Novela negra inconclusa

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"Esa mujer formaba parte de una banda de secuestradores compuesta por veinticuatro personas. Era la pareja del jefe. El jefe se llamaba Jean Pierre y era un hombre desalmado que, sin embargo, no podía controlar su propio hogar". Este texto pertenece al libro Día de visita, que acaba de publicar la editorial Libros del K. O.

Por su propio bien y por la salud de los que quedan vivos en su familia, la reclusa Rosario Reátegui no debe pronunciar jamás el nombre de la villana de esta historia. Dice que por culpa de Esa mujer, ella está confinada en el penal Santa Mónica, condenada a veintidós años de prisión. Los hechos no son sencillos de entender y hay que prestar mucha atención a los protagonistas:

 

Rosario Reátegui.

Esa mujer.

El amante-hermano de Esa mujer.

La banda de veinticuatro secuestradores.

Jean Pierre, jefe de la banda de veinticuatro secuestradores y marido oficial de Esa mujer.

La Policía.

Luciana, hija mayor de Rosario Reátegui.

Dilaura, la hija menor.

El asesino de Dilaura.

La empresaria secuestrada por la banda.

Los jueces.

 

Esa mujer formaba parte de una banda de secuestradores compuesta por veinticuatro personas. Era la pareja del jefe. El jefe se llamaba Jean Pierre y era un hombre desalmado que, sin embargo, no podía controlar su propio hogar.

 

Esa mujer tenía un amante del que estaba enamorada más allá del peligro. Amaba a su propio hermano y él le correspondía. Eran caprichosos. Frívolos. Hacían el amor en hoteles cinco estrellas. Pagaban con el dinero del jefe desalmado.

 

Un día el amante-hermano quiso terminar su relación con Esa mujer. Sentía que podía enloquecer e intentó esconderse de ella. Buscó refugio en la casa de una tía suya que lo conocía desde pequeño. Se llamaba Rosario Reátegui y le abrió las puertas de su vida familiar.

 

Esa mujer creyó que su amante-hermano se había convertido en el amante-sobrino de Rosario Reátegui. Una tarde, fue a la casa donde vivían y pintó con aerosol negro la pared de enfrente: “¡Chata, por soplona tú y tus hijos lo van a pagar. Los vamos a quemar. Perra!”. Rosario es una mujer pequeña, de ojos verdes y muy guapa, que entonces tenía cuatro hijos.

 

Era julio del año 2004 y, por esos días, la Policía había logrado capturar a una parte de la banda de veinticuatro secuestradores, de la que Esa mujer era integrante. Habían raptado a una empresaria muy importante, y el caso era un escándalo que los televidentes seguían noche a noche, alarmados por la inseguridad que reinaba en la ciudad. Un informante anónimo le había contado a la Policía quiénes eran los criminales y dónde podían encontrarlos. Entonces los arrestaron. Esa mujer convenció al resto de la banda de que Rosario Reátegui era la informante a la que debían castigar. Les dijo que ella lo sabía todo. Esa mujer y el resto de la banda contrataron a un asesino para ejecutar la venganza.

 

Después de ver la pintada amenazante frente a su casa, Rosario Reátegui, sus cuatro hijos –dos hombres y dos mujeres– y su sobrino se refugiaron en un departamento que la Policía Antisecuestros les ofreció para protegerlos. Allí vivieron ocultos durante seis meses.

 

Dilaura era la menor de las hijas mujeres, y soportaba mal el encierro. Tenía diecisiete años y extrañaba a sus amigos. Una noche, salió del departamento y fue a pasear por su antiguo barrio. Un hombre que la esperaba la subió a un automóvil rojo y la llevó a la fuerza a un parque oscuro, en el norte de Lima. Los vecinos del lugar recuerdan que el vehículo se estacionó con la música a todo volumen pero no oyeron los gritos de Dilaura cuando el asesino le destrozaba la cara a golpes. La muchacha aún estaba viva cuando el hombre la echó del automóvil. Ella se arrastró hasta un teléfono público y llamó a su hermana mayor, Luciana, pero no pudo decirle nada. Expiró con el auricular en la mano.

 

Antes de abandonar el parque, el asesino compró en una tienda una botella de Coca-Cola, la bebió y dejó en ella sus huellas dactilares. La Policía sabe quién es, dónde vive, pero nunca lo capturó.

 

Los peritos determinaron que Dilaura murió asfixiada. El cadáver tenía la nariz hundida dentro de la cara a causa de los golpes directos. Rosario Reátegui dice que su hija es una verdadera heroína, pues no le reveló a su torturador dónde estaba refugiada su familia. Rosario acudió a reconocer el cadáver a las tres de la madrugada, pero no pudo acercarse a él. Los fotógrafos se habían adueñado del cuerpo y disparaban a su antojo las primeras planas del día siguiente. Titular de un diario: “Muere una prostituta asesinada por su cliente”. En el velorio, Rosario quemó ese periódico delante de los asistentes.

 

El asesino contratado por la banda nunca pudo encontrar a Rosario Reátegui. Así que la venganza debía continuar.

 

Durante el juicio contra la banda (por el secuestro de la empresaria), cuatro de sus integrantes declararon bajo juramento que Rosario Reátegui también formaba parte de esa organización, que había participado en el rapto y que había engañado a las autoridades escondiéndose junto con su familia en ese departamento que la Policía les había proporcionado. Era la palabra de cuatro personas contra una. Así consta en la sentencia del juicio. Allí no se establecía ninguna relación entre el secuestro de la empresaria y el posterior asesinato de la hija de Rosario Reátegui. Tampoco se incluyó a Esa mujer. Rosario Reátegui no pudo convencer a los jueces de que la persona a la que buscaban no era ella sino Esa mujer, la conviviente de Jean Pierre, el jefe de la banda, su propia sobrina, que ocupaba un asiento entre el público que asistía al juicio. Rosario fue procesada tiempo después. Un agente de la Policía le dijo por teléfono que tenía noticias sobre el crimen de su hija. Rosario acudió a la cita y nunca volvió a su casa.

 

Los jueces la condenaron a veintidós años de prisión al considerar que era parte de la banda, y que su especialidad consistía en extorsionar a los secuestrados. Durante el periodo en que se reunieron las pruebas, las autoridades pidieron a la empresaria víctima del rapto que identificara si Rosario era la persona que la había extorsionado. La mujer dijo que no la conocía. Para condenarla sólo se tomaron en cuenta los testimonios de los secuestradores. Los jueces consideraron que era suficiente. Allí está la sentencia con todos los detalles del proceso.

 

En Breña, ese distrito de viejos chalés y de edificios familiares empobrecidos, algunos vecinos todavía recuerdan a Rosario Reátegui como la madre de esa chica a la que mataron. Dicen que trabajaba vendiendo ropa. Que era muy alegre. Que le gustaba ir a fiestas y otras tantas cosas que se suele decir a los periodistas cuando no se quiere decir nada. Saben que está en la cárcel, aunque desconocen los motivos exactos. Y por alguna de esas razones, este sábado de marzo de 2007, Rosario ha salido al patio del penal sin lograr dominar sus nervios. Tiembla.

 

Viste un pantalón ceñido y una blusa blanca sobre sus hombros tostados por el sol. Lleva el cabello teñido de rubio y recogido en un moño a cada lado de la cabeza, como una niña peinada por su madre, y no parece que tuviera cuarenta y cuatro años. Luce joven. Lleva entre las manos un periódico arrugado. Una de las noticias dice que “el temible Jean Pierre”, el peligroso delincuente y jefe de la banda de veinticuatro secuestradores, ha salido en libertad. Es una información falsa. Un reportero de notas policiales del diario El Comercio dice que algunos secuestradores avezados remuneran a periodistas a cambio de ese tipo de servicios. Las noticias falsas les permiten conocer la reacción de la opinión pública ante una eventual liberación. Jean Pierre todavía está preso en una penal de máxima seguridad, en las afueras de Lima. Rosario Reátegui cree que la noticia es parte de una estrategia, un mensaje que Jean Pierre le ha enviado para recordarle que ambos tienen asuntos pendientes. Se lo había dicho en persona, un año antes, cuando se encontraron en la sala de audiencias, durante el juicio. El jefe de la banda de los veinticuatro secuestradores dejó en manos de Rosario una fotografía de su otra hija y le aseguró que la mataría.

 

–Ya han asesinado a uno de mis hijos. ¿Y ahora quieren a los otros? ¿Qué espera la Policía? ¿Que los maten uno tras otro?

 

Rosario llora sin gestos de dolor. Le tiemblan las piernas y las manos. Una reclusa amiga suya se acerca y le acaricia la cabeza.

 

–Es mejor que ya no siga hablando –dice–. Por favor.

 

Rosario se pone de pie para volver a su celda, presa de sus nervios. Ahora le palpita el rostro y las comisuras de los labios se contraen. Antes de irse me entrega un texto que escribió cuando aún estaba libre y ya habían matado a su hija Dilaura. “La biografía de Esa mujer”. Son cuatro hojas escritas en computadora. “La que narra es la madre del ángel al que ustedes mataron guiados por un monstruo –dice un fragmento–. Les voy a contar quién es ella”. Rosario escribió ese texto con la intención de entregárselo a la banda de veinticuatro secuestradores, pero nunca lo hizo. Parece una novela negra donde la Policía y los jueces dejan su trabajo a medias. Rosario dice que la persona que delató a la banda es Esa mujer. Lo hizo para librarse de su propio marido, el jefe, el desalmado Jean Pierre, y también de su supuesta rival, Rosario. Con ambos en la cárcel, su historia de amor acaso podría tener un final feliz. Porque a quien Esa mujer amaba –recordemos– era a su propio hermano. Su amor esquivo.

 

***

 

El jueves 8 de marzo de 2007, el Día Internacional de la Mujer, algunas reclusas del penal participaron en un festival teatral que Rosario Reátegui clausuró con una canción. Lo hizo mal. Se olvidó de la letra y debió improvisar ante un escenario repleto de autoridades, compañeras y visitantes. Esa tarde le dolía mucho la cabeza.

 

La jaqueca continuó durante varias semanas. Rosario sospechaba que algo malo ocurría en su familia pero no podía saberlo con precisión. Cuando llamaba por teléfono a su casa, su hija mayor, Luciana, trataba de tranquilizarla, mamá, no sucede nada. Estamos bien. Marco, Pachi, yo y el abuelo estamos bien, como siempre, haciendo nuestras cosas. Pero Luciana no le decía esa verdad que Rosario temía y que, según dice, la atormentaba en sus sueños. Pachi, su penúltimo hijo, estaba muy enfermo. Tenía tuberculosis y ya no podía levantarse de la cama de lo flaco que estaba. No quería comer. Tenía doce años y estaba muriendo. No te preocupes, mamá, él está bien, le decía Luciana, y yo lo estoy cuidando como tú lo hacías. Y Rosario: está bien, hijita. Cuídense, ¿sí?

 

Las palabras de Luciana no pudieron curar la jaqueca de su madre. Una mañana de fines de abril, Rosario se acercó al consultorio del penal después de una noche de insomnio y con un terrible dolor de cabeza. Le inyectaron unos analgésicos y regresó a su celda con ayuda de una compañera. Las amigas de Rosario, como todas las reclusas acostumbradas a los trámites legales, suelen ser muy precisas con las fechas y los horarios. Dicen que aquel fue el primer síntoma y que ocurrió a las nueve de la mañana del 24 de abril. Era un martes. Hoy es el sábado siguiente, y en el penal, los visitantes que cruzan el pasillo de ingreso al patio leen un cartel donde unas reclusas han escrito con rotuladores rojo y negro que necesitan dinero para financiar la operación de Rosario Reátegui. Ha sufrido una hemiplejia.

 

Rosario está internada en una habitación del consultorio del penal. Viste una minifalda y una blusa floreada. Está sentada sobre la cama y tiene la mirada fija en la pared. Abraza con fuerza un Barney de peluche en su regazo. No habla. No hace ruidos. Su hija mayor, Luciana, entra en la habitación vestida con pantalón y camisa negros, los ojos ahogados en lágrimas y le da un beso en la cabeza. Rosario no reacciona.

 

–No te preocupes, mamita –le dice–. Todos estamos bien.

 

Rosario parece una niña asustada que acaba de soñar con el infierno. Afuera del consultorio, sus compañeras especulan sobre la causa de su repentina enfermedad. Ella no sabe que su hijo ha muerto. Intuía que estaba grave. Pero la parálisis le sobrevino el martes, cuando Pachi aún agonizaba, y de eso Rosario tampoco sabía nada. ¿Qué fue lo que la impresionó tanto?, comentan sus compañeras. En la cama del consultorio, Rosario sigue en paz. Abraza a Barney abstraída del mundo mientras su hija la peina como a una muñeca. No la mira nunca y no puede advertir que la muchacha está desconsolada: no tiene dinero para enterrar a su hermano. El cadáver lleva tres días en la morgue. Si Rosario no sabía nada de eso, ¿qué fue lo que causó su crisis nerviosa?

 

–Una reclusa le dijo que la banda de secuestradores la iba a involucrar a mi mamá en otro juicio –me dice Luciana unas semanas después, en la sala de su casa, ya sin la ropa de luto–. No van a parar hasta destruirnos.

 

Rosario recibió esa noticia un día en que se celebraba un torneo de vóley en el penal. Ella se había vestido como una animadora: una camiseta apretada y una falda que dejaba ver sus piernas bien formadas. Llegó a la orilla de la cancha muy angustiada, sentía que el estómago le estallaba. Entonces abrió un poco las piernas y orinó, sin poder contenerse, un chorro intermitente. Permaneció así durante una hora, según sus compañeras. Un día después, le sobrevino la parálisis.

 

***

 

–Este es el asesino de mi hermana.

 

Luciana ha abierto una carpeta llena de papeles ajados y fotografías que describen en desorden los últimos años de su familia. Es un sábado de fines de mayo, y ella acaba de volver del instituto donde estudia para ser terapeuta de rehabilitación. Lleva el uniforme celeste de dos piezas, camisa y pantalón. El cabello castaño teñido, ensortijado y frondoso, enmarca unos ojos verdes como los de su madre. Está sentada en el sofá floreado de la sala de su casa y pronto los muebles, las flores del sofá, se cubren de los documentos que ella empuña como las armas inútiles de todas las batallas que ha perdido. En su casa faltan tres personas. A su hermana Dilaura la mató un sicario. Su madre está en Santa Mónica superando su enfermedad. Pachi, su hermano menor, murió en su habitación aquejado por la tuberculosis y sin medicinas. El departamento es pequeño, los muebles son viejos y no hay ventanas. Desde la cocina flota el aroma de un guiso de lentejas. Luciana no tiene apetito y ha decidido que no almorzará. Nadie se lo reprochará.

 

Ahora describe los documentos: la sentencia judicial de su madre, las necropsias de sus hermanos, fotografías, números telefónicos. Y de pronto la carpeta de cartulina ámbar también parece una novela policial inconclusa. Luciana dice que la banda de secuestradores la ha amenazado. Por eso se ha teñido el cabello de castaño oscuro y ha cambiado el número de su teléfono celular. Después de que mataron a su hermana, un hombre la llamó con insistencia durante varios días. Marcaba desde el mismo número telefónico, y se hacía pasar por policía, por funcionario de un penal, por amigo de su madre. Decía algunas cosas y luego citaba a Luciana en diferentes lugares de Lima. Ella colgaba o lo dejaba hablar. Una vez, escuchó que al otro lado de la línea un tipo decía: “Compadre, hay que proceder nomás. La chica no contesta. ¿Okay?”. Hace unas semanas, una vecina que tiene un pariente en el penal de Lurigancho le contó que su nombre “estaba voceado entre los secuestradores” y le sugirió que huyera: “Vete, amiga, he escuchado que alguien ha dado diez mil dólares para que te sigan y te hagan algo. Deja todo y vete”. Eso le dijo aquella mujer.

 

–Es que he perdido dos años de mi vida por estas desgracias. Todo el tiempo lo pasé encerrada por miedo a que me hicieran algo. Dejé mi trabajo. Me dediqué a atender a mi hermanito que se murió, a hacer las cosas que hacía mi mamá. Y ahora que estoy tratando de comenzar de nuevo, vuelven las amenazas. ¿Qué puedo hacer? Solo tengo veinticuatro años y estoy sola.

 

Luciana vive con su hermano Marco, un muchacho de dieciséis años que no ha terminado la secundaria, y con su abuelo, un militar retirado de ochenta y seis años, que ocupa la antigua habitación de Rosario. Sobre esas paredes antes colgaban las fotografías de todos sus hijos, diplomas de colegio y los certificados que Rosario obtuvo al terminar las carreras de costura y cosmetología. Ahora el cuarto luce vacío, sin esos documentos que el tiempo –pero sobre todo las ausencias– ha convertido en recuerdos difíciles de sobrellevar, y que forman parte de la carpeta que Luciana empieza a ordenar antes de cerrarla definitivamente hasta quién sabe cuándo. No tiene hambre. Dice se echará a dormir. Cuando duerme, ya no tiene miedo.

 

***

 

Rosario aspira una bocanada de aire y sopla muy fuerte. El lado izquierdo de su rostro ha perdido la plasticidad, está tenso como una pieza de cerámica. Han pasado seis semanas desde su crisis nerviosa y se le nota de mejor ánimo. Aspirar y soplar son los ejercicios de rehabilitación que el médico le ha recomendado, y ella los realiza a cada momento por su propia cuenta. Habla con dificultad pero se le entiende. Dice que morir fue lo mejor que pudo ocurrirle a su hijo enfermo de tuberculosis: sufría mucho. Toda su familia sufría debido a ese mal. Hace unas noches Rosario tuvo un sueño que le ha dado mucha tranquilidad. Estaba echada en la cama de su casa y, de pronto, sintió que Dilaura y Pachi, sus hijos muertos, se echaban a su lado y la besaban en ambas mejillas. Luego se abrazaron, y los tres juntos, sin hablar, se quedaron dormidos.

Desde entonces Rosario cree que ellos son sus ángeles protectores. Por eso ha decidido contar todo lo que sabe a los jueces y abogados en un próximo juicio en el que apelará a su sentencia. Por ahora se le nota tranquila gracias a las pastillas. Tampoco ha vuelto a recibir malas noticias de casa.

 

 

 

Este texto pertenece al libro Día de visita. Fantasmas depravados, gatos que hablan de amor y otros secretos de una cárcel de mujeres, que acaba de publicar la editorial Libros del K.O.

 

 

 

Marco Avilés es un periodista peruano nacido en 1978. Fue director y editor de la revista de crónicas Etiqueta Negra. Es socio de la editorial Cometa. Se pueden seguir sus pasos en cometacomunicacion.com y marcoaviles.com

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Autor: Marco Avilés