron rutinarias.

 

La tesaurización crea los saurios del dinero.

 

Las leyes de la Razón son estiradas y farisaicas. Las de la Imaginación, tan flexibles son, que se pueden estirazar.

 

 

 

 

Obras maestras: apariciones tangibles.

 

No sospechan que su inteligencia es simple banca. Por eso mismo, no hallarán nunca pepitas de oro.

 

Las aguas del mar tienen mala memoria: no recuerdan los peces que las surcaron.

 

El mar picado de la vida civilizada puede salpicarnos bien o mal.

 

La muerte es la hiedra de los huesos.

 

En el estanque de la tradición croan muchas ranas perezosas.

 

 

 

 

Una idea requiere casi siempre una goma de borrar o pide a gritos el plumero que la desempolve.

 

El talento colecciona pequeñas moscas. El genio vuela con las águilas.

 

La imaginación teológica. La imaginación no teológica.
La imaginación ardiente: el Pentateuco, Blake, el Sermón de la Montaña.

 

Se admite que la Razón tenga cadenas. Se reprocha a la Imaginación que no las tenga.

 

La forma es lo finito, no lo infinito. La forma es la cárcel, la geometría del espíritu.

 

La muerte es un pez negro con muchas espinas blancas. En todo tiempo da coletazos y, sobre todo, cuando las hojas de los árboles se caen las mañanas o las tardes de otoño.

 

 

 

 

Queramos o no, esta realidad es como una labor de tracería, en la que nosotros, sujetos a la tara original, vivimos en un universo inextricable. Un universo realmente engañosos, en el que el bien y el mal se funden en un abrazo que ofrece más matices que el atornasolado cuello de la paloma.

 

Las ideas, sean cualesquiera, son como sombras, y el que corre tras ellas corre el peligro de «ensombrecerse».

 

Para filósofo no vayas. Ve para volatinero y, sobre la cuerda floja, haz lo propio, a ver si el filósofo despierta de su sopor. ¿No te parece que lo tenemos muy adormilado?

 

Hay personas que atraen los enigmas, como ciertas carnes blancas atraen los tentáculos del pulpo.

 

La higuera refulge con toda su gloria después de la lluvia purificadora.

 

No me cabe la menor duda de que los espíritus sistemáticos acaban siendo mentirosos sistemáticos.

 

 

 

 

Veo que tú y yo no nos entenderemos nunca, pues tú crees en un dios y yo me creo un diosecillo.

 

Los listos, incapaces de admitir que un hombre quiera ocultar saberes, tienen declarada la guerra al ignorante voluntario, que adopta actitud tan misteriosa como callada..

 

A veces he imaginado que alguna sombra poderosa moldeó formas vivientes. A los árboles los dejó airearse a través de sus copas, teñirse y desteñirse en la atmósfera del atardecer. A los animales les apretó la cabeza para que no pensaran y acariciaran con su hocico la tierra. Al hombre lo construyó como un reloj sin piezas de recambio.

 

Como un reloj de muñeca que no anda nunca bien, soy esclavo de atavismos.

 

A la mayoría de los hombres la tragedia de la vida les empuja a ser inconscientemente grotescos, a encarnar, sin sospecharlo, un tipo pintoresco. Se fuma porque la vida es trágica. Yo no sentiría la necesidad de ir cada tarde al bosque, si no tuviera que comunicar a los árboles un dolor que sólo algunos entienden por haberlo sufrido

 

Sin reverencia al asno, decae toda civilización, pierde ésta su carácter sacro y se hace vertiginosa y alocada.

 

Según Da Vinci, pasados los cuarenta, un hombre es responsable de su rostro. Desde hoy, voy a fijarme en los cincuentones y a hacer especulaciones sobre si merecen o no el rostro, a veces innoble, que a muchos acompaña.

 

La tuberculosis, roedor romántico. Una vez eliminada puede no reaparecer. El amor sí. El amor nos limpia del pecado original. La ternura no es una porquería. Las montañas de moral. ¡Las montañas de moral! Qué detalles, esos duros granos de arena.

 

 

 

 

con un solo ojo  (selección)

 

No se escribe siempre lo que se quiere.
Naces para unos modos de expresión y estás negado para otros.
Y si no estás negado, es como si lo estuvieras, porque eres incapaz de coger la pluma y escribir durante meses una larga novela.

La novela no se me ha resistido porque jamás tuve la tentación de dar remate a una trama novelesca.
Mi instinto me ha aconsejado hasta hoy la literatura abreviada.
Y para abreviar, no hay como dejarse de novelas, de tramas fatigosas y de personajes que exigen muchas páginas.
Francamente, me siento como azogado, si la naturaleza de un escrito me exige demasiada lentitud.
Me entra entonces una terrible prisa y me dejo ganar por la impaciencia.

Tales premuras se deben a que no siento una fuerte curiosidad por todo lo que me rodea. Prefiero antes entregarme a mis sueños o a mis cavilaciones.

Esto no quita que haya podido salir algún personaje de mi pluma.
El primero que nació – “Péndulo” – tal vez sea el más querido.

Aunque primicia, fue parto difícil.
Mis entrañas necesitaron el desgarrón para crearlo.
Son pocas las páginas que le dieron vida, pero tengo la ilusión de que, no por cortas, son efímeras.

El libro – que leo de tarde en tarde – me familiarizó con el frustrado profeta Jonás.
Y esto me llevó a escribir una reinvención del viajero bíblico, que quizás tenga más carácter novelero que otras páginas mías.

Realizada esta experiencia, no quiero por ello seguir el camino de la narración extensa.
Me aterra imaginar que pueda urdir muchas páginas y que la primera sea tan huera como la última.

 

 

 

 

No soy pasatista y menos idólatra de lo moderno.
Más me inclino a lo individual que a lo gregario.
Lo sórdido suele arrastrar hacia abajo.
Por eso, huyo de sordideces que degradan y dilaceran la sutil trama de la vida humana.

Iguales efectos depauperadores hallo en la “metafísica multitudinaria” en la que se complacen tantos religiosos. Mi instinto olfativo me da sospechas de que, quienes se hallan a sus anchas en el anonimato espiritual, difícilmente pueden ofrecer la mirra mística.

*

Cioran, el de las pócimas venenosas y de los corrosivos infernales, no ha podido con la Fortaleza del Tao; de aquí que celebre esta sabiduría, acre sí, pero no avinagrada como la suya.

No ha podido, ni podría con ella, por más que se empeñara en desmoronarla.
Los aforismos de Lao están abroquelados por el sino indestructible.
Hay gran ternura en ellos, aunque a primera vista parezcan tan glaciares como los “cioranescos”.
Me temo que el muy iconoclasta está “poseído” como el que más de este siglo.

*

Laotsé es la cascada y la mansa corriente que supera todo obstáculo.
Enseña el desapego con más malicia que el desapegado Pickwick.
Además de dejarnos su Tao, sutil camino para andar por la vida, nos legó su alusión misteriosa a la “hembra metafísica”.
El Tao es la madre de todos los seres –afirmó-.
Por esta paradoja, no le queda otro remedio al taoísta que chupar de la teta del misterio.

*

Pido un poco de compasión al gárrulo científico y al locuaz filósofo.
¡Qué me dejen en paz!
Me sobran sus razones.
Tengo derecho al recogimiento y anhelo sólo el silencio del santuario interior.

 

 

 

 

Se puede aceptar el milagro y admitir la finalidad inscrita en la naturaleza.
No veo porqué no ha de poder ocurrir lo milagroso, lo fuera de lo común, por suspensión del fin.
¿Sabemos cuántas veces la naturaleza deja en suspenso su propio fin?
No lo sé, ni lo sospecho, pero me temo que a hurtadillas vulnera sus propias leyes.
Por eso, son tantos los efectos inexplicables de orden natural.
¡A la sinrazón de la naturaleza no hay que hacerla entrar en razón!

*

Temo al diablo, acusica de mala ley.
¿Aprendí esto en Blaque o es ventolera mía?

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El hombre que sólo subsiste, no existe.

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Sonó la hora de la plaga, cuando los Desatinados guían a los ciegos.

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La naturaleza escribió –bribón- sobre su rostro con el mejor arte calcográfico.

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Un estercolero a distancia a veces huele como el almizcle.
Y un perro muerto como la flor del saúco.

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Difícil es saber pero aún más difícil es ignorar.
Teniendo en cuenta que la nuestra es era informativa, ignorar es el
supremo arte de estos tiempos. Quien lo posea ha de parecer extraño, pues, a veces ha de quedarse parado, sin poder dar su opinión, y encima ha de pasar por insipiente.

Los listos, incapaces de admitir que un hombre quiera ocultar saberes, tienen declarada la guerra al ignorante voluntario, que adopta actitud tan misteriosa como callada.

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Quién calla otorga: eso no es verdad.
Yo, cuando me callo, no siempre otorgo, sino todo lo contrario: discrepo silenciosamente.
Son muchos los que, sin otorgar, callan.
De lenguas mudas nacieron posiblemente las grandes rebeldías.

*

Obras maestras: apariciones tangibles.

*

La Razón encadena a sus siervos. La Imaginación odia el grillete.

 

 

 

 

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La idea del fragmento.

Sin ningún temor puede afirmarse que las frases breves, relampagueantes, de Heráclito son un altísimo juego de escritura. No diré que éste sea decadente, pero sí refinado. La quintaesencia siempre fue refinamiento, arte de alquitarar. Heráclito es hijo de una tradición mediterránea de juegos de palabras, de malabarismos verbales: de ahí sus reconditeces. Pasa por ser el padre del fragmento y realmente lo fue. Tal paternidad la posee gracias a sus dichos fragmentarios, que nos han dado a conocer su penetración mística al par que terriblemente realista. En sus manos, el fragmento se convirtió en un instrumento aterrador y un tanto siniestro. Ningún escrito más austero y ceñudo que aquellas migajas que el griego llamaría logoi

Se ha calificado de acontecimiento prodigioso este hallazgo, con harta  razón, pues, a partir de estas inscripciones misteriosas, la parquedad literaria, antes que carencia, pudo ser opulencia.

Hay que decirlo todo. La inclinación retórica de las edades no se dejó deslumbrar por el lenguaje sobrio y austero. por eso mismo, comprobamos que éste se refugió en pensadores, adivinos y profetas. Y no digamos en misántropos. Tenemos toda una lista de sabios solitarios.  –Lao Tse, Chuangsé, Marco Aurelio– que hicieron uso de la mágica fórmula con la cual trataron de exorcizar sus peores demonios.

No hay pensar solitario, trágico o atrevido que no tenga su aforista o anotador. Sin ir más lejos, grandes anotadores fueron Leopardi, Lichtenberg, Nietzsche, Simone Weil. Cultivadores de una literatura salteada, corrieron todos los riesgos que ésta implica. El poeta Blake, cuando quiere realizar operaciones alquímicas con el Mal, pone en su redoma proverbios infernales, que echan rayos fulgurantes.

Octavio Paz, en Corriente Alterna, define el fragmento como partícula errante, meteórica, que sólo se define frente a otras partículas. No es nada, afirma salomónico, si no es una relación. Esclarecedoras palabras, que parecen dictadas para mis nótulas, que guardan relación con mis más queridas o acariciadas ideas. Son huérfanas, afectadas de una orfandad congénita, si no se miran como frutos desgajados de mi árbol literario, que titulé Ars Quimérica, parodiando a mi coterráneo Ramon Llull.

La nótula se toca con la nota y linda con el aforismo. Tiene de la primera el gusto desenfrenado por la autonomía y la libertad. Se confunde con el aforismo en lo que éste tiene de aerolito, de caída irremisible. La nótula pretende ser típicamente literaria y veladamente expresiva. Apenas deja entrever lo que va a decir. Al lector le incumbe darle remate, comenzarla de nuevo o considerarla lograda…

Cristóbal Serra, Palma de Mallorca. Enero, 1999.

 

 

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Reconocido como una de las personalidades más originales de las letras españolas, Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922-2012) figura entre los escritores que con más justicia merecen el calificativo de «raros», tanto por el valor de su obra como por la escasa noticia que se tiene de ella.

«Serra habita el secreto -escribe Octavio Paz- con la misma naturalidad con que otros nadan en el ruido».
El propio Serra afirma: «Hay libros que rugen y libros que cuchichean».

La primera parte de los fragmentos de esta nube habitada han sido seleccionados de nótulas, (Árdora ediciones. Madrid, 1999); son textos que revelan el talento aforístico del autor, entre lo filosófico y lo poético, la erudición y la crítica, el humor y la mística. La segunda parte procede de con un solo ojo (Arxipèlag, 1986; con prólogo de Pere Gimferrer).

Serra tradujo a Lao-Tse, Blake, Melville, Michaux, entre otros. Su producción literaria casi completa fue recopilada en Ars Quimérica (1957-1996).

Un autorretrato de Serra, fue publicado por fronterad el 18 de febrero de 2010.
Puede leerse aquí: https://www.fronterad.com/cristobal-serra/ y también descargar una sucinta ficha de Bio-Bibliografía.

 

 

 

 

 

 

 

 

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